Divide y sirve: el fascismo enfrenta a los pueblos para beneficiar a sus amos

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Divide y sirve: el fascismo enfrenta a los pueblos para beneficiar a sus amos

Camaradas,

Decíamos hace unos días que la ultraderecha global —Meloni, Abascal, Feijóo, Ayuso, Trump— comparte un mismo guion de hipocresía: promete patria y practica vasallaje, promete soberanía y entrega sumisión. Hoy hay que dar un paso más y nombrar la función real de ese teatro. El fascismo, en todas sus variantes históricas y contemporáneas, no divide a los pueblos por accidente ni por convicción ideológica sincera: los divide porque esa división es la condición misma de su servidumbre. Enfrentar a españoles contra italianos por Ceuta, a «nosotros» contra «los migrantes», a «patriotas» contra «globalistas», nunca ha sido el objetivo final. Es el instrumento. El objetivo es que, mientras los pueblos se pelean entre sí por las migajas del relato, sus verdaderos amos sigan gobernando el reparto real del poder y de la riqueza. Y esos amos, camaradas, tienen hoy dos nombres muy concretos: Donald Trump y Benjamín Netanyahu.

Trump ha convertido la humillación pública de sus aliados más devotos en método de gobierno, y ya vimos cómo Meloni la encaja sin rechistar. Pero el trumpismo no se limita a ridiculizar a sus vasallos europeos: es la maquinaria ideológica que legitima internacionalmente la agresión, que trata los tratados comerciales como armas de sometimiento, que exige lealtad incondicional a cambio de nada, y que ha convertido su política exterior en una sucesión de chantajes arancelarios y militares contra cualquiera que no se alinee. Un imperialismo que ya no necesita disfrazarse de excepcionalismo democrático porque ha descubierto que la fuerza desnuda, sin relato que la sostenga, también funciona si detrás hay suficiente poder económico y militar.

 

Y junto a Trump, sosteniéndose mutuamente, Netanyahu. La ONU confirmó ya en septiembre de 2025, tras una investigación exhaustiva, que las fuerzas israelíes habían perpetrado varios de los actos que la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio tipifica como genocidas: matanzas, lesiones físicas y mentales graves, y el sometimiento deliberado de la población palestina a condiciones de vida calculadas para su destrucción. En junio de 2026, la Comisión Internacional Independiente de investigación de Naciones Unidas volvió a confirmarlo. Organizaciones como Amnistía Internacional han denunciado que ni siquiera el alto el fuego detuvo la matanza. Hablamos de decenas de miles de muertos, la mayoría mujeres y niños, de un pueblo sometido al hambre como arma de guerra mientras el mundo, con contadas excepciones dignas, mira hacia otro lado o, peor aún, sigue vendiendo armas al verdugo. Eso no es «conflicto», camaradas: la propia ONU ya lo ha nombrado. Es genocidio.

¿Y qué papel juega en todo esto la ultraderecha europea y española? El de coro cómplice. Mientras Meloni se pelea con España por Ceuta, calla ante Gaza. Mientras Abascal denuncia una supuesta «invasión migratoria» en la frontera sur, jamás pronuncia la palabra genocidio para lo que ocurre en Gaza. Mientras Ayuso convierte cada bulo doméstico en titular, ninguno de ellos ha exigido jamás sanciones reales contra Israel ni ha cuestionado la sumisión atlantista a Washington. No es casualidad, es función: la ultraderecha necesita mantener a los pueblos peleando por fronteras, por identidades, por migrantes, precisamente para que nadie levante la vista y pregunte quién se beneficia de que sigamos divididos mientras Trump reordena el tablero geopolítico a su antojo y Netanyahu completa, con impunidad, la destrucción de un pueblo entero.

Decía Lenin que el imperialismo es la fase superior del capitalismo, la etapa en que el capital financiero necesita repartirse el mundo y, para hacerlo, necesita también fabricar enemigos internos que desvíen la mirada de la clase trabajadora. Eso es exactamente lo que hacen Trump y Netanyahu, y eso es exactamente lo que sus vasallos europeos —con Meloni y Abascal a la cabeza— ejecutan con disciplina de sirvientes: mantener viva la fractura entre pueblos hermanos, entre trabajadores que deberían reconocerse como clase y no como enemigos, para que ni España ni Italia, ni musulmanes ni cristianos, ni migrantes ni autóctonos, levanten juntos la voz contra quienes de verdad deciden cuántas bombas caen sobre Gaza y cuántos aranceles caen sobre Europa.

La solidaridad de clase, camaradas, no conoce fronteras porque no las necesita: reconoce con toda claridad quién es el enemigo y quién es el hermano. El pueblo palestino masacrado y el pueblo saharaui abandonado en Ceuta no son enemigos del pueblo español ni del italiano; son víctimas del mismo sistema que nos quiere enfrentados. Netanyahu y Trump no son solo dos hombres: son la punta visible de un modelo que necesita nuestra división para sobrevivir. Cuando entendamos eso, cuando dejemos de pelearnos por las fronteras que ellos dibujan y empecemos a señalar juntos a quienes se benefician de dibujarlas, habremos dado el primer paso real hacia la liberación de los pueblos.

Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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