La Guerra de Siria ha cumplido ya siete años de destrucción, con 400.000 muertos, casi la mitad de la población fuera de sus casas y las infraestructuras básicas destruidas. La guerra no ha acabado ni tiene un final inmediato en perspectiva. Sólo está cambiando de forma. Los suplentes han dejado paso a los titulares.

Es tiempo más que suficiente como para, además de hacer balance, indagar por las causas y empezar a señalar con el dedo a los que escamotean las más claras evidencias bajo una red de tópicos y frases de “geoestrategia” vacía, de reparto del mundo o de contradicciones ficticias entre unas y otras potencias (“todos son iguales”).

Tampoco es suficiente aludir a la consabido argumento del petróleo, ni -por supuesto- la retórica de las ONG sobre la “dictadura” de Bashar Al-Assad.

El imperialismo está empeñado en destruir Siria porque siempre ha sido el eje central de la resistencia en Oriente Medio, muchas veces en las peores condiciones de aislamiento de los propios países árabes y pagando un precio muy elevado.

Siria siempre ha defendido la unidad de los países árabes y en los tiempos de Nasser llegó a fusionarse con Egipto para crear la República Árabe Unida.

Es uno de los pocos países, por no decir el único, que ha asumido la defensa de los intereses árabes, por ejemplo los palestino, como cosa propia, lo que le ha costado tres guerras con Israel en 1948, 1967 y 1973, aunque quizá sería mejor hablar de una guerra permanente con Israel, además de la pérdida de una parte de su territorio: los altos del Golán.

Cuando en 1975 nadie fue capaz de enfrentarse a la ocupación por Israel del sur del Líbano, fue el gobierno de Siria quien frenó una alianza de los cristianos con los sionistas y obligó a éstos retirarse. De esa manera no sólo liberaron a Líbano sino a los palestinos que estaban refugiados en el país.

El gobierno de Siria se volcó en apoyar a Hamas y fue un refugio para su dirección, incluido Jaled Mechaal, que vivió en Damasco durante 15 años, a pesar de lo cual en 2011 la organización palestina traicionó la confianza de los sirios.

Lo mismo cabe decir del PKK y otras organizaciones kurdas, que vivieron durante décadas bajo la protección del gobierno de Siria, al que finalmente acabaron traicionando.

El caso de Hezbollah e Irán también demuestra que en Oriente Medio los movimientos antimperialistas se unen a Siria, tanto como Siria a ellos.

La diferencia con los kurdos y Hamas, es que Hezbollah e Irán se mantienen fieles a la lucha contra el imperialismo.

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