El Che Guevara: un hombre que venció a la muerte

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El Che Guevara: un hombre que venció a la muerte

Cada cierto tiempo asistimos a una nueva ofensiva anticomunista. No importa cuántas veces fracase, no importa cuántas mentiras sean desmontadas, siempre vuelve con la misma intensidad. En las redes sociales, en determinados medios de comunicación y en los altavoces de la reacción internacional se repiten los mismos ataques contra las ideas comunistas y, especialmente, contra quienes dedicaron su vida a combatir la explotación y el imperialismo.

Entre todos ellos, hay una figura que sigue provocando miedo y odio entre los poderosos casi seis décadas después de su muerte: Ernesto Guevara de la Serna, el Che.

No es casualidad. El imperialismo no combate a los muertos. Combate a los símbolos que siguen vivos en la conciencia de los pueblos. Y el Che sigue siendo, hoy como ayer, una referencia para millones de trabajadores, estudiantes, sindicalistas y revolucionarios de todo el mundo. Por eso intentan ensuciar su memoria. Por eso fabrican bulos, tergiversan su pensamiento y caricaturizan su vida. Porque saben que el ejemplo del Che sigue siendo peligroso para quienes viven de la injusticia y de la explotación.

El 14 de junio de 1928 nació en Argentina Ernesto Guevara de la Serna. Apenas treinta y nueve años después sería asesinado en Bolivia por órdenes de la CIA y de sus aliados locales. Creyeron que matando al hombre acabarían con la idea. Se equivocaron.

El Che es hoy más inmortal que nunca.

La fortuna, o quizá una de esas casualidades que nos regala la historia, quiso que compartiera fecha de nacimiento con él. El Che nació un 14 de junio de 1928 y yo nací un 14 de junio de 1974. Tal vez por eso siempre he sentido una conexión especial con su figura. Pero más allá de cualquier coincidencia biográfica, me considero guevarista porque en mi manera de entender el comunismo siempre han estado presentes algunos de los valores que definieron su vida: el amor por la humanidad, la lucha contra la injusticia, el internacionalismo, el compromiso con los más humildes, la necesidad permanente de aprender y la convicción de que un mundo mejor no solo es necesario, sino posible.

A menudo se presenta al Che como un simple aventurero romántico. Nada más lejos de la realidad. Ernesto Guevara fue un cuadro comunista de primer nivel. Fue médico, guerrillero, comandante revolucionario, ministro de Industria, presidente del Banco Nacional de Cuba, escritor, teórico marxista, diplomático y dirigente político.

Pero, sobre todo, fue un comunista ejemplar.

Su vida desmonta por sí sola muchas de las mentiras que se dicen sobre él. Después del triunfo de la Revolución Cubana podría haberse acomodado en posiciones de poder. Sin embargo, eligió seguir luchando allí donde consideraba que los pueblos necesitaban apoyo para liberarse del colonialismo y del imperialismo. Renunció a los privilegios y volvió al combate. Lo hizo en el Congo y posteriormente en Bolivia, donde encontraría la muerte.

No actuaba movido por la ambición personal. Lo hacía por convicción revolucionaria.

Cuando afirmó que «el deber de todo revolucionario es hacer la revolución», no estaba pronunciando una frase para la posteridad ni buscando una cita para camisetas. Estaba definiendo una forma de vida. Una vida dedicada por completo a la transformación de la sociedad.

Su legado político sigue siendo extraordinariamente actual. El Che comprendió que el imperialismo no era únicamente una política exterior agresiva, sino un sistema mundial de dominación económica, política y cultural. Entendió que la pobreza de unos pueblos estaba directamente relacionada con la riqueza acumulada por otros. Entendió que la lucha por la justicia social no podía limitarse a las fronteras nacionales.

Por eso fue internacionalista.

Por eso abandonó la comodidad para combatir junto a otros pueblos.

Por eso sigue siendo una referencia para quienes se enfrentan a las desigualdades del capitalismo global.

Recuerdo con especial emoción mi visita en 1997 al Mausoleo del Che en Santa Clara. Yo tenía entonces veintitrés años. Para mí, aquel lugar representaba mucho más que un monumento histórico. Era el encuentro con uno de los mayores referentes políticos y morales de mi vida. El Che representaba lo que yo entendía que debía ser un comunista: una persona coherente entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace.

Han pasado muchos años desde entonces y sigo pensando exactamente lo mismo.

Por eso reivindico la necesidad de conocer al verdadero Che. No al personaje deformado por la propaganda anticomunista ni al icono comercial vaciado de contenido revolucionario. Debemos conocer al médico que recorrió América Latina y descubrió las heridas del capitalismo. Al pensador marxista que reflexionó sobre la construcción del socialismo. Al dirigente político que ayudó a construir la Cuba revolucionaria. Al internacionalista que entregó su vida por la liberación de otros pueblos. Al hombre que hizo de la solidaridad una forma de existencia.

Porque el Che no pertenece al pasado.

Pertenece al presente y al futuro de quienes siguen soñando con una sociedad más justa.

Los enemigos del comunismo pueden seguir atacando su memoria. Pueden seguir repitiendo las mismas mentiras una y otra vez. Pero existe una realidad que jamás podrán cambiar: Ernesto Che Guevara derrotó a la muerte hace mucho tiempo.

Mientras exista explotación, mientras exista imperialismo, mientras exista injusticia, seguirá habiendo hombres y mujeres que encuentren inspiración en su ejemplo.

Y eso es precisamente lo que más les molesta.

Que el Che sigue vivo.

 

André Abeledo Fernández 

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