A finales del siglo XIX las ideologías racistas estaban muy extendidas y gozaban de considerable apoyo, especialmente por parte de los dirigentes en el poder. Los Estados Unidos tenían por cierto que su cultura anglosajona era superior a otras culturas y, por tanto, se creían no solo con derecho a expandirse por el mundo sino a llevar a cabo una misión civilizadora.

El Pacífico y Asia era una zona muy deseada por el sector comercial norteamericano para extender su influencia y control, y así poder disponer de su mercado.