
De un tiempo a esta parte, los medios e incontables plataformas del capital están intensificando la promoción de charlatanes que propagan creencias de toda índole sin ninguna base científica. Todos confluyen en apuntalar al sistema capitalista, el que a cambio de difundir sartas de bulos y especulaciones carentes del menor rigor, hace que reciban cuantiosas sumas de dinero. La intención es clara: evitar el análisis científico (materialista) de la realidad. Pues este conduce a entender por qué todo funciona así y empuja a implicarse en la transformación de esta. Sin conocer y entender la realidad material es imposible cambiarla.
Así, sus «creadores de contenido» influencers, artistas, presentadores de TV y tertulianos, economistas, gurúes religiosos y demás cantamañanas individualistas, divulgan a todas horas falsas soluciones que no abordan la raíz de tantos problemas, culpan a los oprimidos en vez de a los opresores, desvían el foco con conspiraciones ridículas e incluso como las vendidas de humo «espirituales», aluden a otros mundos inexistentes. Como los viejos curas cuyas iglesias se van vaciando (aun controlando miles de colegios, medios de desinformación y ostentando un colosal poder económico), todo el resto de embaucadores también se basan en la fe ciega.
«Si eres pobre es porque te lo mereces», «no hay recursos para todos», «la felicidad solo depende de ti», «los ricos son quienes generan la riqueza», «el capitalismo es el mejor y el único sistema posible», «cuanto más lujo posees, más vales», «rezar y meditar es la clave para mejorarlo todo» o «los excesivos inmigrantes tienen la culpa», son algunos de sus mantras más cacareados. Unos con un cáliz más abiertamente derechoso y otros con un barniz más «progre», pero el fondo es el mismo: sálvese quien pueda como sea y nada de luchas colectivas que aborden los pilares de un orden perjudicial para la mayoría de la población.
Los monopolios y sus marionetas a sueldo saben muy bien que las abominables condiciones que imponen son bombas de relojería. Que la única forma de atrasar y menguar las rebeliones obreras y populares es fomentar la ignorancia, el embrutecimiento moral, entretener distrayendo, sedar con drogas y extender el terror mediante la represión. Otra conclusión que parte del análisis de la realidad material, como la certeza de que los cambios son posibles. De ahí que toda esa porquería omita el materialismo histórico para hacer creer que las luchas son en vano, la revolución una quimera y que hay que buscarse la vida sin escrúpulos pisoteando al prójimo.
La pompa institucional y la brutal cobertura mediática -TV pública incluida- que le han dado a la visita del Papa, la redundante promoción del catolicismo por parte de la mayor estrella del pop actual en castellano (Resalía), el bombo que dan en horario de máxima audiencia a las teorías más disparatadas (incluso los terraplanistas tienen más minutos en sus medios para exponerse que cualquier revolucionario), el patrocinio de grandes empresas a influencers con contenido falaz y ultrarreaccionario o la tolerancia -cuando no apoyo directo- del Estado con los propagadores de tanta toxicidad enemiga de la ciencia y del progreso colectivo, son una clara evidencia de la saña por hacer negocio intentando que no tengamos los pies en el suelo.
Por ello se impone la necesidad de contrarrestar tanto discurso contrarrevolucionario señalando a quienes sirve. Difundiendo información veraz y crítica, reflexiones que llamen a implicarnos en la transformación, ejemplos de luchas que han logrado avances y argumentos que desmonten la cháchara con la que pretenden anular nuestra capacidad de aportar al cambio. Hoy que disponen de más plataformas que nunca para inocular su ideología individualista, urge agudizar el ingenio para divulgar aquello que sirve a las amplias masas y no a las cuentas rebosantes de unos pocos estafadores.

