José L. Quirante (Unidad y Lucha).— ¡Qué ruin este sistema capitalista plagado de ideología fascista que culpa sin piedad a los parias de esta Tierra de todo lo malo que nos acecha y pasa! Hubo un tiempo, y jamás deberíamos olvidarlo quienes sufrimos la embestida brutal de la dictadura franquista, pero tampoco aquellos que piensan que siempre se vivió como hasta ahora, que para poder subsistir centenas de miles, millones de trabajadores y campesinos de toda España, tuvieron que emigrar al extranjero. ¡Sí, sí, millones de emigrantes españoles desperdigados por toda Europa y América Latina! Allí, en aquellas tierras ignotas para ellos y durante varias décadas (1950 – 60 y 70 del siglo pasado), la migración española sufrió en general la afrenta del racismo, de la sobreexplotación de la patronal autóctona y la del insoportable menosprecio de quienes los miraban por encima del hombro. Todo, mientras las “remesas de los emigrantes” permitían en buena parte el pregonado “milagro económico español” (1959-1973) y el anhelado retorno definitivo a casa se iba convirtiendo en un sueño imposible para muchos; ocasionando la ruptura de los lazos afectivos, sociales, culturales y familiares con los lugares de origen, y en muchos casos, el traumático desmembramiento de una misma unidad familiar migrante. Unos hijos permanecían para siempre en el extranjero mientras otros volvían a la patria de sus padres. Un drama desgarrador silenciado por el franquismo para quien “la preferencia nacional” en ese asunto le importó siempre un carajo, pero igualmente omitido por todos los gobiernos democráticos que más tarde le sucedieron en el poder del Estado. Fuimos por tanto, y lo somos aún, un país de emigrantes. Como decían inveterados racistas galos por aquel entonces: des sales métèques (“sucios extranjeros”).
Sólo una clase obrera
¿Y con esa pesada mochila sobre nuestras espaldas que muchos pretenden ignorar todavía, la derecha ultramontana (PP y VOX), que no critica en absoluto el desamparo al que Franco sumió a millones de españoles en el extranjero, se alza ahora en abanderada de “la prioridad nacional”, de “los españoles primero” frente a la famélica legión que llama a nuestras puertas en busca de lo mismo que antaño buscaron aquellos currantes españoles fuera de su tierra? ¡Qué cinismo! ¡Qué cara más dura! Puro nacionalchovinismo con el objetivo de dividir a la clase trabajadora y subordinar sus intereses a los del capital. Como asimismo lo asumieron en su día el nacionalsocialismo de Adolf Hitler o el nacionalcatolicismo franquista. No, para nosotras/os comunistas, la clase obrera es sólo una: la que vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario para subsistir. La que produce riqueza y es explotada por la insaciable burguesía mediante la plusvalía. Y nos da igual que esté integrada por blancos, negros o amarillos, o sean hombre o mujer. Y por supuesto, un sólo enemigo: el funesto sistema de producción capitalista, culpable de todas las atrocidades y abominaciones que ocurren en este desvalijado mundo, y al que hay que superar con el socialismo de una vez por todas en todo el mundo. Porque como establece el Internacionalismo Proletario, uno de los principios fundamentales del marxismo-leninismo (y que nadie se eche las manos a la cabeza pensando que están vetustos), “los obreros no tienen patria”. Y añade Lenin: “un internacionalismo que fundamentado en el hecho de que los trabajadores tienen intereses comunes frente al capital, representa solidaridad y unión de la clase obrera mundial por encima de las fronteras nacionales, pues éstas son construcciones históricas y políticas creadas principalmente para servir a los intereses de la clase dominante (la burguesía) y el capitalismo”. Citas de clásicos revolucionarios que debiéramos desempolvar y leer más. Seguro que otro gallo cantaría. El rojo, indudablemente.


