No olvido. No perdono. No me rindo.
André Abeledo Fernández
Con la memoria como arma y la conciencia de clase como brújula no olvido.
No olvido que Nicolás Maduro, presidente legítimo de Venezuela, elegido en las urnas por su pueblo, continúa retenido ilegalmente en territorio estadounidense. Un secuestro político ejecutado por el mismo imperio que lleva décadas intentando doblegar a un país que tuvo la osadía de ser dueño de sus propios recursos.
No olvido el genocidio en Palestina. No son palabras. Son bombas sobre hospitales, son fosas comunes, son niños sacados de los escombros con los brazos abiertos. Son torturas documentadas, apartheid reconocido por organizaciones internacionales, violaciones utilizadas como arma de guerra. Y es el silencio cómplice de Occidente, que habla de democracia mientras firma los cheques.
No olvido lo que hicieron en Irak, en Siria, en Libia, en Irán. Destruyeron Estados enteros. Asesinaron a millones de personas. Convirtieron naciones en escombros. ¿El motivo? El mismo de siempre: el petróleo, el gas, los recursos, el control de las rutas. El imperialismo no tiene ideología, tiene intereses. Y no le tiembla el pulso.
No olvido el bloqueo criminal contra Cuba. Casi setenta años de asfixia económica, de sanciones ilegales, de guerra silenciosa contra un pueblo que tuvo la dignidad de plantarles cara. Y hoy, con Donald Trump de vuelta en la Casa Blanca, ese bloqueo ya no es solo brutal: es genocida. Porque privar a un pueblo de medicamentos, alimentos y energía no es política exterior. Es un crimen contra la humanidad.
Y no olvido a qué clase pertenezco. A la clase que construye lo que otros disfrutan. A la clase que produce la riqueza que otros acumulan. A la clase que tiene razones de sobra para la rabia y motivos de más para el orgullo.
Memoria, conciencia y dignidad. Eso es lo que nos queda. Y con eso, camaradas, se hace historia.
André Abeledo Fernández

