El gallego, un idioma para la resistencia

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El gallego, un idioma para la resistencia

Una lengua que mira al futuro

La lengua gallega no constituye únicamente un patrimonio cultural. Es una forma de entender el mundo. Cada lengua conserva una memoria colectiva, una manera de nombrar la realidad y una experiencia histórica acumulada durante siglos.

Defender el gallego no significa levantar fronteras culturales. Significa ampliar el patrimonio común. Las sociedades que protegen su diversidad lingüística no son menos abiertas. Suelen ser más ricas culturalmente.

El verdadero desafío consiste en garantizar que las nuevas generaciones puedan vivir plenamente en gallego si así lo desean, sin que esa elección limite sus oportunidades académicas, profesionales o personales.

Una lengua permanece viva cuando sirve para vivir el presente y construir el futuro. No cuando se convierte únicamente en objeto de nostalgia.

Una nación de ciudadanos

La identidad gallega ha generado intensos debates a lo largo de la historia. Existen sensibilidades muy distintas sobre cómo definir políticamente Galicia. Es legítimo que así sea. Las democracias se enriquecen cuando esas diferencias pueden expresarse con libertad y respeto.

Más allá de esas posiciones, existe un hecho difícilmente discutible. Galicia posee una personalidad histórica, cultural y lingüística propia que ha contribuido de manera decisiva a la diversidad de la península ibérica y de Europa.

Reconocer esa realidad no exige uniformidad política. Exige respeto. Porque las identidades democráticas no deberían imponerse. Deberían poder vivirse libremente.

El futuro se construye

Sería fácil presentar Galicia como un territorio condenado al declive demográfico o económico. Sería una visión profundamente injusta.

Galicia dispone de universidades, centros tecnológicos, empresas innovadoras, un sector agroalimentario competitivo, una industria con capacidad de transformación, recursos naturales extraordinarios y una sociedad civil que ha demostrado una enorme capacidad de resistencia.

El desafío no consiste en inventar un país nuevo. Consiste en crear las condiciones para que el talento que ya existe pueda desarrollar aquí su futuro.

Eso exige empleo de calidad, infraestructuras, investigación, servicios públicos sólidos, una política industrial a largo plazo y una confianza renovada en las capacidades de la propia sociedad gallega.

Galiza como espejo

Este capítulo no pretende afirmar que Galiza sea mejor ni peor que otros territorios. Pretende mostrar que muchos de los grandes debates del siglo XXI pueden comprenderse observando una realidad concreta.

Aquí encontramos los efectos de la globalización, de la emigración, del envejecimiento, de la transformación tecnológica, de la concentración económica y de la defensa de las identidades culturales.

Por eso Galiza no aparece en este libro como una nota al margen. Aparece como un espejo. Un lugar desde el que comprender que las grandes cuestiones de nuestro tiempo siempre acaban expresándose en la vida cotidiana de personas concretas.

Porque la historia nunca ocurre únicamente en los grandes centros de poder. También se escribe en los puertos, en las aldeas, en los barrios, en las fábricas, en los hospitales, en las escuelas y en las plazas donde una comunidad decide, día tras día, cómo quiere construir su futuro.

Y quizá esa sea la mayor enseñanza que Galicia puede ofrecer. Que incluso desde la periferia es posible pensar el mundo. Y contribuir a transformarlo.

Si muere el gallego, muere Galiza

Hay quien piensa que el futuro de un pueblo depende de su Producto Interior Bruto, de las exportaciones o del número de autovías. Yo no.

Un pueblo empieza a desaparecer mucho antes de perder su economía. Empieza a morir cuando deja de hablar su lengua, cuando olvida quién es, cuando acepta que su identidad es un estorbo y no un motivo de orgullo.

Por eso digo con absoluta claridad que necesitamos medidas urgentes para salvar el gallego y, por lo tanto, para salvar Galiza. Porque cuando un idioma deja de transmitirse de padres a hijos, cuando deja de escucharse en las calles, en las escuelas, en los centros de trabajo y en las instituciones, no estamos ante una evolución natural.

Estamos ante una derrota política, cultural y nacional.

El gallego sobrevivió durante siglos gracias al pueblo trabajador. No fueron los reyes ni los gobiernos quienes lo mantuvieron vivo. Fueron los campesinos, los marineros, los obreros y las familias humildes que siguieron hablando su lengua a pesar de las persecuciones, las humillaciones y el desprecio.

Mientras desde el poder se identificaba hablar gallego con ser ignorante, nuestro pueblo resistía.

No hay que olvidar que durante el franquismo podía leerse en los periódicos aquel infame «No sea animal, hable castellano». Mi propia madre me contaba cómo en la escuela rural de la parroquia de Anca los niños que hablaban gallego eran ridiculizados. No ocurrió hace cinco siglos. Fue ayer en el reloj de la historia.

Por eso resulta especialmente hipócrita que hoy algunos pretendan presentarse como grandes defensores de Galiza mientras continúan aplicando políticas que aceleran el retroceso del gallego.

El Partido Popular de Galicia lleva años disfrazándose de galleguista. Entrega medallas con el nombre de Castelao mientras olvida que su fundador, Manuel Fraga, prohibió dedicar una calle al padre del nacionalismo gallego y que su partido votó contra el reconocimiento de Castelao como primer presidente de la Xunta de Galicia.

El mismo partido que se opuso al uso del gallego en las instituciones europeas.

Las palabras pueden ser hermosas. Los hechos son infinitamente más importantes.

El resultado está a la vista de todos. Cada generación habla menos gallego que la anterior. Y cuando una lengua pierde a la juventud, entra en una situación de auténtico peligro.

Ya no bastan campañas publicitarias ni declaraciones institucionales una vez al año. El gallego necesita una auténtica política de discriminación positiva. No para perseguir a ninguna otra lengua, sino para compensar siglos de discriminación contra la nuestra.

La lengua propia de Galiza debe ocupar el lugar central en la administración, en la enseñanza, en los medios públicos y en la vida social. Al mismo tiempo, quienes lleguen de fuera deben encontrar todas las facilidades para aprender gallego e incorporarlo como una herramienta de integración.

Defender el gallego nunca ha significado atacar al castellano. Significa garantizar que la lengua propia de nuestra nación pueda seguir existiendo. Porque todas las lenguas son patrimonio de la humanidad. Cada una de ellas representa una forma distinta de entender el mundo. Cuando desaparece una lengua, todos nos empobrecemos.

Pero la defensa de Galiza no termina en la lengua. También se libra en el territorio.

Mientras nos hablan de transición ecológica, nuestra tierra se convierte en un inmenso parque eólico pensado para abastecer intereses ajenos. No se planifica pensando en el futuro del medio rural gallego, ni en la soberanía alimentaria, ni en la conservación del paisaje. Se planifica para satisfacer las necesidades de la metrópoli y de las grandes multinacionales.

Galiza produce mucha más energía de la que consume. Ya ha cumplido con creces su aportación. Lo que hoy vivimos no es una planificación al servicio del país. Es un nuevo modelo de extracción colonial en el que los beneficios se marchan fuera mientras aquí quedan los impactos ambientales, la despoblación y la destrucción del territorio.

Por eso duele tanto comprobar cómo a veces cada uno defiende únicamente su finca sin comprender que la verdadera finca que debemos defender se llama Galiza.

Nuestra tierra no puede seguir siendo el patio trasero donde otros deciden qué hacer con nuestros montes, con nuestros ríos, con nuestro paisaje y con nuestra gente.

Todo ello conduce inevitablemente a una reflexión más amplia. Galiza es una nación. Tenemos una lengua propia, una historia común, una cultura diferenciada, un territorio y una conciencia colectiva construida durante siglos.

Negar esa realidad no resuelve absolutamente nada. Como tampoco resuelve negar la realidad nacional de Cataluña o de Euskadi.

La convivencia entre pueblos solo puede construirse desde el respeto y desde la igualdad.

Siempre he defendido una unión voluntaria entre pueblos libres. Un Estado federal o plurinacional donde cada nación pueda decidir libremente la relación que quiere mantener con las demás.

Reconocer el derecho a decidir no rompe la convivencia. Al contrario, la fortalece porque elimina la imposición.

Los Estados se convierten en cárceles cuando pretenden retener por la fuerza aquello que deberían conservar mediante el respeto.

La defensa de la identidad gallega nunca ha sido incompatible con la solidaridad entre pueblos. Al contrario. Solo quien respeta su propia identidad puede respetar verdaderamente la de los demás.

Hoy hablar gallego continúa siendo, en demasiados ámbitos, un acto de resistencia. Y eso debería avergonzarnos como sociedad.

Necesitamos recuperar el orgullo de ser gallegos. Necesitamos dejar de pedir permiso para existir. Necesitamos comprender que defender nuestra lengua no es una cuestión folclórica ni sentimental. Es una cuestión de supervivencia.

Porque, como nos recordó Castelao, «Si todavía somos gallegos es por obra y gracia del idioma».

Y mientras haya una persona que siga hablando gallego con orgullo, seguirá existiendo la esperanza de que Galiza continúe siendo dueña de sí misma.

 

André Abeledo Fernández

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