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China instrumentaliza el vehículo eléctrico para fortalecer su posición monopolista en los mercados

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Suena muy extraño decirlo, pero uno de los acuerdos aprobados en el reciente Congreso del Partido Comunista de China es el de la reconversión “verde” de la industria, hasta ahora acusada de contaminante. También aquí China transita hacia las corrientes dominantes en occidente, donde desde pequeños nos inculcan el “buen gusto” por lo limpio, lo renovable y lo ambientalmente correcto, en donde nunca aparezca el denostado CO2.

En China el buque insignia ecologista es el coche eléctrico. Dentro de 20 años en China ya no habrá vehículos impulsados por derivados del petróleo, pero la promoción de la nueva generación de vehículos de transporte tiene muy poco que ver con la ecología. Como la mayor parte de las iniciativas “verdes” que se vienen impulsando desde finales de los ochenta, reestructuraciones tecnológicas y fuentes alternativas de energía, el coche eléctrico es un mecanismo de concentración de capital a escala mundial.

En la mayor parte de las últimas reconversiones tecnológicas y energéticas las “tierras raras” entran como materia prima. Se llaman así a 17 elementos químicos que están en las televisiones de plasma, los móviles, microprocesadores, las lámparas “led”, las baterías, los generadores eólicos, paneles solares, radares, sistemas de guiado de misiles…

Las tierras raras se hicieron famosas con la campaña del coltán, de la que ya casi nadie se acuerda. Pero hay más, como el lantano, el cerio, el neodimio… Tienen propiedades magnéticas, térmicas, ópticas y catalíticas de las que carecen otros elementos químicos y, a pesar de su nombre, son abundantes en la corteza terrestre, pero difíciles de refinar.

Son el petróleo de China, la auténtica potencia mundial, por lo que las tecnologías “limpias” están promoviendo al monopolio chino, del que las demás potencias corren el riesgo de depender si no buscan alternativas. Hay otros países con importantes reservas, como Brasil, Estados Unidos, India o Australia, pero las de China se calculan en casi la mitad de las existentes en el mundo, aunque no se puede hacer una estimación muy aproximada porque están sometidas a un estricto secreto.

En 1927 los chinos descubrieron los yacimientos de Bayan Obo en Mongolia Interior, que se empezaron a explotar en la década de los ochenta. El padre de la bomba atómica china, el químico Xu Guangxian, le propuso a Deng Xiaoping instrumentalizar las reservas chinas de tierras raras como mecanismo de presión internacional.

Una década después la producción china de tierras raras había sobrepasado a la estadounidense y comenzó a verder grandes cantidades en los mercados mundiales para abaratar los precios y arruinar a la competencia. Logró arruinar a la multinacional estadounidense Molycorp que en 2002 tuvo que cerrar la mina californiana de Mountain Pass.

Entonces China ya dominaba un 95 por ciento de la producción mundial y empezó a imponer cuotas a la exportación con la excusa de proteger sus reservas y frenar la contaminación que provoca el proceso de depurado. La disputa sobre el Mar de China Meridional acentúa las restricciones hacia Japón y la intervención china en el mercado mundial de estas materias primas.

Ante el creciente carácter estratégico y la subida de los precios, se reabre la mina Mountain Pass y Mount Weld en Australia. Al mismo tiempo, Estados Unidos denuncia a China ante la Organización Mudial de Comercio por imponer cuotas de exportación que en 2015 se pronuncia contra China.

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