Si muere el gallego, muere Galicia

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Si muere el gallego, muere Galicia.

Hay quien piensa que el futuro de un pueblo depende de su Producto Interior Bruto, de sus exportaciones o del número de autopistas. Yo no. Un pueblo empieza a desaparecer mucho antes de perder su economía. Empieza a morir cuando deja de hablar su lengua, cuando olvida quién es, cuando acepta que su identidad es un estorbo y no un orgullo.

Por eso digo con absoluta claridad que necesitamos medidas urgentes para salvar el gallego y, por lo tanto, para salvar Galicia.

Porque cuando un idioma deja de transmitirse de padres a hijos, cuando deja de escucharse en las calles, en las escuelas, en los centros de trabajo y en las instituciones, no estamos ante una evolución natural. Estamos ante una derrota política, cultural y nacional.

El gallego sobrevivió durante siglos gracias al pueblo trabajador. No fueron los reyes ni los gobiernos quienes lo mantuvieron vivo. Fueron los campesinos, los marineros, los obreros y las familias humildes que siguieron hablando su lengua a pesar de las persecuciones, las humillaciones y el desprecio.

Mientras desde el poder se identificaba hablar gallego con ser ignorante, nuestro pueblo resistía.

No hay que olvidar que durante el franquismo podía leerse en los periódicos aquel infame «No sea animal, hable castellano». Mi propia madre me contaba cómo en la escuela rural de la parroquia de Anca los niños que hablaban gallego eran ridiculizados. No ocurrió hace cinco siglos. Fue ayer en el reloj de la historia.

Por eso resulta especialmente hipócrita que hoy algunos pretendan presentarse como grandes defensores de Galicia mientras continúan aplicando políticas que aceleran el retroceso del gallego.

El Partido Popular de Galicia lleva años disfrazándose de galleguista. Entrega medallas con el nombre de Castelao mientras olvida que su fundador, Manuel Fraga, prohibió dedicar una calle al padre del nacionalismo gallego y que su partido votó en contra del reconocimiento de Castelao como primer presidente de la Xunta de Galicia. El mismo partido que se opuso al uso del gallego en las instituciones europeas.

Las palabras pueden ser hermosas. Los hechos son infinitamente más importantes.

El resultado está a la vista de todos. Cada generación habla menos gallego que la anterior. Y cuando una lengua pierde a la juventud, entra en una situación de auténtico peligro.

Ya no bastan campañas publicitarias ni declaraciones institucionales una vez al año.

El gallego necesita una auténtica política de discriminación positiva. No para perseguir ninguna otra lengua, sino para compensar siglos de discriminación contra la nuestra.

La lengua propia de Galicia debe ocupar el lugar central en la administración, en la enseñanza, en los medios públicos y en la vida social. Al mismo tiempo, quien llegue de fuera debe encontrar todas las facilidades para aprender gallego e incorporarlo como una herramienta de integración. Defender el gallego nunca ha significado atacar al castellano. Significa garantizar que la lengua propia de nuestra nación pueda seguir existiendo.

Porque todas las lenguas son patrimonio de la humanidad. Cada una de ellas representa una forma distinta de entender el mundo. Cuando desaparece una lengua, todos nos empobrecemos.

Pero la defensa de Galicia no termina en la lengua.

También se libra en el territorio.

Mientras nos hablan de transición ecológica, nuestra tierra se convierte en un inmenso parque eólico pensado para abastecer intereses ajenos. No se planifica pensando en el futuro del rural gallego, ni en la soberanía alimentaria, ni en la conservación del paisaje. Se planifica para satisfacer las necesidades de la metrópoli y de las grandes multinacionales.

Galicia produce mucha más energía de la que consume. Ya ha cumplido con creces su aportación.

Lo que hoy vivimos no es una planificación al servicio del país. Es un nuevo modelo de extracción colonial en el que los beneficios se marchan fuera mientras aquí permanecen los impactos ambientales, la despoblación y la destrucción del territorio.

Por eso duele tanto comprobar cómo, a veces, cada uno defiende únicamente su pequeña parcela sin comprender que la verdadera tierra que debemos defender se llama Galicia.

Nuestra tierra no puede seguir siendo el patio trasero donde otros deciden qué hacer con nuestros montes, nuestros ríos, nuestro paisaje y nuestra gente.

Todo esto conduce inevitablemente a una reflexión más amplia.

Galicia es una nación.

Tenemos una lengua propia, una historia común, una cultura diferenciada, un territorio y una conciencia colectiva construida durante siglos. Negar esa realidad no resuelve absolutamente nada.

Como tampoco resuelve negar la realidad nacional de Cataluña o del País Vasco.

La convivencia entre pueblos solo puede construirse desde el respeto y la igualdad.

Siempre he defendido una unión voluntaria entre pueblos libres. Un Estado federal o plurinacional donde cada nación pueda decidir libremente la relación que quiere mantener con el resto. Reconocer el derecho a decidir no rompe la convivencia. Al contrario, la fortalece porque elimina la imposición.

Los Estados se convierten en cárceles cuando pretenden retener por la fuerza aquello que deberían conservar mediante el respeto.

La defensa de la identidad gallega nunca ha sido incompatible con la solidaridad entre los pueblos. Al contrario. Solo quien respeta su propia identidad puede respetar verdaderamente la de los demás.

Hoy hablar gallego sigue siendo, en demasiados ámbitos, un acto de resistencia.

Y eso debería avergonzarnos como sociedad.

Necesitamos recuperar el orgullo de ser gallegos. Necesitamos dejar de pedir permiso para existir. Necesitamos comprender que defender nuestra lengua no es una cuestión folclórica ni sentimental.

Es una cuestión de supervivencia.

Porque, como nos recordó Castelao: «Si todavía somos gallegos es por obra y gracia del idioma.»

Y mientras haya una sola persona que siga hablando gallego con orgullo, seguirá existiendo la esperanza de que Galicia continúe siendo dueña de sí misma.

 

André Abeledo Fernández 

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