Cuando el Mundial deja de ser fútbol
La contundente victoria de Bélgica sobre Estados Unidos por cuatro goles a uno hizo algo más que decidir una eliminatoria. También desmontó, sobre el terreno de juego, la enorme cacicada protagonizada por Gianni Infantino y Donald Trump. La polémica retirada de la tarjeta roja al delantero estadounidense pretendía inclinar la balanza, pero ni siquiera un reglamento retorcido al servicio del poder fue suficiente para evitar que el fútbol acabara imponiendo su propia lógica.
Lo sucedido deja a la FIFA completamente desnuda ante millones de aficionados de todo el mundo. Ya no hablamos únicamente de errores arbitrales o de decisiones discutibles. Hablamos de una organización que hace tiempo dejó de defender el deporte para convertirse en un inmenso negocio donde unos pocos acumulan poder, influencia y fortunas multimillonarias mientras millones de aficionados contemplan con impotencia cómo les arrebatan el fútbol.
Donald Trump probablemente sepa muy poco de fútbol. Pero lo que ha demostrado saber todavía menos es de respeto. Un Mundial no puede convertirse en un instrumento político al servicio del país anfitrión. Sin embargo, eso es exactamente lo que hemos visto.
La presión constante sobre la selección de Irán, la negativa a permitir la entrada en Estados Unidos a un árbitro somalí designado para el campeonato, las dificultades para que miles de aficionados de distintos países pudieran viajar a apoyar a sus selecciones por las restricciones migratorias y, finalmente, la escandalosa decisión de retirar una expulsión a un jugador estadounidense dibujan un panorama incompatible con los valores que la FIFA dice defender.
Nos repiten una y otra vez que el deporte une a los pueblos. Pero este Mundial ha demostrado que, cuando el dinero y el poder llaman a la puerta, esos principios desaparecen con una rapidez sorprendente.
Y mientras todo eso sucede, la factura la pagan, como siempre, los de abajo.
Entradas a 400 dólares para ver jugar a tu selección nacional. Cuatrocientos dólares. Hay trabajadores que necesitan varios días de salario para poder permitirse un solo asiento en un estadio. Eso no es democratizar el deporte. Eso es expulsar al pueblo de las gradas para sustituirlo por quien pueda pagar.
Recuerdo perfectamente aquellos Mundiales de mi infancia. Todos los partidos podían seguirse gratuitamente por la televisión pública. El Mundial era una fiesta colectiva que compartían millones de familias sin importar cuánto dinero tuvieran en el bolsillo. Hoy casi todo se ha convertido en un producto de pago. Pagamos por el fútbol, pagamos por el entretenimiento, pagamos incluso por aquello que durante décadas se entendía como un bien común. La lógica de la privatización lo invade todo, hasta convertir un campeonato del mundo en un producto de lujo.
Nos dicen que es progreso. Yo lo llamo negocio.
Porque el problema ya no es únicamente la FIFA. Es un modelo donde absolutamente todo termina subordinado al beneficio económico. El deporte deja de pertenecer a la gente para convertirse en propiedad de grandes corporaciones, fondos de inversión y dirigentes que jamás pisarán una grada popular porque hace mucho tiempo que dejaron de entender qué significa realmente el fútbol.
Este Mundial pasará a la historia por muchas razones. Pero, sobre todo, por haber mostrado hasta qué punto el dinero puede corromper el deporte cuando desaparecen los límites.
Ha sido un Mundial marcado por el clasismo, por decisiones que muchos consideran discriminatorias y por la utilización política de un acontecimiento que debería servir para unir a los pueblos y no para dividirlos.
Pero hay algo que ni Infantino, ni Trump, ni ningún dirigente podrá comprar jamás.
La dignidad de quienes siguen creyendo que el fútbol pertenece al pueblo.
Y mientras exista un solo aficionado dispuesto a defender esa idea, todavía habrá esperanza para este deporte.
André Abeledo Fernández

