Clase en sí, clase para sí, clase revolucionaria, clase en el poder

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UNA DECISIÓN PRÁCTICA IMPOSTERGABLE; UN COMPROMISO IRRENUNCIABLE PARA HACER AVANZAR LA HISTORIA

¿SÍ O NO?

Un ejemplo:

En vísperas del asalto a la Bastilla de aquel lejano 14 de julio de 1789, el periodista Louis Sebastien Mercier escribía en el “Tableau de París” que “en el cuerpo político hay una úlcera grande, profunda, purulenta, que solo puede describirse si se aparta la mirada”. A los pocos meses, la ya muy desarrollada burguesía parisina, lideró el levantamiento popular que la elevó a clase en el poder.

Una Revolución en la que, como correctamente situara Marx en su obra “La Ideología alemana”, la burguesía no desdeñó la cuestión del Poder y la abordó como premisa necesaria para liberarse del corsé de la estructura social y política del Antiguo Régimen y, con ello, hacer plenamente viables los requisitos materiales de la producción que requería como clase para seguir desarrollándose.

No pretendió gestionar la Corte de Versalles de una forma diferente, ni trato de ocultar el conjunto de contradicciones que de forma generalizada y a todos los niveles, expresaba la carcomida y decadente sociedad representada por Luis XVI, sino que optó por lo que necesitaba hacer: tomar del Poder.

En aquel momento histórico en el que, como advirtiera posteriormente Lenin para todos los procesos sociales revolucionarios, las semanas y los días superaron la experiencia de años enteros, todo se aceleró exponencialmente.

La burguesía tuvo la capacidad de presentar en la práctica el desarrollo de sus intereses de clase, como los generales de toda la sociedad y, ayudada por el incipiente proletariado parisino que confundió sus intereses y necesidades con los de su clase antagónica, tomó las riendas de su destino como clase y, guillotina en ristre, conquistó el Poder eliminando primero a la Corte y años después, mediante la reacción termidoriana, al pueblo revolucionario en el que se habían apoyado y a sus principales dirigentes.

Pero volvamos al Siglo XXI.

Hoy, cuando el hedor económico y social del Capitalismo en su fase de desarrollo imperialista, ya no permite a ningún ser humano digno de tal calificativo, seguir respirándolo sin reaccionar; cuando es intolerable su barbarie y se generaliza la guerra global y permanente que desarrolla contra los pueblos; cuando su degradación ideológica y cultural se llama Isla Epstein, ¿acaso el texto de aquella hoja parisina de 1788 no cobra plena vigencia? ¿Acaso, la pregunta, una vez más, no es qué hacer ante esta realidad?

Efectivamente, así es; no hay otra respuesta que permita seguir mirándonos al espejo y continuar dignificando con nuestra práctica el elevado sentido colectivo de ser parte de una clase social destinada a transformar la sociedad y liberarla del yugo capitalista.

En consecuencia, es necesario acordar que solo “si se aparta la mirada” como apuntaba el citado autor francés y, desde la independencia de clase, se toma la distancia necesaria con la que adquirir la perspectiva suficiente con la que actuar en la práctica contra la hidra imperialista, se le puede derrotar. Solo desde la distancia que da el romper todos los puentes que nos unen a ella e imponen la capitulación ante su creciente violencia, se le puede derrotar y cumplir con el que siempre será el último objetivo por el que trabajar en esta batalla sin tregua entre Capitalismo y Socialismo.

En esta batalla entre la Vida y la Muerte, entre Trabajo y Capital, hoy más que nunca es necesario blindar la distancia con el enemigo de clase y no confundir nunca la meta por la que se lucha. Tomar la distancia necesaria con todo lo que representa el Capitalismo y sus siempre envolventes instituciones, pero también con todo aquello que ayuda a la confusión y difumina la contradicción principal entre burguesía y proletariado, vaciando también de contenido material “la totalidad de colisiones, colisiones entre diversas clases, contradicción de las conciencias, lucha de ideas, etc., lucha política, etc” que expresan a diario la sociedad dividida en clases y el patriarcado a su servicio, llevándonos a la aceptación constante de su status quo como el único posible.

La permanente búsqueda del mal menor en el que la sociedad burguesa se concibe como el único Mundo posible, solo conduce a la derrota. Los actores que representan a diario la permanente ceremonia de la confusión de la pretendida conciliación de intereses de clase y humanización del Capitalismo, ya solo sirven para poner a los pies de los caballos de la Patronal a la clase trabajadora en un ciclo constante de pérdida de derechos y debilitamiento de las herramientas de intervención y acción propias de las masas trabajadoras.

El camino que para nuestra clase ya está marcado. También se abrió en Paris en 1871, se confirmó en Rusia en 1917 y lo han reafirmado todas las revoluciones sociales –triunfantes o no, derrotadas o no- que sin ignorar la cuestión del Poder, se propusieron elevar a la clase obrera con sus aliados a clase en el Poder.

Hoy, tras décadas de cesiones políticas y renuncias teóricas de la izquierda sistémica, hablar de ello es anatema en estas latitudes donde todo se limita a defender la democracia liberal frente al avance de la ultraderecha. Mañana decirlo será terrorismo, pero hacerlo es la tarea histórica que le corresponde desarrollar a la militancia comunista y a la que nunca renunciaremos.

Julio Díaz


* Los resaltados en negro es para situar la importancia de la Tesis 2 sobre Feuerbach en la que Carlos Marx afirma que “Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aisla de la práctica, es un problema puramente escolático”. En estos tiempos donde se confunde la realidad con los “me gusta” y son legión quienes pretenden suplir la lucha social en el terreno concreto con una constante y endogámica presencia en la pantalla del ordenador o del móvil, nunca está de más recordar la falsedad de este propósito

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