La FIFA no quiere política, salvo la del poder
La FIFA lleva años repitiendo que el fútbol debe mantenerse al margen de la política. Es un discurso cómodo, repetido hasta la saciedad por quienes pretenden presentar el deporte como un espacio neutral. Pero basta observar este Mundial para comprobar que esa supuesta neutralidad no existe. Nunca ha existido.
Lo que la FIFA llama neutralidad consiste, en realidad, en permitir la política de los poderosos mientras se persigue la de quienes cuestionan el orden establecido.
La selección argentina mostró una pancarta reivindicando que las Islas Malvinas forman parte del territorio argentino y denunciando la ocupación británica. Era una reivindicación política, sí. También era una reivindicación histórica. Las Malvinas fueron arrebatadas por la fuerza en 1833 por el Imperio británico y esa disputa continúa abierta desde entonces. Miles de argentinos han entregado su vida defendiendo lo que consideran parte de su patria. Compartir o no esa reivindicación es legítimo. Lo que resulta ilegítimo es que la FIFA invoque su reglamento solo cuando el mensaje incomoda al poder.
Porque este Mundial ha estado atravesado por decisiones políticas desde mucho antes del pitido inicial.
¿No es política obligar a la selección iraní a soportar unas condiciones de desplazamiento que dificultan su participación mientras otras selecciones disfrutan de todas las facilidades? ¿No es política impedir la entrada de un árbitro somalí alegando decisiones unilaterales del Gobierno estadounidense? ¿No es política negar el visado a personas invitadas al torneo por razones ajenas al deporte?
Por supuesto que lo es.
También es política organizar un Mundial en un país cuya política exterior condiciona quién puede entrar, quién puede trabajar y quién puede participar con normalidad en la competición. Es política celebrar el mayor espectáculo deportivo del planeta en un Estado que continúa respaldando guerras e intervenciones internacionales, que apoya militarmente al Gobierno israelí mientras este destruye Gaza y ataca otros países de la región, que mantiene una política migratoria denunciada por numerosas organizaciones de derechos humanos y que convierte el deporte en un instrumento más de su proyección internacional.
Pero de eso la FIFA nunca habla.
La misma organización que amenaza con sanciones cuando aparece una bandera palestina en la grada o una pancarta sobre las Malvinas guarda un silencio absoluto cuando las decisiones políticas provienen de los gobiernos más poderosos. La neutralidad desaparece en cuanto entra en juego el dinero, la geopolítica o los intereses económicos.
Y esa es la gran hipocresía.
Si la política está prohibida, debe estar prohibida para todos. Si, por el contrario, el fútbol convive inevitablemente con la realidad política del mundo, entonces ningún organismo privado debería decidir qué reivindicaciones son aceptables y cuáles deben ser censuradas.
Una bandera palestina, una pancarta reclamando las Malvinas o cualquier otra reivindicación pacífica no hacen más daño al fútbol que las decisiones políticas adoptadas por quienes organizan el torneo. Al contrario, recuerdan que detrás de los millones de espectadores siguen existiendo pueblos, derechos, conflictos e injusticias que no desaparecen porque ruede un balón.
Y después de todo lo sucedido durante este campeonato hay una conclusión difícil de discutir.
Gianni Infantino no puede continuar al frente de la FIFA.
Su mandato ha convertido a la organización en el símbolo de un modelo donde el negocio pesa infinitamente más que el deporte. Los arbitrajes polémicos, el funcionamiento del VAR, la creciente sensación de falta de transparencia, la subordinación a intereses económicos y políticos y el deterioro de la credibilidad de la competición forman parte de un mismo problema.
La FIFA hace mucho que dejó de defender el fútbol. Hoy protege un negocio multimillonario en el que los patrocinadores, los gobiernos y las grandes corporaciones parecen tener mucha más influencia que los aficionados, los jugadores o las propias federaciones.
Maradona dijo una vez que «la pelota no se mancha». Tenía razón. Lo que sí se mancha son las instituciones que convierten el fútbol en un instrumento del poder mientras intentan silenciar a quienes utilizan ese mismo fútbol para defender la justicia, la memoria o la dignidad de sus pueblos.
La pelota seguirá perteneciendo a la gente. La FIFA, mientras continúe actuando con esta doble moral, cada día pertenecerá un poco menos al fútbol.
André Abeledo Fernández

