Juanlu González (biTs rojiverdes).— El sesgo de agenda es uno de los mecanismos de manipulación más eficaces y, paradójicamente, más invisibles que existen. No se trata de decirte qué pensar, sino de decidir sobre qué piensas. No es la mentira directa, aunque la incluya; es algo más sutil y más profundo: la selección de lo que merece atención y lo que se entierra en el silencio. Quien controla la agenda controla la realidad percibida. Y quien controla la realidad percibida, controla el voto, la indignación, el miedo y la esperanza de millones de personas.
En el Estado español, ese control tiene dueño. La derecha mediática —y sus terminales en redes sociales, en plataformas digitales, en el ecosistema de desinformación que ha sustituido al antiguo teletipo— ejerce un dominio absoluto sobre el marco de conversación pública. No hay pluralidad: hay un monopolio narrativo disfrazado de pluralidad. Cadenas de televisión, emisoras de radio, periódicos de tirada nacional y una constelación de cuentas, bots y supuestos «medios independientes» en redes sociales operan como un único altavoz con un único mensaje. La agenda no se debate: se impone.
Pongamos un ejemplo sangrante. La mitad de la población española tiene problemas con la vivienda. Con el alquiler que devora salarios, con hipotecas que esclavizan durante décadas, con la imposibilidad material de independizarse, con fondos buitre que compran barrios enteros y expulsan vecinos. Es una emergencia social de primer orden, una crisis estructural que condena a generaciones enteras a la precariedad. ¿Y de qué se habla? De la ocupación. De ese 0,06% del parque de viviendas que corresponde a okupaciones de propiedades de bancos o grandes tenedores. Se construye un enemigo imaginario —el okupa, el pobre que ocupa un piso vacío de una entidad rescatada con dinero público— y se desvía toda la rabia social hacia él. La solución propuesta no es regular alquileres, construir vivienda pública o limitar la especulación. La solución es desalojar al desesperado. El sesgo de agenda convierte a la víctima en culpable y al culpable estructural en invisible.
Que los de abajo se peleen entre ellos, esa es su victoria. Muchos se llevan las manos a la cabeza porque un inmigrante ocupa una cama en un hospital, pero no dicen nada si Quirón u otra empresa pública gana millones del dinero de nuestros impuestos destinados a la sanidad en concepto de beneficio empresarial. Eso es sesgo de agenda, de libro.
La hipocresía no conoce fronteras. El ecologismo internacional se movilizó con enorme energía contra el proyecto del Canal de Nicaragua. Campañas, informes, denuncias, presión diplomática. Y sin embargo, cuando se acometió el recrecimiento de la presa que alimenta el Canal de Panamá —una obra que inundó miles de hectáreas de selva virgen, de las mejor conservadas del planeta—, el silencio fue ensordecedor. Ni un comunicado. Ni una protesta. Ni un tuit. Cuarenta mil hectáreas de selva ahogadas bajo el agua y nadie miró. Porque la agenda ya estaba cerrada, y en ella no había espacio para esa selva. La diana era Daniel Ortega y el proceso revolucionario nicaragüense, punto.
En Ecuador, la apertura de un pozo petrolero en el Yasuní también generó una ola de indignación global. Campañas internacionales, llamamientos, recogidas de firmas. Justo. Legítimo. Pero nadie —absolutamente nadie— dijo una palabra sobre las decenas de pozos petroleros que ya operaban y se seguían abriendo en la Amazonía. Nadie preguntó por qué solo ese pozo merecía la atención del mundo. Y conviene recordar la historia completa: Rafael Correa propuso a la comunidad internacional no extraer el petróleo del Yasuní —renunciando a miles de millones de dólares— a cambio de una contribución, un ínfimo porcentaje de los beneficios esperados, destinada a un fondo para inversiones sociales y ambientales. El «solidario y ecológico» Occidente colectivo miró hacia otro lado. El dinero nunca llegó. Ni un euro. Ni un dólar. La selva se podía salvar gratis, pero nadie quiso pagar. El sesgo de agenda permite indignarse selectivamente sin asumir responsabilidad alguna. En este caso el objetivo era tumbar a Correa, la selva era la excusa.
Pero volvamos a casa, a la política partidaria. ¿Cómo puede el Partido Popular erigirse en adalid de la lucha contra la corrupción ajena? ¿Con qué cara? Hablamos del único partido de España condenado como organización por corrupción. Un partido cuya sede fue financiada con dinero robado. Un partido con consejos de ministros enteros condenados o procesados. Un partido a la espera de más de treinta juicios por el saqueo de recursos públicos, del común, de lo que es de todos. Y sin embargo, la agenda les permite señalar, acusar, exigir dimisiones, montar comisiones de investigación contra otros. El ladrón juzga a sus enemigos y el público, bombardeado por la repetición, asiente. Porque no se trata de la verdad: se trata de quién ocupa el espacio de la conversación en las barras de los bares o en las conversaciones de cuñados.
Así podríamos seguir hasta la saciedad. Con un gobierno progre, tenemos censura política a medios de comunicación. Tenemos cantantes en la cárcel por escribir letras que critican a la corona, y otros huidos al extranjero para no correr la misma suerte. Tenemos políticos expatriados, sindicalistas encarcelados por ejercer el derecho constitucional a la huelga. Tenemos la Ley Mordaza plenamente vigente, recortando libertades fundamentales en plena «democracia avanzada». Y sin embargo, el relato oficial insiste: somos una democracia fantástica, modélica, ejemplar. El sesgo de agenda también consiste en llamar libertad a lo que es mordaza y llamar democracia a lo que es excepción permanente.
Estos días se ha producido una matanza de jóvenes y niños entre Ceuta y la frontera con Marruecos. Ciento cincuenta muertos, de momento. Ciento cincuenta vidas segadas. Una tragedia humana sin precedentes en nuestras fronteras, comparable en magnitud a los terribles atentados de Atocha. Ciento cincuenta personas que huían de la miseria, de la dictadura, de la represión, de la ausencia total de oportunidades. Ciento cincuenta cuerpos jóvenes, muchos de ellos niños. ¿Y de qué se habla en los medios? De los pobres comerciantes ceutíes que tuvieron que cerrar sus tiendas un par de días, de bulos de asaltos a comercios. De logística, de dispositivos, de «efecto llamada». No de los muertos. No de sus nombres. No de sus familias. No de las causas estructurales que los empujaron a esa frontera. Tampoco de las bandas de fascistas a la caza del inmigrante. No de nuestra responsabilidad como país, como continente, como civilización que se dice humanista. Eso nos da igual. Ciento cincuenta muertos no caben en la agenda. No venden. No interesan. No generan el tipo de indignación útil para el relato dominante. Somos una sociedad enferma que puede mirar hacia otro lado ante un cementerio de niños y discutir sobre los escoltas de un presidente.
Nos reímos de Borrell cuando habló del jardín europeo rodeado de selva. Lo convertimos en meme, en burla fácil. Pero en el fondo, en la intimidad del pensamiento no verbalizado, la mayoría lo piensa. La mayoría siente alivio porque el jardín es aquí y la selva es allá. Somos, en general, un país racista, aporofóbico e insolidario, construido sobre la premisa de que nuestras vidas valen más, de que nuestras fronteras son sagradas y las ajenas son permeables para extraer, para robar, no para acoger. Pero da igual. La agenda mediática es otra. Las voces disidentes son silenciadas, marginalizadas, expulsadas del debate. Vergüenza de país. Vergüenza de sociedad que se mira al espejo y se cree decente.
Pero si hay algo inadmisible, que produzca una náusea más profunda que la propia Brunete mediática, es ver a gentes de la izquierda —o de la supuesta izquierda— comprándole la agenda a la derecha. Asumiendo sus marcos. Repitiendo sus argumentos. Discutiendo en los términos que ellos han fijado. Matizando la injusticia en lugar de denunciarla. Preocupándose más por parecer razonables ante el adversario que por ser fieles a los de abajo. Cuando un progresista habla de «ocupación» antes que de vivienda, cuando un ecologista se indigna por un pozo y calla ante cuarenta, cuando un internacionalista llora por Ceuta cerrada pero no por ciento cincuenta cuerpos en la arena, cuando un demócrata acepta que la Ley Mordaza es un «mal menor negociable», cuando un antifascista repite el relato de la caverna porque queda más «centrado» en la tertulia: ahí se ha consumado la victoria de la caverna.
El éxito no es que ganen ellos, los de arriba. Que perdamos nosotros aceptando su tablero. Que no necesiten ya convencernos de sus mentiras porque hemos interiorizado sus preguntas, sus ritmos, sus silencios. Que el marco sea ya tan hegemónico que ni lo veamos. Que el sesgo de agenda no se imponga desde fuera porque ya lo llevamos dentro. Y eso, en parte, es lo que está sucediendo. No como excepción. No como accidente. Como proceso. Como erosión lenta, cotidiana, casi invisible, de todo lo que un día significó ponerse del lado de los de abajo.
Los dueños del país no necesitan ya un golpe de Estado clásico. Les basta con que el golpe sea narrativo. Con que la agenda sea la suya. Con que la izquierdita pida permiso para existir dentro del marco que ellos han dibujado. Con que el disidente se autocensure antes de que lo censuren o lo enchironen.
Ya es hora de romper la agenda. Hablemos de lo que no quieren que hablemos. Establezcamos las prioridades reales que afectan al 99% de la población. El silencio es su victoria. Rompámoslo.


