«Los comunistas amamos la vida. Por eso, deseando allanar el camino hacia una vida realmente libre, plena y radiante, no vacilamos en sacrificamos, pues la vida de rodillas, la vida encadenada, esclavizada, humillada, no es verdadera vida, sino una existencia vegetativa, indigna del hombre. Los comunistas amamos al hombre; por eso no titubeamos en obrar en contra de nuestros propios y mezquinos intereses personales, para que el hombre libre, sano y radiante pueda obtener, al fin, un puesto digno de él bajo el sol. Los comunistas amamos la libertad. Por eso no vacilamos ni por un momento en sometemos a la disciplina más severa de nuestro partido, a la alta disciplina del ejército del camarada Lenin, con el fin de alcanzar la libertad para la humanidad entera. Los comunistas amamos el trabajo creador, el futuro creador de la humanidad; por eso no titubeamos en destruir aquello –pero solamente aquello– que se alza como un obstáculo en el camino de los grandes energías creadoras del hombre. Los comunistas amamos la paz; por eso luchamos. Luchamos contra todas las causas que engendran la guerra, luchamos por una organización del mundo en que no pueda haber criminales capaces de lanzar a millones de seres a la muerte. Los comunistas amamos a nuestro pueblo. Sabemos que la humanidad no podrá ser libre mientras haya un solo pueblo sometido al yugo de otro. Y no escatimamos ni nuestras fuerzas ni nuestra propia vida en la lucha por la total liberación de nuestro pueblo, para que éste, como igual entre iguales, viva libre entre los pueblos libres del mundo». (Julius Fučík; ¿Por qué amamos a nuestro pueblo?; Colección póstuma de artículos, 1948)

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