Aun cuando este es un propósito que supone retos diversos y formas distintas de intervención, pues está dirigido a sujetos políticos diferentes con discursos aparentemente antagónicos, su concreción exige a las fuerzas revolucionarias librar contra ambas posiciones —la socialdemócrata y la reaccionaria— una compleja disputa social por la influencia política y cultural entre las masas trabajadoras a favor del Socialismo como única meta real desde la que alcanzar la emancipación social y una verdadera soberanía popular.
Desde el terreno de lo concreto y siempre con una firme posición de principios antifascista, es preciso desmontar las falacias y mentiras de patas cortas con las que ambas posiciones, manifiestamente antiobreras y antipopulares en sus hechos, lanzan sus proclamas a las masas. La falsedad de las diferentes propuestas de unos y de otros a favor de la mayoría trabajadora —de los que ladran su odio y de quienes lo envuelven en palabras biensonantes— estriba en la concepción que comparten del Capitalismo como único modelo posible de organización económica y política de la sociedad.
Misma OTAN, igual proceso de privatización de los servicios públicos, mantenimiento de leyes como la Mordaza, Extranjería, Antiterrorista, aumento exponencial del gasto militar y policial, defensa de la Monarquía, prioridad constitucional del pago de la deuda, corrupción sistémica, indisimulado anticomunismo… Son posiciones impuestas a todos sus gestores por el verdadero Poder económico y político que lo determina todo y que cada día se encuentra más alejado y concentrado en menos manos.
Es frente a esta realidad inapelable sobre la que se construye a diversos ritmos y con formas distintas la ofensiva de la patronal contra la clase trabajadora. Son estas —los ritmos y las formas— las únicas diferencias que imponen definir alianzas y ponderar la táctica que corresponde en cada momento; pero no, no es posible volver a caer en la trampa una vez más de decidir por el menos malo de los gestores, por el que menos miedo da en cada momento, pues hacerlo es garantía de seguir sometido a un proceso de constante pérdida de derechos y de capacidad de respuesta a las agresiones que padecemos como clase y como pueblo.
Frente a ello, la necesidad de reivindicar el paradigma del Socialismo es apremiante.
La reivindicación del necesario poder político de la clase obrera y sus aliados, como base precisa para una verdadera transformación social, que exige la expropiación de la riqueza del gran capital y una planificación de la economía orientada a satisfacer las necesidades sociales y no el beneficio privado, tiene que ser la base de una amplia convocatoria social revolucionaria. No se trata de gestionar mejor el Capitalismo, sino de derrotarlo. No se trata de cambiar de látigo, sino de arrebatárselo al verdugo.
Un proceso que no se improvisa, sino que requiere transitar una larga trayectoria de experiencia de organización y lucha desde espacios unitarios de base en los que, con constancia y coherencia, ganar progresivamente la referencialidad y el reconocimiento que acabe sustanciándose en una creciente capacidad de liderazgo político y, sobre todo, en la posibilidad de transmitir el análisis y las posiciones socialistas a quienes de otra forma jamás los recibirían.
Ese es el reto, esa es la verdadera forma de vencer al fascismo.
Preparando los retos inmediatos
Aun cuando no será nunca suficiente el espacio que se dedique a analizar y conocer las causas, consecuencias y alcance reales de la crisis general del capitalismo en su actual fase de desarrollo imperialista, no deja de ser menos importante que la tarea anterior, ocuparse de lo que corresponde en cada momento para enfrentar la dominación burguesa. Condenarse a padecerla sin saber qué hacer o, lo que es igual de negativo para el desarrollo de la lucha de clases, limitarse a pontificar hasta la saciedad, desde la atalaya de una pretendida superioridad intelectual, lo “mala” que es la realidad que no se ajusta a los análisis que se realizan, no son caminos que conduzcan a nada diferente de lo que ya conocemos.
Por lo tanto, en coherencia con estas afirmaciones, una vez descartada la posibilidad de no actuar organizadamente sobre la realidad para transformarla, lo que corresponde hacer una y otra vez, y tantas veces como sea necesario hasta invertir las actuales dinámicas sociales regresivas y paralizantes del conflicto social que atenazan la lucha de clases en el Estado español, es volver a afirmar y ejercitar en la práctica que solo con la praxis militante, la que une teoría y acción en un único impulso político colectivo —partidario—, es posible proyectar de forma certera a las masas el anhelo y el compromiso por un cambio social radical, capaz de invertir la pirámide social del poder político y de colocar a las masas trabajadoras en el cénit social, es decir, convertirla de clase oprimida bajo el capital a clase dominante que construye el socialismo.
Solo así, cuando es asumida como propia por las masas esta propuesta de transformación social global, porque entienden que les favorece y les ayudará a vivir mejor en todos los órdenes de la vida, las ideas del Socialismo —que ya han demostrado sobradamente a lo largo de la Historia que son capaces de movilizar a las masas en un impulso imparable por la toma del poder político—, lograrán volver a convertirse en la fuerza material necesaria desde la que hacer efectiva la lucha revolucionaria.
La lucha ideológica se tiene que dar en lo concreto de las luchas de clase y a todos los niveles para ser fructífera y trascender el limitado eco actual de las propuestas y análisis que se realizan desde el campo revolucionario. La necesidad de confrontar con el Capitalismo en su totalidad material e inmaterial; en su fracaso económico, pero también cultural, social, medioambiental… civilizatorio, exige a los partidos comunistas situar a las masas trabajadoras la referencia del Socialismo como modelo alternativo posible por el que vale la pena luchar.
Una tarea compleja que no permite demoras
Pese a dificultades objetivas para ello, la evidencia material de la incapacidad estructural del Capitalismo para, al margen del gestor que tenga en cada momento, superar la situación actual de crisis —económica e institucional— en la que se encuentra el Régimen monárquico-burgués del 78, ya no permite detenerse a considerar más opciones que la de ponerse manos a la obra para acabar con él, situando la República Socialista Confederal como referencia inequívoca de organización y movilización de masas.
Toda su existencia es fatua, nada es lo que aparenta en el Estado español. Solo el empobrecimiento creciente de la clase trabajadora y la constante decadencia institucional de un Estado subordinado a la OTAN y la UE son reales en un país donde, escondidos tras datos macroeconómicos que reflejan los beneficios de los monopolios que sangran las arcas del Estado y los bolsillos de la clase trabajadora, la única verdad es que los ricos cada vez son más ricos y los pobres más pobres.
Sin embargo, es necesario reconocer que esta situación, objetivamente propicia para el avance del conflicto social y la confrontación de clases en el marco de la lucha por el poder político entre burguesía y proletariado, al contrario de lo deseable, está marcada por un acelerado proceso reaccionario y de debilitamiento de las estructuras naturales de organización y participación de la clase trabajadora en la práctica totalidad de las formaciones nacionales que conforman el Estado español. Una realidad que es una prioridad modificarla, pues apalanca los principios de la dominación burguesa y favorece el retroceso de las posiciones de la clase trabajadora. Modificar la realidad actual requiere, en principio, posibilitar que la clase tome y exprese una posición de clase ante las múltiples violencias diarias que ofrecen la explotación, la opresión y la crueldad del capitalismo, pues es la clase trabajadora la única que puede hacer confluir en su accionar las diversas luchas que proliferan en la sociedad y la única que puede unificar las luchas. Es decir, que la clase obrera se dirija a situarse como clase dominante y dirigente.
En consecuencia, no queda más opción que asumir la necesidad de un organizado trabajo de masas orientado a levantar las imprescindibles estructuras de base del Frente Obrero y Popular por el Socialismo (FOPS), para revertir ese retroceso de la clase obrera y avanzar en la senda del Socialismo.


