Tiempos oscuros: el capital ajusta cuentas con los pueblos
Por André Abeledo Fernández
Camaradas, no nos engañemos con eufemismos ni con el lenguaje tibio de quienes prefieren llamar «populismo» a lo que es, sencillamente, fascismo del siglo XXI. Estamos viviendo tiempos oscuros. Muy oscuros. Y quien no lo vea así, o es cómplice, o no quiere mirar.
Lo que ha ocurrido en las urnas de Colombia, Argentina, Venezuela, Ecuador, Perú y Chile no es una anécdota electoral más, un simple vaivén del péndulo democrático que algunos analistas de salón nos venden para tranquilizar conciencias. Es la entrega, país tras país, de la soberanía latinoamericana a la ultraderecha vendepatrias, a esos gestores locales del capital transnacional que aceptan con entusiasmo servil el papel histórico que Washington les ha reservado desde hace más de un siglo: el de patio trasero del imperialismo yanqui.
¿Hace falta recordar lo que significa Javier Milei en Argentina? Un presidente que llega al poder de la mano de Israel y de los Estados Unidos, que desmantela lo poco que quedaba del Estado social argentino, que entrega los recursos estratégicos de su país al mejor postor extranjero mientras la clase trabajadora argentina se empobrece a un ritmo que no se veía desde el corralito. Eso no es libertad, camaradas. Eso es la vieja receta del saqueo con nombre nuevo.
Y luego está Venezuela. La captura del presidente legítimo Nicolás Maduro por parte del aparato militar estadounidense no es, como pretenden hacernos creer los grandes medios, una operación contra el «narcotráfico». Es un secuestro de Estado, un golpe descarado contra un país que se atrevió, con todos los errores y contradicciones que se le quieran achacar, a sostener durante más de dos décadas un proyecto de soberanía frente al imperio. Cuando Washington decide quién gobierna en Caracas a bombazos, lo que está en juego no es la democracia: es el petróleo, son los recursos, es el castigo ejemplar a cualquier pueblo que ose pensar distinto.
Colombia no se libra. El triunfo de la ultraderecha colombiana amenaza con reabrir las heridas de una guerra civil que costó cientos de miles de vidas, y amenaza con entregar el país exactamente igual que lo hizo Milei en Argentina: privatizando, desregulando, arrodillándose. Es el mismo guion, camaradas, aplicado con las variantes locales de cada país, pero con idéntica firma al pie: la de los fondos de inversión y los despachos de Washington.
Europa no es una excepción, es la misma enfermedad
No nos hagamos trampas al solitario pensando que esto es un problema exclusivamente latinoamericano. En Europa la ultraderecha avanza con paso firme, y España no es una excepción a esa regla, por mucho que algunos quieran presentarnos como una anomalía virtuosa dentro del continente. Quizás la única diferencia es que aquí un apoyo demasiado explícito de Donald Trump termina restando votos a los candidatos ultras, por ese cierto chauvinismo europeo que aún desconfía del vecino americano. Pero no nos confundamos: es una diferencia de matiz, no de fondo.
Occidente entero está en franca involución y decadencia. Y en ese naufragio, la izquierda que debería estar plantando cara aparece edulcorada, desnortada, incapaz de ofrecer un horizonte que no sea la simple gestión más o menos amable del capitalismo. La socialdemocracia, camaradas, no tiene ni ha tenido nunca la capacidad real de enfrentar al monstruo fascista. La historia lo ha demostrado una y mil veces: cuando el capital se siente amenazado, no negocia con socialdemócratas, los aplasta o los compra. Y mientras tanto, la izquierda de raíz, la izquierda que defiende de verdad los intereses de la clase trabajadora, ha sido traicionada una vez más por quienes prefirieron la componenda al combate.
No hay atajos
No hay fórmulas mágicas ni maquillaje electoral que nos saque de este pozo. Lo que hace falta es memoria histórica, conciencia de clase y organización. Frente al avance fascista no valen las medias tintas ni los pactos de gestión con quienes solo aspiran a administrar la derrota con más buenos modales.
La clase trabajadora consciente de Latinoamérica y de Europa tiene ante sí la misma tarea de siempre: reconocer al enemigo, nombrarlo sin eufemismos y organizarse para plantarle cara. No hay democracia posible bajo el imperio. No hay convivencia posible con el fascismo. Solo queda, como siempre ha quedado, la lucha.
Hasta la victoria siempre.
André Abeledo Fernández

