Ceuta no es un problema migratorio: es un ataque geoestratégico contra la soberanía española

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Ceuta no es un problema migratorio: es un ataque geoestratégico contra la soberanía española

Hay hechos que no admiten inocencia. Y lo que ha ocurrido en Ceuta es uno de ellos.

Cincuenta mil, sesenta mil personas entrando de golpe no es un flujo migratorio. Es una operación. Camiones trayendo a jóvenes marroquíes desde el interior del país, vendiéndoles la mentira de que en Ceuta les esperaba una vida mejor, no es el resultado de la desesperación humana espontánea: es logística. Y la logística, camaradas, siempre tiene un mando detrás.

Ese mando no es solo el rey de Marruecos, esa monarquía sátrapa que vive la mayor parte del año en París mientras su pueblo se pudre sin trabajo, sin sanidad, sin educación y bajo represión constante. Detrás hay algo más grande, más peligroso: los dos actores más nocivos que existen hoy sobre la faz de la tierra. Estados Unidos de Donald Trump. Israel de Netanyahu. El eje del mal del siglo XXI no viste chilaba ni predica el islam político: viste traje, habla inglés y hebreo, y firma órdenes ejecutivas.

Las pruebas están a la vista de quien quiera verlas.

¿Quién empezó a decir, desde Washington, que España es un poder colonial con un «problema territorial» en Ceuta y Melilla? ¿Quién, desde el entorno de Netanyahu, llegó a sugerir que Marruecos debería «recuperar» ese territorio «ocupado» por el Estado español? ¿Casualidad que esta campaña arrancara justo después de que Pedro Sánchez viajara a Argelia —el enemigo histórico de Marruecos— para firmar un acuerdo gasístico que garantiza a España un mínimo de soberanía energética?

No hay casualidad. Hay factura. Israel lleva meses amenazándonos con «consecuencias» por nuestro rechazo al genocidio en Palestina y por nuestro apoyo a la creación de un Estado palestino. Pues bien, camaradas: esta es la consecuencia. Un ataque político, económico y geoestratégico contra el Estado español, disfrazado de crisis humanitaria.

Y conviene recordar por qué Washington siempre acaba poniéndose del lado de Rabat cuando hay que elegir bando. No es simpatía reciente. Marruecos fue el primer país del mundo en reconocer la independencia de Estados Unidos frente a Inglaterra, allá por 1777, cuando ni Francia ni España se atrevían a dar ese paso. Desde entonces es el aliado más antiguo de Washington en el norte de África, y ese vínculo histórico —del que el propio Trump ha presumido para justificar sus decisiones sobre el Sáhara— explica por qué Estados Unidos protege a la monarquía alauí por encima de cualquier otra consideración, incluida la palabra dada a un socio europeo como España.

Esto ya lo hicieron antes.

Y no es la primera vez que Marruecos abre el grifo migratorio en Ceuta como arma de chantaje. En mayo de 2021, unas diez mil personas cruzaron la frontera en apenas dos días, justo después de que España acogiera por motivos humanitarios al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, enfermo de covid. Los propios servicios de inteligencia españoles atribuyeron aquella crisis a la voluntad de Rabat de forzar a Madrid a reconocer su soberanía sobre el Sáhara Occidental. Y lo consiguió: en 2022, con Donald Trump empujando desde Washington, el Gobierno de Pedro Sánchez acabó respaldando el plan marroquí de autonomía para el Sáhara como solución «más seria, realista y creíble». España se bajó los pantalones entonces. Y ahora toca ver qué le sacan con esta nueva vuelta de tuerca.

Porque no lo olvidemos: cuando Marruecos invadió el Sáhara Occidental en 1975 con la Marcha Verde, aquel territorio era una provincia española, y quienes lo habitaban eran ciudadanos españoles. Se les dejó abandonados a su suerte. Y detrás de aquella entrega estuvo, una vez más, Estados Unidos: fue el propio Henry Kissinger quien dio luz verde a Hasán II para lanzar la Marcha Verde, con la connivencia de sectores del último franquismo, mientras la ONU y el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya negaban cualquier soberanía marroquí sobre el territorio. Medio siglo después, el guion se repite: Marruecos presiona, Estados Unidos respalda a Rabat, y España acaba cediendo soberanía a cambio de tranquilidad en la frontera.

Que quede clara la jerarquía de responsabilidades.

Y que no se confunda nadie, porque aquí hay que señalar con precisión de quirófano. Esto no es, ante todo, un ataque de la monarquía sátrapa marroquí. Es, sobre todo, un ataque de la ultraderecha internacional comandada por Donald Trump, y un ataque del sionismo internacional comandado por Netanyahu. Marruecos pone la frontera y los cuerpos; Washington y Tel Aviv ponen la estrategia y el objetivo. Y no es la primera vez que nos amenazan abiertamente: tanto Trump como Netanyahu llevan tiempo lanzando avisos contra España por nuestra posición sobre Palestina, por nuestra política exterior, por atrevernos a no alinearnos automáticamente con sus intereses.

Y tampoco es la primera vez que nos espían. Ya sabemos, porque ha quedado documentado, que tanto Marruecos como Israel han espiado al Gobierno español con el programa Pegasus, infectando el teléfono del propio presidente y de varios ministros. Un espionaje que, no lo olvidemos, se hizo con tecnología israelí y que sirvió, entre otras cosas, para presionar a España en la cuestión del Sáhara. Esto no es un episodio aislado: es la misma lógica de siempre, la de dos potencias que consideran a España un vasallo al que vigilar, presionar y doblegar cuando conviene. Lo de Ceuta es un paso más en ese mismo plan: un intento de tumbar, desde fuera, la política exterior de un gobierno que se ha atrevido a plantar cara al genocidio en Gaza y a buscar soberanía energética lejos de Rabat.

Y lo más vergonzoso de todo esto, camaradas, es ver a la derecha y la ultraderecha españolas —las que más se llenan la boca de patria, de bandera y de soberanía— convertidas en furgón de cola de esos mismos intereses extranjeros. Mientras Trump amenaza, Netanyahu presiona y Marruecos ejecuta, el PP y VOX no defienden a España: la entregan. Venden a su pueblo, venden su soberanía, y dejan nuestro destino en manos de quienes hoy son, sin ninguna duda, nuestros enemigos: Israel, Estados Unidos y Marruecos.

Los vendepatrias de siempre.

Y como en toda operación de este calibre, aquí no ha faltado la quinta columna interior. El Partido Popular y VOX se han puesto, una vez más, al servicio del discurso que interesa a Rabat, a Tel Aviv y a Washington. Feijóo, Abascal, Ayuso —y también Felipe González, que tiene su propia mansión en esa dictadura marroquí— repiten la cantinela de que la culpa es del Tribunal Supremo por recordar que en este país las devoluciones en caliente, sin control judicial, siguen siendo ilegales.

Un Tribunal Supremo, por cierto, que lleva tiempo demostrando que antepone la ideología política a la justicia. ¿A alguien le extrañaría que en Rabat, en Tel Aviv, en Washington y en Génova 13 se supiera de antemano qué día y a qué hora iba a hablar el Supremo? A mí no. Esto llevaba tiempo cocinándose. Y llevaba tiempo esperando el momento oportuno: cerca de las elecciones, justo después de que España se atreviera a buscar soberanía energética fuera del guion marroquí.

Un gobierno que no señala al culpable.

El Gobierno de España tampoco ha estado a la altura. Reconoce, sí, que esto es un ataque contra nuestra soberanía. Pero no señala a los verdaderos responsables. Entiendo el miedo: enfrente tenemos a actores que asesinan mandatarios, que secuestran, que provocan guerras y calamidades sin pestañear, que no tienen el menor reparo en enviar a sus propios ciudadanos a una muerte segura en el Estrecho sabiendo que muchos no lo lograrán y tendrán que volver por donde vinieron. Usar al propio pueblo como arma de guerra. Eso es lo que hace un régimen que no valora la vida humana, ni la de los marroquíes que sacrifica, ni la de los españoles a los que amenaza. Solo les importa su posición, su negocio, su geopolítica.

Y aun así, Feijóo, Abascal y Ayuso siguen anteponiendo los intereses de Israel, Estados Unidos y Marruecos a la soberanía y al derecho de su propio pueblo a defenderse. Eso es ser vendepatrias con mayúsculas.

La ultraderecha europea, cómplice.

Mientras tanto, Meloni —humillada una y otra vez por Trump y siempre dispuesta a obedecer— y el gobierno de extrema derecha finlandés piden, nada menos, que se expulse a España del espacio Schengen. Una estupidez con dos mentiras dentro: primero, porque no se puede; segundo, porque Ceuta y Melilla nunca han pertenecido al espacio Schengen. No es ingenuidad. Es un ataque gratuito, coordinado, y sucio.

A Meloni habría que recordarle sus propias vergüenzas con datos encima de la mesa. Según Frontex, entre 2021 y 2026 entraron de forma irregular por Italia 478.600 personas, más del doble que las 234.760 que entraron por España en el mismo periodo. Con todas sus políticas racistas y de mano dura, Italia sigue siendo la principal puerta de entrada irregular a Europa, muy por delante de España. Esto no es una opinión: es un dato oficial, comprobable y contrastable, al alcance de cualquiera que quiera mirar antes de dar lecciones.

El verdadero enemigo no es el pueblo marroquí.

No podemos confundirnos, camaradas. El enemigo no es el joven marroquí engañado y subido a un camión. El enemigo es la dictadura corrupta que gobierna un país rico manteniendo a su pueblo sin presente, sin futuro, sin trabajo, sin sanidad, sin educación y bajo represión. Y el enemigo es quien sostiene a esa dictadura porque le interesa que siga ahí: Estados Unidos, Israel, Francia y una parte importante de la ultraderecha europea.

Nos han atacado con el arma más cobarde que existe: personas inocentes convertidas en munición. Pero nosotros no somos Israel. No somos Estados Unidos. No asesinamos, no masacramos inocentes. Y por eso mismo no podemos permitir que se nos imponga un relato que exculpa a los verdaderos culpables y criminaliza a las víctimas de dos dictaduras: la marroquí que las expulsa y la del capital global que las usa como munición.

La soberanía se defiende señalando con nombre y apellido a quien la ataca. Y aquí hay nombres: Trump, Netanyahu, Mohamed VI, Meloni, Feijóo, Abascal, Ayuso. Sépanlo.

 

André Abeledo Fernández

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