Mucho más que una final: cuando el fútbol vuelve a pertenecer a los pueblos

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Mucho más que una final: cuando el fútbol vuelve a pertenecer a los pueblos

La final del Mundial de 2026 enfrentó a dos selecciones nacionales. En el terreno de juego ganó la que fue, durante el partido, claramente superior. Ese es el hecho deportivo.

Pero sería ingenuo pensar que, para millones de personas, aquella final fue únicamente noventa minutos de fútbol. El deporte de masas más importante del planeta hace tiempo que dejó de existir en una burbuja aislada de la política, del poder económico y de los intereses geoestratégicos. La FIFA lleva décadas demostrando que el fútbol también es un escenario donde se disputan influencia, prestigio e intereses que van mucho más allá del balón.

Por eso aquella final adquirió un significado simbólico para millones de aficionados.

Para una parte importante de la opinión pública, la selección argentina aparecía asociada a una FIFA presidida por Gianni Infantino, una institución cuestionada en numerosas ocasiones por decisiones arbitrales polémicas, falta de transparencia y una creciente mercantilización del fútbol. También se proyectó sobre aquella selección la imagen de la cercanía institucional de la FIFA con dirigentes como Donald Trump y Benjamín Netanyahu, en un contexto internacional marcado por profundas divisiones políticas. A ello se sumaba la percepción de quienes consideran que el juego argentino recurrió con frecuencia a la dureza, las interrupciones constantes y otras prácticas alejadas del fútbol que muchos aficionados desean ver.

En el lado contrario, millones de personas vieron en España algo más que un equipo. Vieron a una selección que simbolizaba a quienes, durante los últimos años, denunciaron sentirse perjudicados por determinadas decisiones arbitrales. Vieron la posibilidad de que el talento, el fútbol ofensivo, la deportividad y el juego limpio se impusieran sobre todo lo demás.

Para muchos, aquella victoria también adquirió una dimensión profundamente humana. En medio de una tragedia que sigue conmocionando al mundo, numerosas imágenes difundidas en redes sociales mostraban a personas celebrando el triunfo español en distintos lugares, incluida Gaza. Para quienes las compartieron, aquella celebración representaba la alegría de comprobar que, al menos sobre un terreno de juego, podía imponerse el equipo que identificaban con otros valores distintos a los del poder político y económico dominante.

Cada aficionado proyecta sobre el deporte sus propias esperanzas, sus frustraciones y su visión del mundo. Eso explica que una misma final pueda significar cosas muy diferentes según quién la contemple.

Lo que nadie puede negar es que el fútbol nunca ha sido completamente ajeno a la política. Los Mundiales han convivido con dictaduras, guerras, boicots, intereses económicos y campañas propagandísticas. Pretender que el deporte vive aislado de la realidad es desconocer su propia historia.

Por eso la final de 2026 no será recordada únicamente por el resultado. Para millones de personas simbolizó la victoria del fútbol sobre el negocio, del juego limpio sobre la polémica permanente y de la ilusión de los pueblos frente a quienes consideran que las grandes instituciones deportivas actúan cada vez más al servicio de intereses ajenos al deporte.

Porque el fútbol, cuando emociona a millones de personas al mismo tiempo, deja de ser simplemente un juego. Se convierte en un espejo donde cada pueblo refleja sus aspiraciones, sus conflictos y sus esperanzas. Y esa es precisamente la grandeza del deporte más universal del planeta.

 

André Abeledo Fernández 

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