La ultraderecha no gana: se la regalan.
Las últimas encuestas hablan de mayoría absoluta para la ultraderecha en las próximas generales. Desde la conciencia de clase es un desastre, pero es un desastre anunciado, y hay que decirlo con toda claridad: el avance de la ultraderecha no se explica por la fuerza de su discurso de odio, sus mentiras o sus bulos. Se explica por los deméritos acumulados de la socialdemocracia y de la falsa izquierda. Llevo una década avisando de que cada acción y cada omisión de quienes dicen representarnos le abrían la puerta de par en par al fascismo. No es el PPVOX quien conquista terreno: es la falsa izquierda la que se lo cede, palmo a palmo, gobierno tras gobierno.
Los anuncios vacíos que son pura propaganda, las medidas presentadas a bombo y platillo que luego se demuestran inútiles, la pérdida sostenida de poder adquisitivo de la clase trabajadora hacen infinitamente más daño al proyecto emancipador que cualquier mitin de Vox. La frustración y la decepción de una clase trabajadora que ve cómo un gobierno no cumple sus promesas, no defiende sus derechos y no tiene empatía suficiente para conocer la realidad de su propio pueblo: eso, y no otra cosa, es lo que le entrega las llaves del poder a la peor ultraderecha.
Los síntomas de la traición.
Cuando un sindicato de la patronal disfrazado de sindicato de clase —la UGT— apoya el plan de la Xunta de Galicia contra los trabajadores enfermos, no está siendo pragmático: está haciendo el trabajo sucio que luego capitaliza la ultraderecha en forma de indignación popular mal dirigida. Cuando la Ministra de Trabajo del supuesto gobierno más progresista de la historia camina de la mano de CCOO y UGT —dos aparatos que llevan décadas gestionando la derrota obrera y que ahora aspiran a coronarla con la presidencia de la OIT—, no está construyendo una alternativa al fascismo: está fabricando el vacío que el fascismo viene a llenar. Cada capitulación de la falsa izquierda no es un daño colateral. Es combustible directo para la ultraderecha, que no necesita convencer a nadie de nada: le basta con señalar el fracaso ajeno y presentarse como la única opción que «dice las cosas claras».
Ahí está el caso de la Xunta de Galicia bajo Alfonso Rueda, que ha convertido el Sergas en un negocio de balances, pagando complementos de productividad a los profesionales sanitarios por recortar bajas y reducir gasto farmacéutico. Es terrorismo institucional contra la clase trabajadora, sí. Pero también es, objetivamente, un regalo político a la ultraderecha: cada trabajador que ve cómo el Estado lo trata como sospechoso de fraude por estar enfermo no encuentra respuesta en la izquierda institucional que gobierna con esas mismas lógicas gerenciales. Y en ese vacío de representación, la ultraderecha no necesita tener razón. Le basta con estar ahí.
El doble rasero de la derecha, la irresponsabilidad de la falsa izquierda.
Feijóo cuestiona con sus palabras a los trabajadores enfermos y, de paso, a los médicos que firman sus bajas. Ayuso sale corriendo a defenderlo. Entre Feijóo, Ayuso y Abascal las diferencias en materia de derechos laborales, sanidad pública o protección social son cada vez más difíciles de encontrar: comparten un mismo proyecto de clase, el que convierte a las personas en mano de obra reemplazable. Eso es previsible en la derecha y la ultraderecha española. Lo que no debería ser previsible, y sin embargo lo es, es que la izquierda que gestiona las instituciones no ofrezca una alternativa real a ese modelo: que en Galicia la propia gestión de las bajas laborales, la burocracia asfixiante del INSS, la norma que condena a los menores de 55 años con incapacidad permanente total a cobrar solo el 55% de su base reguladora, la carrera de obstáculos del Ingreso Mínimo Vital o un sistema judicial laboral colapsado —casi año y medio para juzgar un despido— sean, en la práctica, la misma política de abandono que denuncian retóricamente cuando la firma el PP.
El vacío que llenan otros.
La ultraderecha antiobrera, racista y xenófoba no avanza porque haya convencido a la clase trabajadora de nada. Avanza porque la clase trabajadora ya no cree que la izquierda institucional vaya a defenderla, y cuando la esperanza se agota, la rabia busca cualquier salida, aunque esa salida sea profundamente contraria a los propios intereses de quien la elige. Esa es la responsabilidad histórica que hay que señalar sin ambigüedad: no blanquear a la ultraderecha atribuyéndole una fuerza discursiva que no tiene, pero tampoco exculpar a quienes, gobernando en nombre de la izquierda, han preparado minuciosamente el terreno para que esa ultraderecha crezca.
No hay atajo posible. La única forma de frenar a la ultraderecha no es imitar su discurso ni gestionar mejor su marco, sino construir una alternativa de clase real: defender la sanidad pública sin complementos que compren voluntades médicas, garantizar prestaciones dignas sin laberintos burocráticos diseñados para desgastar a quien más lo necesita, y devolverle a la clase trabajadora la certeza de que hay un proyecto político dispuesto a pelear por su vida y no solo a administrar su derrota. Todo lo demás es entregarle el terreno al fascismo con las manos vacías, y luego lamentarse de la encuesta.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

