Venezuela sin petróleo, sin soberanía, sin esperanza: así se cobra el imperio la osadía de un pueblo libre
Camaradas:
De vez en cuando, en algún rincón del mundo, nace un hombre que ama de verdad a su pueblo. No un hombre que gobierna para los suyos ni que administra la miseria ajena desde un despacho, sino alguien capaz de mirar de frente a la geopolítica mundial y llamar al imperialismo por su nombre. En Venezuela, ese hombre se llamó Hugo Chávez. Denunció el genocidio en Gaza cuando denunciarlo no era tendencia en ninguna red social. Denunció cada agresión de las multinacionales, cada intervención colonialista de Washington, Bruselas o Tel Aviv, una y otra vez, sin ambages y sin miedo a las consecuencias.
Y cuando supo que su tiempo se acababa, Chávez también supo ver quién debía continuar. Acertó al confiar en Nicolás Maduro. Maduro ha demostrado, con hechos y no con palabras, que aquella confianza no fue un error: fue, de todos los que estaban en la cúpula de poder de la revolución bolivariana, el único que creyó hasta el final en lo que se estaba construyendo. Tuvo el valor de sostenerlo hasta que fue secuestrado por Estados Unidos.
Porque eso es lo que ocurrió, camaradas, y hay que decirlo sin eufemismos: el 3 de enero de 2026, tropas estadounidenses lanzaron ataques aéreos sobre Caracas y varios estados venezolanos, y Donald Trump anunció que Maduro y su esposa, Cilia Flores, habían sido capturados y trasladados fuera del país para enfrentarse a cargos de narcoterrorismo ante tribunales de Estados Unidos. Un secuestro de Estado, disfrazado de operación judicial, contra el presidente de una nación soberana.
Maduro jamás renunció al legado de Chávez. Eso lo engrandece como líder, como persona y como chavista, y la historia lo recordará por su honestidad y por no abandonar su puesto mientras tuvo margen para defenderlo.
Ocho meses después de aquel secuestro, la vicepresidenta Delcy Rodríguez gobierna Venezuela como presidenta interina, siguiendo al pie de la letra la hoja de ruta que Washington diseñó: estabilización, «recuperación económica» y transición vigilada. Y esta misma semana hemos conocido el resultado real de esa hoja de ruta: un acuerdo petrolero que el propio Trump ha calificado como «el mayor de la historia», mediante el cual Estados Unidos se ha asegurado el control mayoritario de más de 65.000 millones de barriles de las reservas venezolanas, con la participación de operadores privados en el desarrollo de diecisiete campos estratégicos.
Venezuela ya no es dueña de su petróleo. Venezuela ya no es dueña de su soberanía.
La economía no levanta cabeza, la inflación sigue golpeando, y eso le ocurre a todos los países donde interviene Estados Unidos. Cuando el imperio pasa por un país repartiendo «democracia», lo deja convertido en cementerio, en manicomio o en cadáver económico, atado para chuparle la sangre hasta la última gota. Y esa gota, en Venezuela, se llama petróleo.
Quieren llenar sus reservas estratégicas —que a principios de agosto habían caído por debajo de los 300 millones de barriles— y bajar el precio de la gasolina en su país robándole el crudo a Venezuela y estrangulando a su pueblo.
Que hablen ahora aquellos que hacían cola pidiendo que se llevaran a Maduro. Que hablen ahora los que deseaban la intervención de Estados Unidos, ahora que ya la tienen.
Es verdad que a algún privilegiado le puede ir bien, a muy pocos. Pero también es verdad que antes, bajo el bloqueo y las sanciones, Venezuela estaba mal porque había decidido luchar y defender su soberanía. Ahora está igual de mal o peor, pero sin soberanía, sin petróleo y sin capacidad para decidir nada sin permiso de Washington.
Antes, al menos, quedaba la esperanza de tener el destino en las propias manos. Ahora ni eso: los dueños de Venezuela son Estados Unidos, las grandes multinacionales y el sionismo internacional, ya no el pueblo venezolano ni su Gobierno.
Aunque algunos no lo quieran ver, este es un cambio descomunal, un cambio de era. Es la misma ausencia de esperanza que sufre el Congo, o tantos países de riquezas inmensas donde no hace falta sanción ni bloqueo alguno porque el pueblo ya está sometido a la miseria, con niños trabajando en minas y gente muriendo de hambre sin que a nadie le importe.
Venezuela ha entrado en esa categoría: la de los países cuyas riquezas energéticas interesan mucho y cuyos pueblos no le importan a nadie. Es un paso atrás, una involución tremenda y una traición manifiesta al legado de Hugo Chávez.
A mí esto me duele, camaradas, personalmente. Me duele Venezuela, me duele Cuba, me duelen todos los pueblos que decidieron plantarle cara al imperio y a las oligarquías para defender su soberanía.
Duele ver cómo los asfixian, cómo mienten sobre ellos y vierten bulos, cómo hablan de un país solo mientras les sirve para desestabilizarlo, hasta conseguir su objetivo. Y eso es exactamente lo que ha pasado con Venezuela: ya nadie habla de ella, porque ya está donde la querían.
Esta misma semana hemos visto a chavistas manifestándose en Caracas para exigir la liberación de Maduro y de Cilia Flores, y para rechazar la presencia estadounidense en su país.
Ya no habrá permisos de residencia por motivos políticos para venezolanos, porque el objetivo de toda la campaña de desestabilización ya se ha cumplido. Todo aquello —la propaganda, las sanciones, el discurso humanitario— servía para tumbar al Gobierno bolivariano y, ahora que ya lo han controlado, al pueblo venezolano no le queda ninguna ventaja.
Todo lo contrario: ya no le importa a nadie, porque ya no le sirve a nadie utilizarlo.
Esta es la situación, camaradas. No es que estén igual que antes: están peor, porque ya no son dueños de nada y a nadie le interesa ya defenderlos. Y esto es lo que hay.
Pero esto que hay tiene un único camino de vuelta: que el chavismo, el chavismo verdadero, el que nació con Chávez y resistió con Maduro, recupere el poder.
Porque la democracia en Venezuela será chavista o no será.
Porque la soberanía del pueblo venezolano vendrá de la mano de la revolución bolivariana, o no vendrá.
¡Hasta la victoria siempre!
André Abeledo Fernández

