El eje del oprobio: cuando la ultraderecha vuelve a arrodillarse ante el amo

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El eje del oprobio: cuando la ultraderecha vuelve a arrodillarse ante el amo

 La historia, decía el viejo aforismo, no se repite, pero rima. Y hoy esa rima suena espantosamente familiar. Italia y Finlandia pusieron sus ejércitos al servicio de Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Ochenta años después, sus herederos políticos —una Meloni con raíces fascistas sin disimulo y una Finlandia virada hacia la ultraderecha— vuelven a arrodillarse, esta vez ante el sionismo de Netanyahu y el trumpismo desbocado de Washington. No es casualidad. Es genealogía política.

 Y no hablamos de una alianza abstracta o lejana. Hablamos de algo muy concreto: son precisamente Italia y Finlandia, dentro de la Unión Europea, quienes con mayor saña han atacado al Estado español por la crisis migratoria de Ceuta. Una crisis que no nace de la nada, camaradas, sino que fue provocada deliberadamente por la monarquía satrapal de Marruecos, ese régimen feudal y corrupto que hace tiempo renunció a cualquier soberanía real para convertirse en gendarme regional al servicio de Estados Unidos e Israel. Rabat abre y cierra la frontera como quien abre y cierra un grifo, según le convenga a sus amos de Washington y Tel Aviv, y utiliza a miles de seres humanos desesperados como moneda de cambio geopolítico. Y mientras España sufre las consecuencias de ese chantaje migratorio orquestado desde fuera, son Roma y Helsinki quienes se erigen en fiscales morales, señalando con el dedo al gobierno español, en perfecta sincronía con el guion que les dictan sus amos comunes.

 ¿Casualidad? Ninguna. El fascismo nunca necesitó reinventar su esencia, solo cambiar de amo. Ayer era Berlín. Hoy es Tel Aviv y Washington, con Rabat como pieza subordinada del tablero. El racismo como programa, la sumisión al poderoso como método, la traición a los pueblos vecinos como constante: esa es la bandera que ondean, disfrazada de rigor y de ley, quienes jamás han defendido a un pueblo trabajador.

 Y aquí, camaradas, tenemos nuestra propia colección de lacayos, dispuestos a hacer coro a ese ataque contra España desde dentro. Giorgia Meloni ha sido humillada públicamente por Donald Trump una y otra vez, ridiculizada delante de las cámaras, y aun así sigue moviendo la cola. Pero no nos engañemos pensando que es un caso aislado: Santiago Abascal, Isabel Díaz Ayuso, Alberto Núñez Feijóo, Javier Milei… toda esa cuadrilla de la ultraderecha vendepatrias comparte el mismo gen de sumisión, y celebra encantada cada embestida de Roma y Helsinki contra su propio país, con tal de dañar al gobierno español. Son incapaces de sostener la mirada ante el amo. Prefieren la genuflexión permanente ante Trump y su lugarteniente Netanyahu, cómplices ambos de una masacre que el mundo entero puede ver en directo.

 Y como toda derecha entregada al imperio, necesita un chivo expiatorio para sostener su relato. Hoy lo encuentran, una vez más, en los inmigrantes. Los usan como arma arrojadiza contra el Estado español, sin que les importe un ápice la vida de esas personas engañadas, empujadas al Mediterráneo por un régimen marroquí que las trata como munición y no como seres humanos, convertidas después en munición política por quienes jamás derramarán una lágrima por su muerte. Esa es la cobardía última del fascismo: necesita víctimas para señalar, y las fabrica cuando no las encuentra, con la complicidad de un régimen alauí que hace tiempo vendió su soberanía al mejor postor imperial.

 La historia no los absolverá. Ni a Meloni, ni a Orpo, ni a sus coros ibéricos, ni al makhzen marroquí que juega con vidas humanas por encargo. Quedarán, como sus antecesores de 1945, en el basurero de la vergüenza. Pero a nosotros, clase trabajadora consciente, no nos basta con esperar el juicio de la historia. Nos importa el presente, nos importa el pan de mañana, nos importa la dignidad de los pueblos que se niegan a ser esclavos, lacayos o siervos de nadie —y mucho menos de dos genocidas que hoy dictan la agenda desde Washington y Tel Aviv, con Rabat, Roma y Helsinki cumpliendo diligentes su papel de subalternos.

 Frente a esa ultraderecha sumisa y vendepatrias, la respuesta solo puede ser una: organización, memoria histórica y solidaridad internacionalista. No hay patriotismo posible en la genuflexión ante el imperio. Solo hay dignidad en la resistencia de los pueblos.

 

André Abeledo Fernández

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