EL FÚTBOL EN VENTA: INFANTINO, LOS KUSHNER Y LA MERCANTILIZACIÓN TOTAL DEL DEPORTE DEL PUEBLO.
Camaradas, lo que estaba pasando en las sombras de los despachos de Zúrich ha salido, por fin, a la luz: Gianni Infantino pretendía vender el Mundial. Así de simple, así de obsceno. Un torneo construido durante un siglo por jugadores, selecciones y aficionados de todos los continentes, iba a convertirse en una sociedad anónima con accionistas privados repartiéndose los beneficios. Y no cualquier accionista: la firma de inversión Thrive Eternal, fundada por Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, yerno de Donald Trump. Que nadie se llame a engaño: esto no es una anécdota empresarial, es la culminación lógica de un proceso de mercantilización que lleva décadas devorando el deporte del pueblo.
¿Es esto una sorpresa? En absoluto. Llevamos años denunciando cómo el fútbol, nacido en los barrios obreros de Inglaterra y hecho patrimonio popular en cada rincón del planeta, ha sido secuestrado por el capital transnacional. Primero fueron los fondos buitre comprando clubes históricos. Después, los petroestados lavando su imagen con Mundiales como el de Catar o el que se le concedió a Arabia Saudí para 2034, pese a su historial de vulneración de derechos humanos y de criminalización de la disidencia y de la diversidad sexual. Ahora, el paso definitivo: convertir la propia Copa del Mundo, el mayor legado deportivo colectivo que existe, en un producto financiero de 20.000 millones de dólares. ¿Cuánto vale la memoria de generaciones enteras? Para Infantino, exactamente el 20% que estaba dispuesto a entregar a sus amigos de Nueva York.
Que sea la UEFA —no precisamente una organización revolucionaria— la que haya tenido que plantar cara y anunciar el boicot a las competiciones de la FIFA, incluido el próximo Mundial femenino sub-20, dice mucho del nivel de descomposición al que ha llegado el organismo que preside Infantino. Su comunicado no deja lugar a dudas: rechazo unánime, denuncia de un proceso decidido en secreto, sin consulta alguna con quienes gestionan el deporte cada día. «El Mundial no está en venta. Pertenece al fútbol y siempre pertenecerá», dijeron. Comparto la indignación. Discrepo de la ingenuidad: el fútbol lleva vendido mucho tiempo, solo que esta vez se lo llevan puesto y con etiqueta de precio.
Porque no hablamos de un hecho aislado. Hablamos de Infantino paseándose por Oriente Medio con Trump y con el príncipe heredero saudí mientras hacía esperar a su propio Congreso en Paraguay, provocando un plantón sin precedentes de las federaciones europeas. Hablamos de un presidente de la FIFA que calificó públicamente a Trump como merecedor del Nobel de la Paz, que le entregó un trofeo diseñado para la ocasión, y que ha sido denunciado ante el comité de ética por su cercanía política con la Casa Blanca. Hablamos, en definitiva, de un dirigente que ha convertido la institución que preside en una correa de transmisión de intereses privados y geopolíticos ajenos al deporte. Un congresista demócrata estadounidense investiga ya un posible quid pro quo entre Infantino y la administración Trump. No hace falta ser comunista para oler la corrupción; basta con tener nariz.
¿Qué nos enseña este episodio a la clase trabajadora? Que el capital no respeta nada, ni siquiera lo que se presenta como patrimonio universal de la humanidad. Que las instituciones deportivas, igual que las empresas donde trabajamos, terminan gestionadas como cotos privados al servicio de quien tenga más poder e influencia. Que el mismo mecanismo que privatiza sanidad, pensiones y vivienda, privatiza también la alegría colectiva de ver un Mundial. No hay ámbito de la vida social que el capitalismo tardío esté dispuesto a dejar fuera de su lógica de extracción de beneficio.
La resistencia de la UEFA es un síntoma, no una solución. La verdadera respuesta no puede quedar en manos de las federaciones burguesas del fútbol europeo, sino en la organización de aficionados, futbolistas y trabajadores del sector que exijan democratizar de verdad las instituciones deportivas. El fútbol, como cualquier otro terreno de la vida colectiva, solo se defiende del capital con conciencia de clase y organización popular. Lo demás son parches de un sistema que, tarde o temprano, siempre encuentra la manera de vender lo que no debería estar nunca en venta.
André Abeledo Fernández

