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La Ruta de la Seda: cuando ‘el corazón del mundo’ era un cruce de caminos

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La Ruta de la Seda es el nombre que en 1877 dio el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen a una red de corredores de 7.000 kilómetros que unían Xian, en China, con Antioquía, un puerto turco del Mediterráneo oriental. El Camino de Santiago era el último apéndice de un recorrido que, por la otra vertiente, llegaba hasta Filipinas.

La seda era la mercancía más valiosa que circulaba por dichos corredores y durante mucho tiempo los chinos la utilizaban como moneda de cambio. Hoy se llamaría la Ruta del Oro. Ellos eran los únicos que conocían el secreto de su fabricación, que era monopolio del Imperio. Pero la gama de productos era muy variada: jade, ámbar, almizcle, piedras preciosas, coral, lino, lana, porcelana, armas, mármol, especias…

En las caravanas las mercancías se portaban a lomos de caballos, camellos, dromedarios o en carros tirados por yaks, cada uno de los cuales soportaba cargas de hasta 140 kilos, formaban largas hileras con miles de carros, personas y animales.

Los griegos y romanos hablaban del “País de Seres”, un antiguo pueblo de Asia central (los “sedosos”) que fabricaba seda. Plinio el Viejo habla de ellos como personas altas, rubias y de ojos azules en lo que hoy son regiones de China, como el Turkestán oriental, habitado por uigures, donde se han descubierto enterramientos de noreuropeos con muchos miles de años de antigüedad.

Algunos arqueólogos remontan su origen al paleolítico. Las primeras crónicas chinas hablan de ella desde el siglo II antes de nuestra era, durante la dinastía Han. En occidente la conocemos gracias al relato de Marco Polo, un comerciante italiano, que en el siglo XIII la recorrió durante 25 años. Eso fue posible por su socio, Kublai Khan, hijo de Gengis Khan, es decir, al Imperio Mongol, edificado sobre los distintos eslabones de la Ruta en el siglo XIII y que llegó a ser el imperio continental más grande de la historia. Durante algún tiempo dio unidad política a aquel sistema arterial, desde Corea hasta el Danubio, en plena Europa.

Los corredores decayeron en el siglo XIV tras la caída del Imperio Mongol y en el siglo siguiente con la colonización de América, que a su vez fue consecuencia de la dominación turca sobre el Mediterráneo oriental, que cerró las vías a los mercaderes occidentales. El auge de la técnica de navegación marítima y la época de las grandes expediciones, reduce la importancia de la Ruta de la Seda.

Hace un par de años el profesor de historia de la Universidad de Oxford, Peter Frankopan, publicó un libro sobre las Rutas de la Seda, en plural (1), que fue duramente criticado por el diario The Guardian (2). En su obra el historiador la define como el “corazón del mundo” para remarcar la subjetividad de los relatos occidentales, donde es normal que nos cueste entender las religiones, las migraciones, las Cruzadas, el comercio internacional o el dinero.

Algunos expertos en “geoestrategia” consideran a esta región del mundo, Eurasia, como el factor clave de la diplomacia rusa. Para ellos el Kremlin debería mirar a oriente más que a occidente. En definitiva, una buena parte de la región formó parte de la URSS hace hace bien poco. Pero actualmente está bajo la influencia económica de China como en otras épocas del pasado. Hoy la seda es gas y petróleo.

Entre los siglos VII y X, cuando imperaba la dinastía Tang, Xian era una urbe gigantesca de unos dos millones de habitantes, diez veces más que Constantinopla o Córdoba. En comparación con otras, era mucho mayor que Nueva York hoy.

En los oasis el recorrido estaba jalonado de ciudades que, al mismo tiempo eran fortalezas militares. En su entrada había gigantescas “áreas de servicio” con restaurantes, moteles de carretera, mercadillos, bazares, baños… Se edificaban en torno a corralas o patios cerrados con cuadras en los bajos para alimentar, dar descanso y cambiar o relevar (“relay”) a los animales de tiro. Cuando estaban dentro de las ciudades se llamaban “khan” (casa en persa) y en turco “han”. En otro caso, si estaban en plena ruta, se llamaban “caravanserai” en persa, un término derivado de las palabras “karvan” (caravana) y “saray” (palacio). En castellano existió hasta hace muy poco la palabra “venta” que tuvo ese sentido múltiple de comercio, restaurante y hospedería.

También cumplían el papel de las aduanas, donde los sogdianos cobraban un peaje a los mercaderes, un tributo que les permitió levantar las imponentes ciudades de Samarcanda y Boujara. Los sogdianos eran un pueblo indoeuropeo, iraní, de origen escita, asentado en la fronteras de los actuales Uzbekistán y Tayikistán. Compraban, vendían, traducían y cambiaban monedas. Fueron ellos los que difundieron el conocimiento, la técnica y religiones como el nestorianismo, el maniqueísmo, el budismo, el judaísmo, el cristianismo y el islam. Lo mismo que el Camino de Santiago, la Ruta de la Seda era un lugar de peregrinaje para los budistas.

La Ruta de la Seda nunca tuvo un carácter exclusivamente comercial. Por ejemplo, siempre fue una universidad (“universitas”). Las enormes caravanas de mercadores iban fuertemente protegidas por ejércitos privados y los sabios de todas las épocas aprovechaban para acompañar en las expediciones. Unos comerciaban y otros aprendían, de donde viene la leyenda bíblica de los Reyes Magos de Oriente que seguían las estrellas (la Vía Láctea).

Pero el conocimiento no sólo circulaba por la Ruta como la sangre por las venas. Lo que la leyenda quiere decir es que -esencialmente- el conocimiento es un recorrido o, como decía Aristóteles, un camino. Por eso cuando se habla de un pensador, se hace referencia a su “trayectoria”. En términos antropológicos, es una romería, un remedo de las antiguas peregrinaciones. Los toxicómanos dirían que es un “viaje”.

La leyenda quiere decir también que el origen del conocimiento está en oriente y que los occidentales se apoderaron de él. Pero nuestra soberbia nos impide reconocerlo así. Grecia no es la cuna de eso que llaman “civilización occidental”, ni de la filosofía, ni de la ciencia, ni del arte modernos. Hasta el Renacimiento, que retorna al clasicismo grecorromano, es consecuencia del auge comercial de las ciudades del norte de Italia en los últimos eslabones de la Ruta de la Seda.

El sabio crea a partir de lo que toma de otros. A lo largo de la historia la humanidad progresó aceleradamente gracias a que hasta hace bien poco tiempo no existía “copyright”, patentes ni derechos de propiedad intelectual o industrial. Los artistas y los pensadores siempre han robado mucho más que los bandidos. Desde finales del siglo XIX los exploradores que se adentraron en la región, además de apoderarse de los conocimientos ancestrales, se llevaron también las esculturas, las joyas y las obras de arte que ahora contemplamos extasiados en los museos de Londres, o de París, o de Berlín, o de San Petersburgo.

En 1895 el sueco Sven Hedin fue el primer explorador de las ruinas del desierto de Taklamakan, de donde se llevó todo lo que pudo cargar en su caravana. Entonces Europa creía que no quedaba nada de aquello, más que recuerdos transmitidos por vía oral. Los descubrimientos convirtieron a Hedin en un personaje de leyenda, uno de los aventureros europeos más conocidos de Europa, hasta que su apoyo al III Reich le arruinó la fama que tenía.

El británico Aurel Stein organizó cuatro expediciones entre 1900 y 1930. Fue de vacío y volvió cargado con 7.000 manuscritos y las telas que decoraban los templos y que hoy el turista puede contemplar en la British Library de Londres.

El francés Paul Pelliot exploró el Turkestán en 1908. En Kucha descubrió un gran número de textos búdicos, algunos de ellos en lenguas que entonces eran desconocidas. También compró numerosos manuscritos descubiertos las grutas de Mogao.

El Museo Etnológico de Berlín se inauguró con los saqueos del explorador alemán Albert von Le Coq, que viajó por el Turkestán chino. Se llevó frescos y paneles enteros de las grutas de Kizil. Vació por completo todos los templos que se encontró en su camino.

Ahora la Unesco ha declarado tramos enteros de la Ruta de la Seda como “patrimonio de la humanidad” que es tanto como decir que los dueños somos todos los seres humanos. Pero no ha hecho lo mismo con el Louvre, el Museo Británico o el Etnológico de Berlín, cuyos dueños son otros: los ladrones.

Parafraseando a Proudhon hay que admitir que la cultura es un robo. Me refiero a “nuestra” cultura, que no es nuestra, no es de nadie, no puede someterse al imperio de la propiedad privada y el “copyright”.

Juan Manuel Olarieta

(1) The Silk Roads: A New History of the World, Bloomsbury, 2015.
(2) https://www.theguardian.com/books/2015/sep/29/silk-roads-peter-frankopan-review

Caravanserai de Qalat El-Mudiq, en Siria

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