Nos han robado el fútbol

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Nos han robado el fútbol

Yo no soy de esos que presumen de decir que no les gusta el fútbol para parecer más cultos o más inteligentes. Todo lo contrario. El fútbol ha formado parte de mi vida desde que tengo memoria. Como millones de niños y niñas, soñé con ser futbolista. Mi juguete favorito siempre fue un balón y pocas cosas me hicieron tan feliz como jugar un partido en cualquier descampado, en una plaza o en una pista de cemento.

Y precisamente por haber amado tanto este deporte me duele ver en qué se ha convertido el fútbol profesional.

Porque el fútbol sigue siendo el deporte del pueblo. Se juega en un barrio obrero, en una aldea gallega, en una favela brasileña, en un pueblo africano o en un campo de tierra. Se puede jugar con un balón nuevo, con uno remendado, con una pelota de trapo o con cualquier cosa que ruede. A diferencia de otros deportes reservados para quienes pueden pagar instalaciones, material o cuotas elevadas, el fútbol sigue siendo universal porque pertenece a la gente corriente.

Lo que ha dejado de pertenecer al pueblo es el negocio del fútbol.

Hoy presidir un gran club ya no consiste únicamente en gestionar una entidad deportiva. Significa acumular influencia política, económica y mediática. Dirigir la FIFA o la UEFA supone administrar miles de millones de euros y ejercer un poder inmenso sobre un espectáculo que mueve pasiones en todo el planeta. Cuando tanto dinero y tanto poder se concentran en tan pocas manos, el deporte pasa inevitablemente a un segundo plano.

Lo que estamos viendo en el Mundial disputado en Estados Unidos vuelve a alimentar esa sensación de que las reglas no siempre son iguales para todos. Las polémicas arbitrales, las decisiones disciplinarias discutidas, las dificultades impuestas a algunas selecciones o las diferencias de trato generan una percepción cada vez mayor de que el fútbol ha dejado de ser un terreno donde únicamente decide lo que ocurre sobre el césped.

Resulta difícil comprender, por ejemplo, que haya árbitros clasificados para un Mundial que tengan problemas para acceder al país anfitrión por cuestiones burocráticas mientras la FIFA apenas levanta la voz. Resulta difícil aceptar que determinadas selecciones afronten obstáculos logísticos que otras no sufren. Y resulta imposible ignorar que determinadas estrellas parecen disfrutar siempre de una protección especial, mientras otros jugadores son castigados con mucha mayor severidad.

El VAR llegó prometiendo justicia. Nos dijeron que terminarían los errores arbitrales. Sin embargo, los errores continúan existiendo y, demasiadas veces, la sensación de arbitrariedad sigue siendo la misma. La tecnología puede ayudar, pero nunca corregirá un problema cuando quien toma las decisiones carece de independencia o de credibilidad.

Ya lo advirtió Diego Maradona hace décadas. Temía que el fútbol terminara convertido en un producto televisivo diseñado exclusivamente para vender publicidad y aumentar beneficios. Cada temporada aparecen más pausas, más competiciones, más partidos y más ingresos. Los futbolistas juegan hasta la extenuación y los aficionados pagan cada vez más por seguir un deporte que se parece menos al que enamoró a generaciones enteras.

Mientras tanto, los máximos dirigentes del fútbol mundial aparecen cada vez más cerca de los grandes centros de poder político y económico. Quienes deberían proteger este deporte parecen mucho más preocupados por mantener buenas relaciones con gobiernos, grandes empresas y patrocinadores que por defender la limpieza de la competición o los intereses de la afición.

El problema nunca ha sido el fútbol. El problema son quienes lo administran.

Porque el fútbol sigue siendo el juego del pueblo. Sigue naciendo en las calles, en los barrios humildes, en las escuelas y en los parques. Sigue siendo el idioma común de millones de personas que encuentran en un balón un motivo para compartir, competir y soñar.

Lo que nos han robado no es el fútbol.

Nos han robado el fútbol profesional.

Y mientras unos hacen negocio con nuestra pasión, nosotros tenemos la obligación de recordar que este deporte no nació en los despachos de la FIFA, ni en los palcos presidenciales, ni en los consejos de administración de los grandes clubes.

 

Nació en la calle.

Y algún día tendrá que volver a pertenecer a quienes nunca debió dejar de pertenecer: al pueblo.

Y también conviene hablar de los referentes que se construyen desde el fútbol moderno.

Nadie puede discutir que Lionel Messi es uno de los mejores futbolistas de la historia. Su talento está fuera de toda duda. Pero una cosa es el futbolista y otra muy distinta el ejemplo deportivo que transmite en determinadas ocasiones. Hay gestos de altivez, protestas constantes o actitudes poco elegantes con los rivales que contrastan con la imagen de humildad que durante años se ha querido proyectar. Los grandes deportistas también deberían ser grandes en la victoria, respetando siempre al adversario.

En el extremo opuesto encontramos futbolistas como Erling Haaland. Una superestrella mundial, uno de los jugadores mejor pagados del planeta, pero que transmite una imagen de sencillez, trabajo y compañerismo. Lejos de jugar en una selección históricamente dominante, pelea con Noruega para llevarla a competir entre las mejores. No necesita comportarse como una celebridad intocable para demostrar que pertenece a la élite.

Ese debería ser el modelo. Futbolistas que hablen con su juego y no con su arrogancia. Deportistas que entiendan que ningún título ni ningún Balón de Oro los sitúa por encima del resto.

Porque el fútbol necesita recuperar algo más importante que los títulos: necesita recuperar la igualdad. Que las reglas sean las mismas para todos. Que las estrellas reciban la misma protección que cualquier jugador, pero nunca privilegios. Ya no queremos volver al fútbol donde se destrozaban carreras con entradas criminales como las que sufrió Maradona. Aquel fútbol tampoco era justo. Lo que queremos es un fútbol en el que el reglamento se aplique exactamente igual para todos, sin importar el escudo, el nombre que lleven a la espalda o los millones que generen para la industria.

Solo entonces volveremos a creer que el resultado lo decide el talento, el esfuerzo y el trabajo colectivo, y no el peso de los despachos, del marketing o de quienes han convertido el deporte más popular del planeta en un inmenso negocio.

Porque el fútbol no necesita más magnates ni más dirigentes obsesionados con el dinero. Necesita menos mercaderes y más deportistas. Menos poder y más pueblo. Menos negocio y más fútbol.

 

André Abeledo Fernández 

 

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