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La apología del terrorismo en los clásicos del pensamiento político: Juan de Mariana

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Juan Manuel Olarieta

Desde los más remotos orígenes del pensamiento político, los grandes autores que ha tenido la humanidad siempre han justificado la violencia revolucionaria como medio para acabar con los tiranos, los explotadores y los gobernantes que les oprimen. Los jueces de la Audiencia Nacional los hubieran encerrado a todos en las mazmorras por apología del terrorismo, es decir, por darle una vuelta de 180 grados al problema, tratando a las víctimas del terrorismo como si fueran terroristas.

Los escritores clásicos no sólo no consideran delito la lucha armada y la violencia revolucionaria sino que la justifican como el ejercicio de un derecho fundamental que tiene cualquier persona: el derecho de resistencia, consagrado como tal en la Constitución francesa de 1793. Cuando me refiero a los clásicos, no pienso en Mao Zedong, Che Guevara o el general Giap, sino en los fundadores de la ciencia política moderna, que fueron los escritores españoles del siglo XVII.

El más conocido apologista del terrorismo fue el jesuita Juan Mariana, un clásico del pensamiento político que en 1599 escribió “Del rey y de la monarquía” en el que justifica y ensalza a quienes matan a cualquier monarca despótico, jefe de Estado, presidente de la república, primer ministro, torturador, represor, explotador…

Cuando los gobiernos crean “policías secretas” para perseguir a los ciudadanos o para impedir que se expresen libremente, escribió el jesuita, deben ser derrocados y si no se abandonan sus cargos por las buenas es legítimo hacerlo por la fuerza y por la violencia. En la fundación de Estados Unidos se acuñó la expresión “Sic semper tyrannis” para justificar la guerra (calificada allá de “revolucionaria”) contra el colonialismo británico. Se podría traducir como “Así hay que hacer siempre con los tiranos”: matarlos. La tradición refiere la frase atribuyéndosela a Marco Junio Bruto cuando se disponía a matar a Julio César. Por más que el tiempo transcurra, los pueblos pueden matar a los represores en cualquier momento, en cuanto tengan ocasión para ello.

En los pensadores clásicos la ejecución de un déspota no es sólo un derecho sino algo más, un deber moral, algo elevado y ético. Los pueblos están obligados a deshacerse de quienes les oprimen. Es un principio sólidamente establecido entre los profesores de la Universidad de Salamanca de aquella época e incluso en la literatura del Siglo de Oro. El caso más conocido es Fuenteovejuna, la inmortal obra de teatro de Lope de Vega, uno de los más bellos ejemplos de apología del terrorismo que se han escrito.

Naturalmente que a los déspotas no les gusta que alguien pida su cabeza, por lo que a la opresión le sigue siempre la censura. El libro de Mariana fue quemado en París por orden del monarca de turno en 1610. Sin embargo, el libro no fue prohibido por una razón muy curiosa: porque estaba escrito en latín, un idioma que sólo hablaba la gente culta. La obra estaba condenada a ser conocida sólo por un número muy reducido de personas, no por las masas. Incluso en la actualidad, es muy dífícil de encontrar en las bibliotecas. Tampoco hay muchas traducciones al castellano. La que tengo yo ahora mismo entre las manos es la edición, que data de 1640 y fue reimpresa en 1845. En su primera página dice: “No se ha traducido hasta ahora a ninguna lengua vulgar”. Es mejor que la gente no conozca sus derechos; incluso es preferible que piesen que no tienen ningún derecho a nada.

En la página 81 el jesuita dice lo siguiente de los opresores: “Esta clase de hombres, la más pestífera y perjudicial es muy laudable exterminarla de la sociedad. Así como ciertos miembros podridos se cortan, para que no inficcionen con su corrupción las demás partes del cuerpo, del mismo modo esta especie de bestias feroces en figura humana, se deben auyentar de la sociedad y herirla con el hierro”.

En el mundo actual Mariana sería un rapero con letras incendiarias, o quizá escribiría mensajes en Twitter llamando a la lucha armada contra el fascismo. La Audiencia Nacional ya le habría condenado a una pena de cárcel y habría ordenado quemar su libro otra vez. Incluso les parecería insuficiente y les habría gustado quemarle a él junto con su libro.

Os aconsejo, pues, que no leáis dicho libro. Es mejor que no leáis nada, no vaya a ser que os invadan malas intenciones…

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