Subir el salario mínimo no es motivo de risa, es justicia.
Un salario mínimo para ser iguales en la Europa occidental.
Hay gente que se ríe. Y no solo se ríe la derecha de siempre: también se ríen muchos trabajadores y trabajadoras ante la última propuesta de subir el salario mínimo a 1.800 euros al mes. Esta vez la ha hecho Podemos, pero podría haberla hecho cualquier otro. La pregunta es inevitable: ¿de qué nos reímos exactamente?
Lo que cobran en Francia.
Desde el 1 de junio de 2026, el salario mínimo francés (el SMIC) es de 1.867,02 euros brutos al mes, es decir, 12,31 euros por hora, para una jornada legal de 35 horas semanales. Eso supone unos 1.478 euros netos, una vez descontadas las cotizaciones, y 22.404 euros brutos al año, repartidos en 12 pagas. Francia no es una utopía socialista: es un país capitalista, con sus desigualdades y sus problemas, donde el coste de la vida se parece mucho al nuestro.
No es un club exclusivo.
Y Francia ni siquiera está arriba. Según las cifras comparadas, Irlanda ronda los 2.390 euros al mes, Alemania los 2.340, los Países Bajos los 2.300 y Bélgica los 2.100. Todos ellos están por encima de la cifra que aquí provoca carcajadas. Son países de la Unión Europea, igual que el nuestro.
El coste de la vida básica.
No hablo de ir a tomar una caña a un bar ni de ir al cine. Hablo del coste de la vida cotidiana: llenar la cesta de la compra en el supermercado, adquirir alimentos y productos de primera necesidad. Ahí la diferencia con España es mucho menor de lo que nos quieren hacer creer. Quien paga el pan, la leche y los huevos en Lyon, Dublín o Bruselas no paga precios de otro planeta.
Trabajamos más y crecemos más.
Somos de los trabajadores que más horas echan al año entre los países de nuestro entorno, más que en Alemania, Francia o los Países Bajos. Somos, además, la economía que más crece entre las grandes de Europa, con mucha diferencia, mientras Alemania lleva años estancada. No somos peores trabajadores que un francés, un alemán o un neerlandés. Y no veo por qué tendríamos que sentirnos inferiores ni conformarnos con unas condiciones laborales peores.
Un complejo, no una razón económica.
Por eso no entiendo la risa. No sé si viene de la ignorancia, de no saber cómo se vive y cuánto se cobra en otros países, o de algo peor: de creer que somos menos y que, por serlo, nos corresponde cobrar menos. Yo me resisto a considerarme inferior a nadie. Y me supera que haya quien se sienta más cerca de la Argentina de los 220 euros de salario mínimo, o que casi aspire a parecerse a Rumanía antes que a Francia o Alemania. El mundo ideal de la derecha parece ser el de Milei, y lo triste es que haya trabajadores que compartan esa visión.
La herencia de «África empieza en los Pirineos».
Ese complejo viene de lejos. Viene del franquismo, de aquellos años en que el resto de Europa decía que África empezaba en los Pirineos y el régimen, en vez de combatir ese desprecio, nos enseñó a bajar la cabeza y a agradecer lo que nos dieran. Casi cincuenta años después del fin de la dictadura, todavía hay quien lleva puesta esa mirada.
Subir el salario mínimo hasta los niveles de la Europa occidental no es ningún disparate. Lo disparatado es pensar que somos menos que ellos.
¡Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

