Venezuela: la siembra de Chávez, la lealtad de Maduro y el secuestro de Estado que no vamos a olvidar

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Venezuela: la siembra de Chávez, la lealtad de Maduro y el secuestro de Estado que no vamos a olvidar

Hay hechos que la propaganda mediática occidental quiere convertir en anécdota y que, sin embargo, son la clave para entender el siglo que vivimos. En la madrugada del 3 de enero de 2026, fuerzas estadounidenses irrumpieron en Caracas, bombardearon objetivos militares y civiles en varios estados del país, y se llevaron por la fuerza al presidente legítimo de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, y a su esposa Cilia Flores. Lo llamaron «operación». Nosotros lo llamamos por su nombre: secuestro de Estado, acto de guerra, crimen contra la soberanía de un pueblo.

El despertar de un pueblo no se secuestra.

Para entender lo que está en juego hoy hay que remontarse a 1999, cuando Hugo Chávez Frías llegó a la presidencia y puso fin al entreguismo de la IV República, ese período en que las multinacionales saqueaban el petróleo venezolano mientras el pueblo se hundía en la miseria. Chávez no fue un gestor más del sistema: fue el catalizador de la dignidad de toda América Latina. Transformó el Estado burgués para poner los recursos naturales al servicio de las mayorías, y las Misiones Sociales en educación, salud y vivienda demostraron, con datos certificados por organismos como la CEPAL y el PNUD, que otra distribución de la riqueza era posible. Devolvió el protagonismo político a la clase obrera, convirtió la democracia representativa en democracia participativa y protagónica, y demostró que el socialismo no es una utopía lejana sino una necesidad urgente para la emancipación de los pueblos. Ese atrevimiento —poner el petróleo al servicio del pueblo y no de Wall Street— es lo que Washington nunca perdonó ni perdonará.

Nicolás Maduro asumió la conducción del proceso bolivariano en el momento más difícil, cuando la derecha internacional y sus peones internos ya auguraban el fin inmediato de la revolución. No contaban con su lealtad ni con su templanza obrera. Maduro ha sostenido el legado del comandante frente a una guerra multiforme, asimétrica y criminal: bloqueo económico, sabotaje financiero, intentos de magnicidio, sanciones ilegales, y ahora el secuestro más descarado del siglo XXI. Su fidelidad al proyecto bolivariano no ha sido retórica: se ha demostrado en la resistencia diaria de todo un pueblo bajo asedio, y en su capacidad de sostener la paz social y la unidad cívico-militar frente al imperio más poderoso del planeta.

Sanciones, asedio y piratería internacional.

Lo que los medios corporativos llaman «crisis venezolana» es, en realidad, el resultado directo de un bloqueo económico criminal. Las sanciones unilaterales impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea son delitos de lesa humanidad, diseñados para asfixiar la economía del país y forzar un cambio de régimen por la vía del hambre. Y cuando el bloqueo no basta, el imperio recurre directamente al secuestro y al pillaje: ahí está el caso del diplomático Alex Saab, secuestrado ilegalmente por el gobierno estadounidense por el único «delito» de conseguir alimentos y medicinas para el pueblo venezolano saltándose el bloqueo. Ahí está el robo del oro venezolano depositado en Londres, retenido por el Banco de Inglaterra contra toda legalidad. Ahí está el embargo de CITGO, empresa propiedad del pueblo venezolano, repartida entre acreedores como si de un botín se tratase. Cada uno de estos episodios desmiente la fábula de la «preocupación democrática» y confirma lo que ya sabíamos: el verdadero interés de la oposición golpista y de sus amos extranjeros siempre fue el saqueo de los recursos de la nación.

La tragedia que los medios quieren apagar.

Y no podemos olvidar, camaradas, que a todo esto se suma una tragedia que los grandes medios prefieren silenciar: Venezuela ha sufrido dos terribles terremotos que han dejado a miles de familias sin techo, en medio de una crisis humanitaria que no nació de la naturaleza, sino del bloqueo y las sanciones con que Estados Unidos y sus satélites mamporreros lo han torturado durante años. Un país al que se le han congelado los activos, al que se le impide vender su propio petróleo con normalidad, al que se le asfixia el acceso a medicamentos, llega a cualquier emergencia con las manos atadas por decisión ajena. Eso no es fatalidad: es un crimen con nombre y apellidos. Y no podemos permitir que ese sufrimiento se apague en el silencio mediático, como si un pueblo golpeado por la tierra y por el imperio a la vez no mereciera ni siquiera ser noticia.

Venezuela continúa secuestrada, además, por un gobierno agresor, sin honor, sin principios y sin la menor empatía: el de Donald Trump, que desde que asumió de nuevo la presidencia ha traído sufrimiento y muerte allí donde ha puesto la mano, y que hoy exhibe como trofeo militar al presidente legítimo de un pueblo que ya sufre bastante con sus muertos, sus escombros y su bloqueo.

El crimen que occidente llama operación.

La madrugada del 3 de enero lo dejó todo claro. Ciento cincuenta aviones despegando desde veinte bases, semanas de preparación, explosiones en Caracas, La Guaira, Miranda y Aragua, el mayor complejo militar del país en llamas. Decenas de militares venezolanos y treinta y dos cubanos muertos en combate, según reconoció el propio gobierno de La Habana. Maduro y Cilia Flores sacados de un búnker fortificado y trasladados primero a un buque de guerra estadounidense y después a Nueva York. Donald Trump, en su propio resort de Mar-a-Lago, calificó la operación como una de las demostraciones «más impresionantes» del poder militar norteamericano en toda su historia. Que un jefe de Estado presuma así de haber secuestrado a otro jefe de Estado dice más sobre la naturaleza del imperio que mil análisis académicos.

Ante el juez, Maduro se mantuvo firme: no soy culpable, soy un hombre decente, sigo siendo el presidente de mi país. Y añadió lo que ya es una consigna de dignidad revolucionaria: soy un prisionero de guerra. Así habla un revolucionario. Así habla un hombre que sabe que no está ante una corte de justicia, sino ante el tribunal del Imperio.

El verdadero objetivo: el petróleo, siempre el petróleo.

No nos engañemos. Nunca fue la democracia, nunca fueron los derechos humanos, nunca fue el narcotráfico. Trump lo dijo sin disfraz alguno: Estados Unidos va a «controlar» Venezuela hasta una transición a su medida, y ese mismo fin de semana se reunió con los jefes de las principales petroleras en la Casa Blanca. Habló de explotar el petróleo venezolano «durante mucho más» tiempo del que nadie imaginaba, de reconstruir el país «de una manera muy rentable», de que el dinero del petróleo entregado por el gobierno interino «será controlado por mí, como presidente de los Estados Unidos». Que alguien explique en qué se diferencia eso del colonialismo más descarado de los siglos XIX y XX. Bajo presión de Washington, la Asamblea Nacional ya aprobó una reforma de la Ley de Hidrocarburos que abre la puerta a las privadas y liquida la participación mayoritaria de PDVSA. En menos de un mes, el Imperio desmontó con helicópteros y presión de mercado lo que Chávez construyó con el sudor y la conciencia de un pueblo entero.

El circo de Manhattan continúa.

Y mientras el pueblo venezolano cuenta sus muertos, reconstruye lo que el bloqueo y los terremotos han derribado, y ve cómo su petróleo cambia de manos, en el Tribunal Federal de Manhattan sigue representándose la misma farsa: Maduro y Cilia Flores compareciendo ante el juez Alvin Hellerstein, un magistrado que sostiene, audiencia tras audiencia, una ficción jurídica que ya se derrumba por su propio peso. La acusación estrella, la del supuesto liderazgo del «Cartel de los Soles», se cae a pedazos ahora que sabemos que nació en despachos de la CIA y no en ninguna organización criminal venezolana. La OFAC bloquea los fondos que pagarían a su defensa. Recluido en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, la misma cárcel de capos narcos y terroristas convictos, aislado la mayor parte del día, con derecho a quince minutos de llamada supervisada con su familia. Esto no es un juicio. Es tortura institucional con sello de tribunal federal, la continuación por otros medios del mismo secuestro que empezó con los helicópteros del 3 de enero.

Curiosa dictadura, la de Venezuela.

Decían que Venezuela era una dictadura. Curiosa dictadura donde el pueblo votaba más que en cualquier otro país del mundo, donde la oposición se presentaba a elecciones, tenía medios privados, daba ruedas de prensa, pedía sanciones contra su propio pueblo y llamaba abiertamente a la intervención militar extranjera. En una dictadura de verdad esa oposición estaría muerta, en fosas comunes o en el exilio. En Venezuela se dedicaba a pedir que el imperio bombardeara su propia capital. Y ahora esa misma oposición aplaude el secuestro de su presidente y la entrega del petróleo venezolano a las multinacionales yanquis. Que cada cual saque sus propias conclusiones sobre quién amaba Venezuela y quién la vendió.

La deuda de la izquierda de verdad.

Y aquí toca hablar claro, camaradas, porque no me refiero a la izquierda de salón ni a los progres de despacho que aplauden a Venezuela cuando toca posar y la abandonan cuando toca pelear. Tenemos con la Revolución Bolivariana una deuda que no hemos saldado: décadas resistiendo un cerco diseñado para doblegarla, y la respuesta de buena parte de la izquierda institucional ha sido el silencio cómodo o la equidistancia cobarde entre verdugo y víctima. Mantengo una lealtad inquebrantable al legado de Hugo Chávez y al presidente legítimo de Venezuela, Nicolás Maduro, que sigue secuestrado por el gobierno terrorista del trumpismo.

No pasarán.

La detención, el aislamiento y la coacción de un mandatario electo es la máxima expresión del fascismo internacional administrado por el gran capital. La batalla de Caracas es la batalla de toda la clase trabajadora internacional. Ayer fue Irak, fue Libia, fue Siria. Hoy es Venezuela. Mañana puede ser cualquier pueblo que decida que sus recursos son suyos y no de Wall Street.

 

Exigimos el fin del bloqueo. Exigimos la devolución del oro venezolano retenido en Londres. Exigimos la libertad de Alex Saab y de todo diplomático secuestrado por hacer lo que su pueblo necesitaba. Exigimos la liberación inmediata de Nicolás Maduro y Cilia Flores. La democracia en Venezuela será bolivariana o no será.

¡No pasarán!

Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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