El racismo de salón de M. Rajoy y la pobreza intelectual de la derecha

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El racismo de salón de M. Rajoy y la pobreza intelectual de la derecha

Hay ocasiones en las que una sola frase retrata una forma de entender el mundo mejor que un programa electoral entero. Eso es exactamente lo que ha sucedido con Mariano Rajoy. Un expresidente del Gobierno ha sido capaz de provocar un conflicto diplomático escribiendo sobre un partido de fútbol. No deja de sorprender que quien ocupó durante años la máxima responsabilidad política del Estado termine ofreciendo una imagen tan pobre, tan frívola y tan alejada de la realidad.

Su comentario sobre la selección francesa no fue una simple broma desafortunada. Refleja una manera de pensar profundamente arraigada en una parte de la derecha española: una visión clasista, excluyente y, en demasiadas ocasiones, abiertamente racista y xenófoba.

Porque el problema no es el fútbol. El problema es la idea que se esconde detrás de ese discurso: que para ser francés, español, alemán o portugués habría que tener un determinado color de piel, unos apellidos concretos o un árbol genealógico libre de inmigrantes. Es una concepción de la nación basada en la sangre y el origen, no en la ciudadanía, los derechos y la convivencia.

Esa forma de pensar no solo es moralmente cuestionable; también choca con la realidad. Las sociedades europeas llevan décadas siendo diversas. Millones de personas han nacido en países distintos al de sus padres o abuelos y forman parte de ellos con absoluta normalidad. Pagan impuestos, trabajan, estudian, crean empresas, participan en la vida pública y sienten esos países como propios.

La nacionalidad no la determina el color de la piel. Tampoco los rasgos físicos. La determina la ley, pero también la pertenencia a una comunidad, la vida compartida y el compromiso con la sociedad en la que uno nace o desarrolla su proyecto vital.

Por eso existen jugadores nacidos en España de familias marroquíes que deciden representar a Marruecos, igual que otros, hijos de inmigrantes, nacidos en España, eligen vestir la camiseta de la selección española. Exactamente lo mismo sucede en Francia, Portugal, Alemania, Bélgica o cualquier otro país con una sociedad diversa. Es una realidad normal en el siglo XXI.

Lo preocupante es que quien fue presidente del Gobierno parezca incapaz de comprender algo tan elemental. Y más preocupante aún es que ese discurso encuentre eco en sectores de una derecha que, lejos de evolucionar, parece instalada en una nostalgia identitaria que nada tiene que ver con la realidad de los pueblos europeos.

No se trata de negar la importancia de la identidad nacional. Al contrario. La identidad de un país se construye con su historia, su cultura, su lengua y sus valores democráticos. Pero precisamente esos valores exigen entender que la ciudadanía no depende del color de la piel ni del origen familiar.

La España de hoy es diversa, como lo es Francia, como lo son la mayoría de los países europeos. Negarlo no cambia la realidad; solo alimenta prejuicios y divisiones.

Cuando un expresidente reduce un debate deportivo a una cuestión de origen étnico, no demuestra ingenio. Demuestra una enorme pobreza intelectual. Y cuando parte de la derecha aplaude ese tipo de mensajes, confirma que sigue atrapada en una visión del mundo que confunde nación con raza y patriotismo con exclusión.

El fútbol, como la sociedad, debería servir para unir a personas distintas bajo unos mismos colores. Quien no entiende eso, difícilmente puede entender la democracia plural del siglo XXI.

Lamine Yamal es un futbolista español. Nació en España, representa a la selección española y se ha convertido, pese a su juventud, en una de sus principales figuras.

No debería ser necesario recordar algo tan evidente. Sin embargo, hay quienes siguen cuestionando la españolidad de algunos ciudadanos por el color de su piel, por el origen de sus padres o por sus propios prejuicios.

Lamine Yamal representa a España con su talento, su compromiso y su fútbol. Como tantos otros españoles de orígenes diversos, demuestra que la identidad de un país no se mide por los apellidos ni por el aspecto físico, sino por la ciudadanía, la convivencia y el proyecto común.

Mientras algunos se dedican a sembrar odio, división y desconfianza, deportistas como él proyectan una imagen de una España plural, abierta y capaz de ilusionar a millones de personas.

Se puede debatir de fútbol. Lo que no debería debatirse es la condición de español de quien lo es por nacimiento y representa a su país con orgullo y excelencia.

En el caso de Mariano Rajoy, resulta difícil aceptar lecciones de patriotismo o de representación institucional. Su Gobierno terminó siendo desalojado mediante una moción de censura tras una sentencia que acreditó la existencia de una trama de corrupción vinculada al Partido Popular, un hecho sin precedentes en la democracia española. Ese desenlace marcó de forma inevitable su legado político.

Tampoco ayuda a reforzar su autoridad moral recordar episodios como sus salidas durante el confinamiento por la pandemia, cuando miles de ciudadanos cumplían estrictamente unas restricciones que él interpretó de una manera muy particular. Aquella actitud fue ampliamente criticada porque transmitía la sensación de que las normas eran para los demás.

Ahora, ya como expresidente del Gobierno, Rajoy ha vuelto a generar polémica con un artículo sobre la selección española y Lamine Yamal que ha terminado provocando un innecesario conflicto diplomático con Francia. No deja de ser llamativo que alguien que ocupó la máxima responsabilidad institucional contribuya a alimentar una controversia de este tipo por un asunto estrictamente deportivo.

Quizá el problema sea que, en ocasiones, algunos dirigentes dicen con total naturalidad lo que realmente piensan. Y cuando desaparecen los discursos cuidadosamente preparados, afloran prejuicios y formas de entender la sociedad que explican muchas de sus actuaciones políticas. No es una cuestión exclusiva de Rajoy; también ocurre con frecuencia en declaraciones de otros dirigentes de la derecha española, como Isabel Díaz Ayuso, Alberto Núñez Feijóo o Santiago Abascal.

El patriotismo no consiste en señalar quién es más o menos español según su origen, el color de su piel o el apellido que lleve. Tampoco en utilizar el deporte para alimentar divisiones identitarias. Representar a un país exige responsabilidad, especialmente cuando se ha ocupado la Presidencia del Gobierno. Y precisamente por eso, las palabras de un expresidente nunca son irrelevantes.

 

André Abeledo Fernández

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