«Se arrodillarán ante nosotros»: la profecía imperial de un rabino y la jerarquía real del sionismo
Camaradas,
Hay declaraciones que no necesitan ser analizadas por un politólogo ni desmenuzadas por un teólogo: se explican solas. Eso es lo que ha ocurrido con el vídeo, ya viral, de una conferencia del rabino Yon Tov Glaser, predicador vinculado a Aish HaTorah en Jerusalén, conocido mediáticamente como «el rabino surfista». Ante su auditorio, sin metáforas ni matices diplomáticos, Glaser fue directo al grano: las naciones más poderosas del mundo —citó expresamente a Estados Unidos, Alemania, Francia, Inglaterra, y también a Rusia y China— «tienen que ponerse de rodillas», igual que, en su relato bíblico, lo hizo Egipto, y «van a caer duro» por cómo han tratado al pueblo judío durante los últimos dos mil años. Palabras suyas, no interpretación de nadie.
No es la primera vez que analizamos en estas páginas cómo el poder sionista, cuando baja la guardia, revela una jerarquía que no aparece en los comunicados oficiales ni en las cumbres diplomáticas. Ya lo vimos con Netanyahu, rebajando a Jesucristo al nivel moral de Gengis Kan para justificar la lógica de la fuerza bruta como principio de gobierno. Ya lo vimos con Ben-Gvir, normalizando el escupitajo a sacerdotes y monjas en las calles de Jerusalén como «vieja tradición judía» que no merece ni siquiera sanción penal. Ahora se suma esta tercera pieza: un predicador de peso institucional anunciando, ante un público entregado, que el destino de las grandes potencias mundiales —incluidas aquellas que hoy sostienen económica, militar y diplomáticamente al Estado de Israel— es la sumisión y el castigo.
La teología como blindaje del poder real.
Conviene no caer en la simplificación fácil: ni Glaser habla en nombre de todo el judaísmo, ni sus palabras representan a la totalidad de la sociedad israelí, que, además de ser plural en lo religioso, alberga sectores —laicos, de izquierda, antisionistas e incluso ortodoxos antisionistas como Neturei Karta— que rechazan frontalmente este tipo de discurso. Esa distinción es la misma que hicimos al hablar de Ben-Gvir y que el propio poder sionista prefiere que olvidemos cuando le conviene presentarse como monolítico frente a sus críticos y como plural cuando le conviene esquivar la responsabilidad.
Pero, hecha esa salvedad, lo relevante políticamente no es la teología en sí, sino su función. Un discurso mesiánico de sumisión de las potencias —Estados Unidos incluido, el mismo Estados Unidos que financia con miles de millones de dólares anuales el aparato militar israelí— no es un exabrupto folclórico sin consecuencias. Es la traducción religiosa de una relación de fuerzas que el sionismo político lleva décadas construyendo: la de un actor regional que se sabe protegido por la primera potencia militar del planeta y que, precisamente por ello, puede permitirse el lujo de anunciar en público que esa misma potencia protectora «va a caer de rodillas». Es el mismo mecanismo que ya denunciamos con Netanyahu: la fuerza bruta y la superioridad étnico-religiosa por encima de cualquier código moral compartido, ya sea cristiano, laico o de derecho internacional.
Occidente, el aliado que paga y calla.
Aquí está la contradicción que ningún gobierno europeo ni norteamericano quiere mirar de frente: se sostiene económica y militarmente un proyecto político —el sionismo de Estado— cuyos principales exponentes, cuando hablan sin filtro diplomático, no ocultan el desprecio hacia quienes los sostienen. Ben-Gvir escupe simbólicamente al cristianismo que, en Estados Unidos, vota mayoritariamente a los partidos más proisraelíes del planeta. Netanyahu iguala a Cristo con un genocida centroasiático ante la prensa internacional. Glaser anuncia el sometimiento futuro de las mismas potencias que hoy garantizan la impunidad de Israel en Gaza y Cisjordania. La derecha evangélica estadounidense, que ha convertido el apoyo incondicional a Israel en artículo de fe política, podría empezar por preguntarse qué lugar ocupa realmente en esa jerarquía que sus aliados describen cuando creen que nadie fuera del círculo los escucha.
Nosotros, desde la clase trabajadora y desde el internacionalismo, no necesitamos profecías ni escupitajos para saber de qué lado estamos: del lado de los pueblos —palestino, sirio, libanés, yemení— que sufren la violencia real de ese proyecto, y del lado de todos los trabajadores del mundo, judíos incluidos, a quienes ninguna teología de dominación representa. Las naciones no se arrodillan ante dioses vengativos ni ante potencias imperiales: se levantan, como siempre lo han hecho, cuando la clase obrera decide que ya ha caído bastante.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

