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Las Guerras del Cáucaso (1)

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El Cáucaso es una frontera natural entre Europa y Asia. Dominado de este a oeste por una gigantesca cordillera, allá se pueden escalar 17 montañas más altas que el Mont Blanc que han sido tradicionalmente el refugio de muchos pequeños pueblos y comunidades religiosas perseguidos por sus poderosos vecinos. De entre ellos los más importantes han sido tres de los más grandes imperios que la historia ha conocido: el persa, el otomano y el ruso. Allí han coincidido estos tres gigantes con las tribus más minúsculas y entre ellos se han dado toda clase de combinaciones.

Los chechenos, que proceden de antiguas migraciones europeas a la región, se denominan a sí mismos “nojchi” porque su idioma pertenece al grupo “naj”, una de las familias lingüísticas caucásicas. De vida nómada y organizados en clanes, entre los siglos VIII y XIII estuvieron sometidos a la dominación de osetinos y kabardios y entre los siglos XIII a XIV a la de los mongoles. Desde el siglo XV hasta el XVIII luchan entre sí turcos, persas y rusos por el dominio de Chechenia y el Cáucaso.

Al mismo tiempo, muy lentamente, los valles y las aldeas más remotas fueron aceptando el islam que, en su avance, fue ocupando casi todo el Cáucaso en el siglo XVIII. La región se fragmentó en pequeños janatos o clanes donde la autoridad religiosa se confundía con la política. Tan sólo los georgianos, los armenios y los osetinos no se islamizaron, mientras otros pueblos, como los kalmucos, de origen mongol, preservaron el budismo.

Los chechenos son musulmanes sunnitas, si bien pertenecientes a una rama muy minoritaria: los sufitas. El sufismo es un movimiento gnóstico del islam que pone el énfasis en el misticismo y establece prácticas destinadas al logro de un mayor desarrollo espiritual interno. Los sufitas consideran que pueden alcanzar un contacto directo con dios y tienen un maestro que actúa como intermediario entre dios y los fieles.

Este es un elemento de identidad trascendental para comprender algunos de los acontecimientos chechenos, especialmente frente al último imperio de los tres que llegó a la región, el imperio zarista, de religión ortodoxa. A diferencia de otras ramas islámicas, los sufitas están organizados en hermandades (“tariqas”), de las cuales las más importantes y las más antiguas son la “Qadiriya” (fundada en 1166) y la “Naqshbandiya” (fundada en 1389). La influencia sufí ha sido más fuerte allí donde el islam ha estado más amenazado y actúa como fuerza integradora y movilizadora de los pueblos caucásicos frente a las amenazas externas. A partir del siglo XVIII el sufismo adopta una actitud política militante y militar, convirtiendo a las mezquitas en verdaderos centros de resistencia frente al colonialismo zarista.

Durante el siglo XVIII Rusia es un prototipo de monarquía absoluta y de régimen feudal. Pedro I El Grande (1682-1725) y Catalina II expandieron las fronteras del Imperio y trataron de conquistar y colonizar el Cáucaso. Esto significaba occidentalizar y, por tanto, imponer la religión ortodoxa, además de un sistema uniforme de administración. La política de Rusia hacia el Cáucaso se complementó con el reemplazo de la cultura islámica por la rusa (cambio del alfabeto árabe por el latino y después por el cirílico).

El jeque Mansur, primer dirigente muyahidin del Cáucaso

Se producen los legendarios levantamientos campesinos, tanto en las fronteras del Imperio como, sobre todo, en el interior de la propia Rusia. Naturalmente los dirigentes religiosos sufitas se opusieron a la colonización y alentaron su religión, a la que unieron el rechazo de las reformas administrativas, que les privaban de su poder, que en el islam es a la vez espiritual y político.

Se oponían a eso justamente y no por razones “nacionales” por cuanto Chechenia no era entonces una nación. El motor de la resistencia caucásica contra los rusos fue de tipo religioso, mientras los pueblos cristianos fueron integrados más fácilmente dentro el Imperio zarista.

Chechenia era un país muy atrasado, sometido a leyes tribales, basadas en costumbres ancestrales y atávicas. Los janes musulmanes tenían un poder absoluto sobre las vidas y las propiedades de los aldeanos y no se oponían a la servidumbre, de la que fueron beneficiarios hasta que un decreto imperial la abolió en 1861. La vida del Cáucaso estaba dominada por los “kanli”, de modo que ninguna ofensa podía pasar sin la venganza de los parientes de la víctima. La literatura épica chechena abunda en leyendas de conflictos interminables que empezaron con simples hurtos y acabaron con el exterminio de poblaciones enteras.

Los pueblos de la región opusieron una feroz resistencia a la conquista. La primera yihad entre los rusos y los musulmanes norcaucasianos se prolongó de 1785 a 1791. La guerra santa fue dirigida por los jefes religiosos y en ella, junto a los chechenos, estaban también los daguestanos, cherkesos, kabardos y abjasios.

En 1791 el jeque Manzur Ushurma, un musulmán sufí de la cofradía “Naqshbandiya”, alzó la bandera de la yihad islámica, que se caracterizó por lo siguiente:

— su naturaleza religiosa
— la dirección ideológica del sultán de Constantinopla
— la falta de unidad de los caucasianos.

Manzur Ushurma fue un personaje de oscura pero romántica biografía, por lo demás muy típica del Cáucaso. No era checheno sino italiano. Su nombre originario era Elisha Mansur, era sacerdote jesuita y había llegado a Anatolia para convertir a los griegos al catolicismo. Pero fue él quien se convirtió al islam y el sultán de Constantinopla le encomendó organizar la resistencia caucásica frente a los rusos. Sin embargo, no logró fundir a los pueblos del Cáucaso en un único frente. Todos aquellos montañeses sólo estaban unidos por su condición de “muridin”, creyentes seguidores de un mismo jeque sufí.

Su falta de unidad obstaculizó la resistencia frente al enemigo. En 1794 Manzur Ushurma fue derrotado y capturado en la batalla de Tatar-Toub. Pasó el resto de sus días preso en un monasterio en la costa de Anatolia, donde los monjes trataron infructuosamente de que regresara a la religión católica.

Los rusos ocuparon el Cáucaso con métodos brutales, matando y quemando todo lo que se oponía a su paso. En el centro de Chechenia establecieron una sólida fortaleza militar rusa, bautizada con el elocuente nombre de Grozni (“terrible”, en ruso). Las fértiles llanuras del norte de Chechenia, y más hacia el oeste el país de los tártaros, fueron arrebatadas a sus pueblos, que fueron expulsados hacia el Imperio Otomano y, en casos extremos, aniquilados, como los ubyks (emparentados con chechenos y abjasios). Los que permanecieron en sus tierras fueron forzados a trabajar como siervos para los terratenientes rusos.

La incorporación de Georgia al Imperio zarista pareció impedir de una manera definitiva el estallido de cualquier brote de resistencia en el futuro, ya que a partir de entonces Chechenia quedaba rodeada por territorios zaristas.

Ghazi Mullah, segundo dirigente de la yihad

Ghazi Mullah era un estudiante del pueblo de Avar, al sur de Daguestán. No era, pues, de origen checheno. Pronto se convirtió en un “murshid” (maestro) y empezó su propia enseñanza en 1827, eligiendo la villa de Ghirmi como centro de sus actividades. Los “muridin” de Ghirmi se distinguían del resto de los montañeses por sus banderas negras y por la ausencia de oro o plata en sus vestimentas y armaduras.

Durante los dos años siguientes, Ghazi Mullah propagó la idea de unidad de los musulmanes caucasianos frente al enemigo infiel, unidad que debería forjarse en torno a la ley islámica. Según él, los caucasianos no habían abrazado completamente el islam pues sus viejas leyes y costumbres, el “adat”, variaba en cada tribu, y por tanto tenían que ser reemplazadas por la shariá (ley) islámica. Viajó por todo Daguestán, predicando abiertamente contra el vicio, rompiendo con sus propias manos las grandes tinajas de vino que se vendían en el centro de las ciudades. Había que suprimir el “kanli”, las venganzas, y todas las injusticias tenían que ser juzgadas de acuerdo con la ley islámica. Sólo así, les dijo, podrían vencer sus viejas divisiones y conseguir la unidad para hacer frente a la amenaza de los infieles rusos.

En 1829 Ghazi Mullah consideró que sus “muridin” estaban preparados para la guerra. Había llegado el tiempo de la yihad. En una serie de encendidas alocuciones animó al pueblo para el “ghazwa”, la lucha armada: “¡Un musulmán debe obedecer la Shariá, pero todo su Zakat, todos sus Salat y abluciones, todas sus peregrinaciones a La Meca, no valen de nada si se hacen bajo la mirada Rusa. Vuestros matrimonios son ilícitos, vuestros niños son bastardos, mientras quede un solo ruso en vuestras tierras!” Los jeques islámicos de Daguestán reunidos en la mezquita de Ghirmi lo aclamaron como imam y le prometieron su apoyo. Marcharon tras Ghazi Mullah, cantando el grito de guerra de los muridin: “La ilaha illa Alá”.

Los rusos habían desplazado colonos a la región y el proceso de limpieza de musulmanes de sus tierras había comenzado. Para protegerlos habían construido fortalezas militares, en Grozni, Khasav-Yurt, Mozdok y en las planicies del norte.

Ghazi Mullah atacó y tomó el fuerte ruso de Vnezapanaya. Durante todo el período 1827-1859 se sucedieron las escaramuzas entre los montañeses y las fuerzas zaristas. Estas últimas llegaron a talar bosques enteros donde se ocultaban los guerrilleros, quemaron los cultivos y destruyeron 61 ciudades.

Pero lentamente los “muridin” se tuvieron que replegar a las montañas. Ghazi Mullah decidió hacerse fuerte en Ghimri. Después de un amargo asedio, con numerosas bajas en ambos bandos, las tropas rusas entraron en la ciudad identificando a Ghazi Mullah entre los muertos.

El León de Daguestán
Tras la muerte de Ghazi Mullah, su discípulo más influyente, el imam Shamil (1796-1871), el León de Daguestán, se convirtió en otro “murshid” (maestro), quizá el dirigente más conocido de la resistencia montañesa contra los rusos.

Gravemente herido en Ghimri, Shamil había logrado romper el cerco y huir con los supervivientes para reemprender la lucha. Marchó hacia Sakli, una villa rural junto a los ríos helados del alto Daguestán. Fue aclamado como el Imam al-Azam, el dirigente de todo el Cáucaso y aprovechó su influencia para imponer la paz entre las distintas tribus musulmanas de la región, hasta entonces enfrentadas entre sí.

Había nacido en el seno de una familia noble de Avar, el mismo pueblo en el que había nacido Ghazi Mullah y donde apacentaba el rebaño de ovejas de su familia. Tampoco era, pues, checheno. Con Ghazi Mullah había sido discípulo de Muhammad Yaraghi, el maestro que enseñaba a los jóvenes que no bastaba con la pureza espiritual, sino que, además, debían combatir con las armas en la mano para hacer prevalecer la ley de Alá, la sharía, sobre las leyes paganas de las diferentes tribus del Cáucaso. Tan sólo entonces Alá les daría la victoria sobre los rusos.

El levantamiento se inició en Daguestán, región contra la cual los rusos lanzaron su ataque en 1831. En la ciudad de Ashilta, al tiempo que los rusos se aproximaban, 2.000 muridin juraron sobre el Corán defenderla hasta la muerte. Después de una encarnizada lucha en las calles, los rusos la tomaron y destruyeron, sin poder apoderarse de ningún prisionero.

Las operaciones militares prosiguieron entre 1832 a 1839. Shamil recurrió a la guerra de guerrillas ante la imposibilidad de ganar una batalla frontal contra los bien preparados y numerosos ejércitos rusos. Dividía al enemigo, lo atraía a remotas montañas y bosques para caer sorpresivamente sobre él en ataques fulgurantes. Moviéndose con una extraordinaria rapidez, los guerrilleros engañaban al enemigo y le asestaban golpes por sorpresa. Pero tenían que defender las ciudades que, a pesar de sus fortificaciones, eran vulnerables a los asedios con la moderna artillería.

Los rusos llegaron a lanzar al combate hasta medio millón de mercenarios contra los guerrilleros de Shamil, que envió peticiones de ayuda a los dos principales dignatarios musulmanes del mundo; al Sultán de la Sublime Puerta, que además de mandar en el Imperio Otomano, ostentaba el título de Califa (Comendador de los Creyentes) y, como tal, era el dirigente espiritual del mundo islámico. Y al Emir de La Meca, Guardián de los Santos Lugares del islam. Ni uno ni otro prestaron ninguna ayuda a Shamil, que en 1859 fue derrotado. El último grupo de 400 guerrilleros se entregó a una formación rusa de 40.000 hombres, bajo el mando del general Baratinski. Como renocimiento a su heroísmo, el zar permitió a Shamil conservar su espada. Confinado al sur de Moscú, se exilió luego en Estambul con su familia y falleció el 4 de febrero de 1871 durante una peregrinación a La Meca.

Los supervivientes sólo pudieron seguir viviendo en las montañas. Convencidos de que serían difícilmente asimilables, los rusos les presionaron para que emigraran hacia el Imperio Otomano. Entre 1858 y 1864, unos 500.000 miembros de distintas tribus caucasianas se refugiaron en Turquía, Siria y los Balcanes.

Los chechenos consideran a Shamil como su héroe legendario. Basaiev, uno de los dirigentes islamistas que a finales del siglo pasado volvió a luchar contra los rusos en Chechenia, tomó de él su nombre de pila. Pero, en realidad, Shamil es el héroe de todos los pueblos montañeses del Cáucaso y de todos los musulmanes. La Naqshbandiya sufí mantiene actualmente un museo en Pakistán en el que se veneran sus reliquias y fue la inspiración ideológica de los talibanes afganos contra la intervención soviética a partir de 1979. Allí se entrenó Basaiev en los campamentos que organizó la CIA.

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