La conciencia de clase: El único muro contra la barbarie.
Por André Abeledo Fernández
Hoy más que nunca, nos quieren convencer de que las clases sociales son un concepto del siglo pasado, un anacronismo guardado en los libros de historia junto a la máquina de vapor. Nos bombardean con términos como «clase media», «emprendedores» o «colaboradores», etiquetas diseñadas cuidadosamente en despachos de marketing para que el trabajador no se reconozca en el espejo como lo que es: un explotado.
La pérdida de la conciencia de clase no ha sido un accidente; ha sido una operación de cirugía estética política ejecutada por el sistema. El capitalismo ha logrado que el obrero no solo vote a su verdugo, sino que aspire a serlo. Nos han vendido el «individualismo meritocrático» como la nueva religión, mientras la precariedad se convierte en el paisaje cotidiano de nuestras vidas.
La realidad es tozuda. Da igual cómo te llamen en la oficina o cuántos filtros uses en Instagram; si tu supervivencia depende de vender tu fuerza de trabajo para que otro acumule capital, eres clase trabajadora. Y si no eres consciente de ello, estás desarmado.
La conciencia de clase es entender que tus problemas no son individuales, sino colectivos. Que tu alquiler abusivo, tu salario de miseria y tu sanidad desmantelada no son mala suerte, sino el resultado de una guerra de clases que los de arriba nunca han dejado de librar.
Ellos sí tienen conciencia de clase; ellos se organizan, legislan y rescatan sus bancos mientras a nosotros nos piden «apretarnos el cinturón».
La falsa izquierda, esa socialdemocracia que se pierde en batallas simbólicas mientras olvida la mesa de comedor de las familias trabajadoras, ha sido cómplice de este borrado de identidad. Se han disfrazado de modernidad para ocultar que han renunciado a tocar las estructuras de poder. Han cambiado la hoz y el martillo por el logo de diseño, y la lucha por el consenso con las élites.
Recuperar la conciencia de clase es el primer paso para la resistencia. Es volver a los barrios, a los centros de trabajo, a la solidaridad vecinal. Es comprender que solo la unidad de quienes lo producen todo puede frenar a quienes nos lo roban todo. Sin conciencia no hay organización, y sin organización solo somos individuos aislados esperando el próximo golpe del mercado.
Es hora de dejarse de eufemismos. No somos «consumidores», somos trabajadores. Y nuestra fuerza no reside en nuestra capacidad de compra, sino en nuestra conciencia de que el mundo se mueve porque nosotros lo empujamos. Toca despertar, toca recordar quiénes somos y, sobre todo, de qué lado de la barricada estamos.
André Abeledo Fernández

