El muro que también necesita Meloni

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El muro que también necesita Meloni

Camaradas, hay que decirlo sin medias tintas: Giorgia Meloni, la presidenta neofascista de Italia, y toda la caterva de la ultraderecha española que jalea cada una de sus ocurrencias, han encontrado en Ceuta su nuevo juguete propagandístico. Nos sermonean sobre el «caos migratorio» español, sobre la supuesta incapacidad del Gobierno de Sánchez para «controlar sus fronteras», mientras callan, convenientemente, lo que ocurre en su propia casa. Es el viejo truco de siempre: señalar la viga en el ojo ajeno para que nadie repare en la suya propia.

Vayamos a los datos, porque a esta gente solo se la desarma con hechos. En 2025 España registró 36.775 entradas irregulares, un descenso del 42,6% respecto a las 64.019 de 2024, la mayoría por vía marítima hacia Canarias. Italia, en ese mismo periodo, sumó según Frontex en torno a 66.000 llegadas por mar, casi el doble que España. ¿Dónde está entonces el descontrol que denuncia Meloni? Italia sigue siendo, año tras año, una de las principales puertas de entrada de la migración irregular hacia la Unión Europea a través del Mediterráneo central. Lampedusa vive exactamente los mismos mecanismos que Meloni critica en Ceuta: rescates en el mar, fuerzas policiales desplegadas, centros de acogida desbordados, devoluciones cuando el marco legal lo permite. La diferencia no está en los hechos, está en quién los cuenta y con qué micrófono.

Si Meloni sostiene que España gestiona mal la inmigración irregular en Ceuta, que tenga la decencia de explicar por qué Italia continúa siendo una de las principales puertas de entrada desde África y por qué en Lampedusa se aplican los mismos mecanismos de recepción y asistencia que ella señala con el dedo cuando los ejecuta otro gobierno. La diferencia entre Roma y Madrid no está en la existencia o no de llegadas irregulares, sino en el discurso político y en la crueldad de determinadas medidas: los acuerdos con Túnez para subcontratar la represión, el acoso a las ONG de rescate marítimo, el intento de externalizar el asilo a Albania. Ahí sí hay una diferencia, camaradas, pero no es la que ella presume: es la diferencia entre gestionar una tragedia humana con cierta decencia institucional y convertirla en un negocio de cárceles flotantes.

Y aquí toca ser rigurosos, porque el rigor es lo que nos distingue del panfletismo de la derecha: si el objetivo declarado del endurecimiento migratorio de Meloni era frenar de forma decisiva la inmigración irregular, los propios datos desmienten esa pretensión. Italia sigue recibiendo decenas de miles de llegadas cada año pese a los pactos con Túnez y el resto del arsenal represivo. Eso no demuestra, por sí solo, que esas políticas sean «un fracaso absoluto» —habría que aislar otros factores, como los conflictos en el Sahel o las variaciones de las rutas—, pero sí permite afirmar, con los pies en la tierra, que presentar la mano dura como solución definitiva es, cuando menos, una simplificación interesada. Y esa simplificación se vuelve aún más injusta cuando se usa para atacar a España, que además afronta una realidad geográfica bien distinta: una frontera terrestre compartida con Marruecos en Ceuta y Melilla y la cercanía de Canarias a la costa occidental africana, factores que Italia, sin frontera terrestre con el continente, no tiene que gestionar del mismo modo.

Pero no nos quedemos en la superficie. La memoria histórica es un arma de clase, y toca recordar algo que la ultraderecha europea prefiere que olvidemos: en 2011 una coalición liderada por la OTAN bombardeó Libia al amparo de la Resolución 1973 de la ONU, y Muamar el Gadafi terminó asesinado por las fuerzas rebeldes en octubre de ese mismo año, con la intervención occidental como factor decisivo en el colapso de su régimen. Gadafi, antes de caer, lo advirtió con una claridad que hoy resulta incómoda: dijo que la OTAN estaba derribando el muro que frenaba la migración africana hacia Europa, y que si Libia caía, miles de personas cruzarían el Mediterráneo sin que nadie pudiera detenerlas. Lo que vino después le dio, en lo esencial, la razón: el vacío de poder y la fragmentación institucional convirtieron a Libia en la principal plataforma de salida hacia Italia, fortaleciendo las redes de trata y tráfico de personas que hoy Meloni dice combatir. Occidente derribó el muro y ahora sus herederos políticos lloran por la corriente que dejaron pasar. Eso sí, sin exagerar: no fue la única causa, también pesan la pobreza, los conflictos del Sahel y las mafias, pero la responsabilidad política de quienes bombardearon Trípoli en nombre de la «protección de civiles» no se puede borrar con memoria selectiva.

Y en Ceuta el paralelismo es todavía más descarado, porque ahí el «muro» también lo puso Occidente, y también lo quitó cuando le convino. Marruecos, socio predilecto de Washington y de Tel Aviv en el norte de África, ha usado siempre la frontera de Ceuta como arma de presión política, abriendo o cerrando el grifo migratorio según sus intereses diplomáticos del momento. Y ahí Pedro Sánchez cargará con su propia vergüenza histórica: la traición al pueblo saharaui al reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental fue el precio que pagó para comprar tranquilidad fronteriza con Rabat, exactamente el mismo cálculo cínico que llevó a Washington a reconocer esa soberanía en 2020 a cambio de la normalización marroquí con Israel. El triángulo Washington-Tel Aviv-Rabat no es una hipótesis mía: es un hecho documentado desde el propio Marcha Verde de 1975, cuando Estados Unidos avaló la ocupación marroquí del Sáhara como pieza de su tablero geopolítico regional. Lo que hoy se libra en la frontera de Ceuta no puede entenderse sin ese trasfondo: un territorio saharaui robado que sigue pagando la factura, y una monarquía marroquí que convierte a los migrantes en moneda de cambio diplomático.

Y aquí conviene añadir una capa más de hipocresía, porque a Meloni no le basta con mentir sobre Ceuta: además se deja humillar en público por su propio patrón sin que le tiemble el pulso. Este verano hemos visto a Donald Trump acusarla, sin ninguna base, de haber «suplicado» una foto con él en la cumbre del G7, y semanas después burlarse de ella con un meme editado y la leyenda de que haría falta una «orden de alejamiento», insinuando que la presidenta italiana estaba obsesionada con su persona. Meloni, esta vez sí, se revolvió y respondió que ni ella ni Italia «suplican jamás». Pero que nadie se llame a engaño: esa indignación puntual, ese numerito de dignidad herida, no altera un ápice la subordinación de fondo. Italia sigue alineada con Washington en la OTAN, sigue callando ante los crímenes de Netanyahu en Gaza, sigue funcionando como pieza dócil del tablero atlantista. Se hace la ofendida cuando Trump la ridiculiza por vanidad personal, pero jamás rompe filas cuando toca sostener la política real de Estados Unidos e Israel en Oriente Medio o en el norte de África. Es el papel del siervo, del lacayo: puede protestar por cómo lo tratan en la antesala del amo, pero nunca deja de agachar la cabeza cuando toca obedecer.

Y no es un mal exclusivamente italiano. Aquí, en el Estado español, tenemos a nuestra propia cuadrilla de siervos, lacayos y vendepatrias: Alberto Núñez Feijóo, Santiago Abascal, Isabel Díaz Ayuso, toda la ultraderecha española y europea que ha decidido que ese papel de sumisión ante Washington y Tel Aviv es el que les corresponde por vocación de clase. Se llenan la boca con la «soberanía nacional» y el «orgullo patrio» cuando hablan de migrantes pobres en Ceuta o Canarias, pero agachan la cabeza sin rechistar ante cualquier orden que llegue de Washington o de Jerusalén. Es la misma hipocresía de Meloni, solo que sin siquiera el numerito de la indignación: aquí ni se molestan en fingir que les humilla.

Así que no, camaradas, esto no va de «quién gestiona mejor» una frontera. Va de qué intereses de clase y de Estado se esconden detrás del discurso xenófobo de Meloni, de Abascal y de toda esa cuadrilla que necesita un enemigo pobre y racializado para tapar su propia incapacidad de resolver los problemas reales de la clase trabajadora europea. El muro que ellos denuncian lo derribó Occidente en Libia con bombas, y lo negocia todos los días en Marruecos con silencio cómplice. La hipocresía no es un exceso retórico: es la esencia misma de su proyecto político.

Até a vitoria sempre!

André Abeledo Fernández

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