La «peligrosidad» del Foro de Sao Paulo es que EE.UU. le teme a sus resultados y potencialidades, como alternativa de lucha para buscar formas de integración y enfrentar la ofensiva imperialista. Foto: The Telegraph

Francisco Arias Fernández

¿Por qué el gobierno de Estados Unidos y su maquinaria de guerra mediática se empeñan en demonizar al Foro de Sao Paulo? ¿Por qué repiten una y otra vez que significa «una amenaza a la democracia», que es un aparato «unificador del comunismo», o «la confluencia de la izquierda y los grupos terroristas de toda Iberoamérica»?

El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz había advertido en 1996 que uno de los principales escollos que enfrentarían los esfuerzos unitarios e integracionistas continentales era que «Estados Unidos no está interesado en lo más mínimo en que América Latina se integre económica y políticamente, puesto que llegaría a ser un grupo de países, realmente, poderosos; tendrían un lugar en el mundo mucho más que el que tendría un continente balcanizado y sometido, donde las más estratégicas áreas de la economía y de los servicios caigan en manos del capital extranjero, y caigan, en definitiva, bajo el control de Estados Unidos, como hoy prácticamente los medios de divulgación masiva que tanto conspiran contra nuestra cultura (…)».

Muestra del desprecio de EE. UU. y su actual administración por la integración, unidad y solidaridad entre los pueblos de Nuestra América que promueve el Foro de Sao Paulo es la ofensiva de Donald Trump y la derecha neoliberal de la región contra la soberanía, la independencia, la paz, sus intereses y aspiraciones, para lo cual ha recrudecido sus agresiones y amenazas contra las conquistas integracionistas y solidarias, los gobiernos progresistas y de izquierda.

Priorizar su política injerencista y de garrote contra la región, enarbolando la «Doctrina Monroe» y el neoliberalismo ha dejado de ser una idea del cavernícola asesor de Seguridad Nacional John Bolton, para convertirse en una decisión ejecutiva mediante golpes blandos, parlamentarios, militares, judiciales, guerra económico-comercial, diplomática, mediática y de todo tipo, que se han recrudecido en los últimos meses.

Pero la declaración de guerra contra la integración y la unidad no es una disposición reciente. La persecución y las operaciones abiertas o encubiertas contra todo intento de agrupamiento o emprendimiento unido se actualizan por el Consejo de Seguridad Nacional y la Comunidad de Inteligencia con relativa sistematicidad.

Desde el propio surgimiento del Foro de Sao Paulo, en 1990, ha sido un propósito despedazar o derrumbar mecanismos integracionistas, gobiernos progresistas, organizaciones de izquierda o crearle todo tipo de obstáculos a líderes indiscutibles de nuestros pueblos, un acápite permanente en las actualizaciones de las estrategias de la Casa Blanca.

Un gobierno ultraconservador, encabezado por magnates, halcones y torturadores, que ha reivindicado no solo que lo primero es Estados Unidos, eslogan fascistoide que los ha enfrentado al resto del mundo; en pleno siglo XXI mantiene en sus principales directivas de política exterior que su «traspatio» –fuente de importantes riquezas– tiene que estar dividido y sumiso porque es para los norteamericanos, específicamente para los monopolios energéticos, de minerales, alimentos y otros rubros.

El «nuevo momento americano» de Trump tiende a sustituir el diálogo por la fuerza militar; las alianzas por muros aislacionistas; a expulsar de EE. UU. a millones de latinoamericanos que trabajan y viven en ese país desde hace años; a enjaular emigrantes de cualquier edad, a separar familias, torturar niños; a desatar los nudos de los tratados comerciales y renegociar mediante el chantaje y la guerra económica en perjuicio de los pueblos; a despojar a los estados de las propiedades y recursos naturales estratégicos que les quedan; a reposicionar a la OEA como un activo instrumento golpista y servil, fundamental en su ofensiva contra la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y Petrocaribe, algunas de las conquistas indiscutibles de los esfuerzos integracionistas del Foro.

«PECADOS» IMPERDONABLES

En contra de la corriente y del compromiso asumido por los mandatarios de América Latina y el Caribe en el 2014, de encontrar soluciones pacíficas a las controversias, respetar la soberanía, fomentar las relaciones de amistad, la cooperación y una cultura de paz, los enemigos del Foro buscan desesperadamente
aumentar sus bases militares, incrementan su presión e influencia sobre los ejércitos de la región, atizan maniobras y ejercicios bélicos en áreas estratégicas o fabrican pretextos para nuevas invasiones.

Los detractores del Foro no le perdonan la promoción de los diálogos de paz, procesos que no valoran como el cese del derramamiento de sangre, del sufrimiento y la muerte, o como el único camino hacia la consolidación de la región en una Zona de Paz, sino como fuente de «enormes victorias políticas» a sus adversarios que no pueden admitir. Por ello atentan contra los avances logrados en Colombia.

Consideran que la desmilitarización, que es una demanda universal no solo del Foro de Sao Paulo, es una trampa en contra de los privilegios históricos de militares ávidos de poder, ejércitos golpistas y las oligarquías que los manipulan; y mienten descaradamente al acusar a la izquierda de atentar contra la soberanía al ser partidaria de los tratados comerciales, lo que mezclan con supuestos guiños al Fondo Monetario Internacional por gobiernos progresistas que son chantajeados o presionados por esa instancia, cuando son precisamente los gobiernos neoliberales los entreguistas y cómplices del despojo y la pérdida de soberanía.

Entretanto, el Congreso estadounidense –a propuesta de legisladores antilatinoamericanos como Marco Rubio, Mario Díaz Balart, Ileana Ross y otros– aprueba decenas de millones de dólares para los fabricantes de mentiras que respaldan sus planes maquiavélicos contra Nuestra América, y en especial contra Venezuela y Cuba, protagonistas de las ideas unitarias de Bolívar y Martí, que Washington se empeña en enterrar. Esa parte de los dineros de la subversión, que por lo general se queda en la Florida, llega en menor escala a cabecillas y mercenarios, expresidentes anexionistas que se prestan para el coro neoliberal y cobran decenas de miles por maniobras propagandísticas y conferencias como supuestos representantes de no se sabe qué ONG, con mensajes enlatados Made in USA.

No es casual que para demonizar el Foro y sus conquistas sean recurrentes las campañas mediáticas a través de la CNN en español, El Nuevo Herald, El País de España y la red del complot dirigida desde Washington y varias capitales europeas que incluye a casi todas las principales televisoras, emisoras radiales, periódicos y sitios digitales del continente, en manos de grupos editoriales con nombres en español, y propietarios estadounidenses o millonarios latinoamericanos o europeos.

La «peligrosidad» del Foro de Sao Paulo es que EE. UU. le teme a sus resultados y potencialidades, como alternativa de lucha para buscar formas de integración y enfrentar la ofensiva imperialista y de las oligarquías de la región que golpean y empobrecen aún más a nuestros pueblos, que pese a la guerra abierta y encubierta de Washington salen a las calles a protestar contra las injusticias como lo hacen en Brasil y Argentina, o a votar masivamente contra el neoliberalismo y por quienes defienden a los pobres de la Tierra, como lo hicieron recientemente en Venezuela y México a pesar de las agresiones, mentiras y miedos generados por el entramado internacional de la desinformación.

Constituye un «peligro» que sean los países del ALBA y no las clínicas estadounidenses los que en diez años logren el milagro de que más de 3 millones de latinoamericanos recuperaran la visión, que más de 5 millones fueran alfabetizados o que gracias a los esfuerzos y los cambios promovidos por los gobiernos progresistas y de izquierda decenas de millones de personas salieran de la pobreza extrema, en la región que el neoliberalismo ha convertido en la más pobre y desigual del planeta. Son solo algunos de los «pecados» imperdonables.

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