Durante la Guerra de Corea (1950-1953) la aviación estadounidense lanzó más bombas contra la península que a lo largo de toda la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico. El 75 por ciento de Pyongyang, la capital, resultó destruida; la reconstrucción no se pudo terminar hasta 1964, once años después.

Después de uno de aquellos brutales bombardeos, el Ministro coreano de Asuntos Exteriores envió un dramático cable a la ONU, que había avalado la agresión. También iba dirigido “a todos los ciudadanos del mundo” y se ha publicado muy recientemente (*).

Está fechado el 3 de enero de 1951 a las 10:30 y anuncia que 82 bombardeos cargados de explosivos incendiarios habían sobrevolando Pyongyang con una “carga mortifera” de centenares de bombas, que los “bárbaros transtlánticos” han dispersado por toda la ciudad.

Las bombas han provocado incendios permanentes que no se pueden apagar porque algunas de ellas son de efecto retardado y explotan a intervalos regulares a lo largo de todo el día.

A causa de ello, las personas no pueden escapar por las calles. “Toda la ciudad ha quedado incendiada, envuelta en llamas durante dos días”, dice el cable.

El segundo día 7.812 viviendas civiles habían sido quemadas. “Los americanos eran conscientes de que no había objetivos militares en Pyngyang”, añade el ministro coreano.

El número de civiles muertos, quemados vivos o asfixiados por el humo es “incalculable”, aunque el ministro estima que sólo una quinta parte de la ciudad ha sobrevivido al atroz bombardeo.

La Guerra de Corea es la gran desconocida porque Estados Unidos no quiere destapar uno de sus mayores crímenes. Los historiadores hablan del lanzamiento de 32.000 toneladas de napalm, siempre sobre la población civil, destruyendo ciudades enteras y con ellas exterminando a toda su población.

Aproximadamente el 20 por ciento de la población fue asesinada, confesó en 1984 el general Curtis LeMay, jefe de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. En Corea no hay nadie que no tenga un allegado muerto en aquella gran carnicería.

Dean Risk, que fue secretario de Estado, dijo que en Corea del norte bombardearon “a todo lo que se movía”, pero también a lo que no se movía: edificios, presas, cultivos, fábricas… No dejamos “piedra sobre piedra”, fueron sus palabras.

(*) http://repository.un.org/bitstream/handle/11176/85491/S_1980-EN.pdf

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