Fernando M. García Bielsa

El presidente estadounidense Donald Trump es justamente blanco universal de críticas y rechazo. Todo lo que se pueda decir del personaje como ente repugnante, extravagante y reaccionario es poco. Sus groserías, exabruptos verbales y buena parte de las políticas que propugna o ejecuta justifican ese rechazo y, ciertamente desprestigian a la presidencia de ese país. Pero sus twits y payasadas no deben impedirnos ver algo más allá.

Ha habido un sobredimensionamiento del peso de la figura, los actos y la personalidad de Trump a la hora de analizar lo que ocurre en EE.UU., lo cual desvía la atención y hace perder de vista muchos factores fundamentales y lo que está en juego en el seno del imperio.

Aquí pretendemos ubicarlo en el momento y las realidades que le han dado vida, y no dejar fuera de la escena las poderosas y también reaccionarias fuerzas que en ese país se le oponen, de modo que sopesemos las consecuencias de lo que pretenden unos y otros. No es tarea fácil y no pretendemos ser conclusivos ni limar todas las aristas de una coyuntura compleja y de una presidencia bastante inédita y contradictoria. A ninguno de quienes seguimos esta situación nos corresponde asumir el relato manipulador ni la retórica de Trump ni de quienes se le oponen, incluyendo los grandes medios de difusión. Eso sí, entre todos, se necesita prestar mayor atención, como asunto central, a las divisiones y fracturas que existen al seno de la clase dominante de EE.UU.

Una parte de las políticas del actual gobierno en realidad no son nuevas. Son las típicas políticas imperialistas y que fueron antes impulsadas y aplicadas por los presidentes y gobiernos que le antecedieron, tanto republicanos como demócratas y que se enmarcan en la desvergonzada pero enraizada pretensión de que son una nación predestinada por la providencia, excepcional en el mundo, con lo que se escudan para salvaguardar indefendibles injusticias domésticas o guerras criminales. Se hace evidente que la esencia del “excepcionalismo” estadounidense es la pretensión de que pueden hacer lo que quieren en el mundo debido a que lo estarían haciendo por ‘buenas razones’.

Así la decisión primaria de trasladar a Jerusalén su embajada en Israel no es del actual gobierno: fue un acuerdo por mayoría abrumadora en el Congreso en 1995, acogido por todos los presidentes, aunque postergada su ejecución por cada uno de ellos. Ahora bien aunque la decisión sigue siendo geopolíticamente riesgosa, complace en un aspecto clave a la influyente base evangélica republicana del presidente.

El muro en la frontera con México tampoco es algo nuevo; cogió impulso en aquella década con Bill Clinton, construido por tramos de cientos de kilómetros como parte de la llamada Operación Guardián (Gatekeeper) y actualmente cubre unos dos tercios de la frontera. Aparte que con este proyecto Trump también complace a gran parte de sus adherentes resentidos y xenofóbicos, seguramente generará un muy jugoso negocio, sobre todo para algunos grandes capitales que lo apoyan.

La política antiinmigrantes es de larga data y es un tema manipulado de manera oportunista por la mayoría de los políticos yanquis. Ante los anuncios, exabruptos y declaraciones racistas del Presidente, Obama y los demócratas han pretendido mostrarse como defensores de los inmigrantes, cuando durante esa y otras administraciones millones fueron deportados, se hacían redadas y la frontera fue fuertemente militarizada.

Con descomunales partidas se aumenta cada año el presupuesto militar debido a la inmensa influencia política del llamado Complejo Militar-Industrial. Mayorías abrumadoras de ambos partidos aprueban esos gastos. Ante la propuesta del Presidente en 2017 de aumentar el presupuesto en unos $54 mil millones de dólares, el Congreso aumentó la parada y finalmente aprobó $100 mil millones, con lo que el presupuesto militar llega a los $700 mil millones: casi el 40% de los gastos militares del planeta.

Lo anterior no es en defensa de Trump sino para constatar, y hay muchos más ejemplos, que muchas de las políticas que impulsa su gobierno, son parte de ese actuar en buena medida consensuado que se corresponde con la naturaleza explotadora, imperialista y racista del sistema.

Fracturas sociales como importante pivote del triunfo electoral Aparte de la impronta que le añade Trump, su propia elección y parte de la exacerbación de las políticas del imperio norteño, son un reflejo del declinar o pérdida de la hegemonía de antaño. Accidentes al margen y entre muchos otros factores, su elección fue posible debido al casi universal rechazo popular a las élites de Washington y de Wall Street, a las notables fracturas sociales en el país, bajo el impacto acumulativo de la globalización y el neoliberalismo, la ‘sobre expansión imperial’, los excesivos gastos militares y el desmesurado crecimiento de la especulación y las inversiones no productivas, bajo los imperativos del mercado. De ahí se deriva una sostenida disminución del ritmo de aumento de la productividad en muchos sectores de la industria, aumento de empleos parciales y mal pagados, el deterioro del status de la clase trabajadora y de regiones enteras que se sienten abandonadas y han visto reducir sus condiciones de vida sin que aprecien que el gobierno o el Congreso se preocupe por ellos.

Y ahí aparece un hábil demagogo, un empresario exitoso y sin antecedentes en la política, pero en definitiva un hombre del sistema, que con ayuda de algunos grandes magnates conservadores y de muy extendidas redes de agrupaciones de derecha en todo el país y, ciertamente en las zonas rurales, logró desplegar una eficaz campaña y capacidad para manipular los resentimientos y temores de millones.

Esa base de apoyo (junto a intereses millonarios en sectores como los bienes raíces, de la construcción, de la explotación minera, y otros) está en las profundidades del país, en estados rurales, sectores empobrecidos hartos de los políticos y de la élite del país, quienes se sienten víctimas de la globalización, del abandono gubernamental y que son empujados a buscar chivos expiatorios por sus problemas y reducción de sus niveles de vida y que sienten como que su mundo se viene abajo. Un ambiente propicio para cierto tipo de populismo nacionalista sigue siendo una de las más poderosas fuerzas en la política del país.

Parte de ello es la promesa de hacer de nuevo a los Estados Unidos grande y exitoso, de hacer regresar los puestos de trabajo y los capitales que se han fugado al exterior, y su capacidad de redirigir contra chivos expiatorios y a su favor las angustias de muchos. Al mismo tiempo, desde su base, muchos elementos racistas y ultranacionalistas se han sentido empoderados y reverdecen su activismo.

Se dice justamente que Trump no es el cambio sino fruto de esos cambios y esas contradicciones; un síntoma de la crisis. Como acabamos de indicar, el desespero y disgusto de millones tiene raíces sociales profundas – y demográficas, regionales, políticas – de modo que sin Trump o después de él, el fenómeno persistirá. Los Estados Unidos es aun el país más poderoso, pero los cambios geopolíticos, el impacto acumulativo de una excesiva sobre expansión imperial le están pasando la cuenta.

Además, internamente, se venía produciendo un creciente activismo y exacerbación de tendencias conservadoras en el país. Con las fuerzas que acompañan al actual mandatario, ha cuajado también un añejo proceso de empoderamiento de sectores de la llamada nueva derecha entre los republicanos, que tiene como contraparte un similar proceso de derechización entre los demócratas.

La pérdida de sensibilidad de los partidos del sistema, de los hacedores de política en Washington y de los que detentan el poder real se pusieron de manifiesto en las elecciones de 2016 y es parte importante de lo que explica por qué Trump se impuso sorpresivamente tanto en la nominación republicana como en las elecciones de noviembre, cuando claramente no era el favorito del ‘establishment’.

Ocurrido eso, algunas mentes lúcidas previeron o apuntaron la hipótesis que con Donald Trump asistiríamos –durante un tiempo- a un cierto margen de autonomía de un Ejecutivo arisco en el férreo marco de unos lineamientos de política interior y exterior cuya continuidad estaría, en lo esencial, garantizada por aquellos actores centrales que configuran el “poder real”.

Ahora bien, el magnate no actúa sólo, ni al servicio de una minúscula elite. Representa a grandes capitalistas norteamericanos. Es importante notar que muy poderosos intereses agrícolas y de agro negocios han estado históricamente alineados con los republicanos. La salida del acuerdo climático juega con la fuerte determinación e intereses de desarrollar la producción de hulla, petróleo, gasoductos, etc. , todos contaminantes… Muchas corporaciones se beneficiarán con los masivos fondos y subsidios que se destinarían a la modernización de las infraestructuras del país.
Sin dudas, la actual administración, compuesta por elementos clave de la clase empresarial, llevará a cabo políticas internas que dañarán extensamente el bienestar de las clases populares – al margen de su palabrería acerca de que gestiona el regreso al país de capitales y puestos de trabajo.

Que una personalidad como él haya llegado a la presidencia es también reflejo de la tremenda fragmentación que existe en la sociedad estadounidense, en momentos de su declinación económica e imperial, declinación que por el momento no llega al punto de dejar de ser el país más poderoso del planeta. La declinación se refleja de manera desigual en la sociedad, con decenas de millones cuyos estándares de vida se han visto seriamente afectados.

Imposible, y además innecesario, referir aquí todas las barbaridades que ha dicho en su año y medio como presidente, ni siquiera las que dice en un trimestre, ni cuantificar las veces que miente, como algunos pretenden. Tampoco las muchas acciones contrarias a los patrones lógicos del quehacer de la política en su país y a los análisis habituales. Creo que aquí entran, aparte de su personalidad e irreverencia, el zigzagueo a que está obligado en medio del pulseo que tiene lugar en los círculos del poder.

Por otra parte, tomemos nota que, son tan brutales y descarnadas muchas de sus declaraciones y sus políticas, despojadas de la cobertura edulcorada y engañosa de su predecesor, que resulta ser un vocero del imperio que concita muy extendido rechazo y con el potencial de generar mayor concertación de adversarios tanto dentro de EE.UU. como en la esfera internacional.

En parte de lo antedicho y en lo que sigue, si se quiere, partimos de consideraciones que desafían o se distancian de lo “políticamente correcto”, pero también de lo anecdótico.

Por todo lo repugnante, arrogante y pretencioso que resulta el personaje, queremos tener un acercamiento a lo que se esconde o se presupone que se esconde detrás de sus estridencias y sus giros ‘impredecibles’ de política. Es sabido que en lo que se ve (o se escucha) casi nunca hay correspondencia con la realidad de un fenómeno.

El Presidente en su laberinto

Por muy lógico que sea el rechazo que genera, casi que se ha establecido una visión estereotipada acerca del actual presidente norteamericano, que no ayuda a un análisis serio. En estas líneas queremos ubicar el fenómeno Trump en el contexto que le ha dado origen y en hipótesis acerca del complejo marco en que se desempeña.

Este reaccionario personaje debe ser repudiado en sí y como cabeza del imperio, pero sin perder de vista la cualidad también maligna de muchos de sus adversarios políticos, que incluyen republicanos, demócratas y otros que desde hace algún tiempo han asumido el rol de “partido de la guerra”; la gran prensa manipuladora; las agencias de seguridad; recordar que el procurador que lo investiga no es figura inocente sino un ex jefe del FBI, etc. No se debe descartar sin embargo que si el Presidente se viera arrinconado pudiera llegar a ser un factor verdaderamente peligroso.

De entrada descarto la tesis de un personaje mentalmente desequilibrado. Aunque por momentos pareciera que actúa por impulsos, hay que considerar el marco en que se mueve, las presiones que enfrenta, en medio de muy poderosos y bien asentados centros de poder y poderes en la sombra, y sin que cuente siquiera con el respaldo de una parte de su propio partido. Como resultado se estaría dando una mezcla de políticas reaccionarias e impresentables que son de su cosecha, con otras que ha debido asumir en medio de tales presiones cruzadas.

No me caben dudas que llegó a la nominación republicana y al triunfo electoral sin ser el candidato favorito del llamado establishment; sin el consenso, como ha sido habitual, de la oligarquía del país, sobre todo de sus segmentos financiero y transnacional. Aun desde antes de ganar la presidencia ha enfrentado una brutal campaña como no se ha visto antes con un presidente en etapa tan temprana.

Aunque ha sido atacado por una inmensa pluralidad de asuntos y conjeturas, parto de la convicción que el tema de las supuestas conexiones con Rusia, que ha sido central y permanente en la campaña (acompañada de los entes que lo investigan y amenazan procesarlo), ha sido esencialmente montado para impedir el acercamiento con Moscú, poner a Trump a la defensiva y obligarlo a atemperarse a las políticas básicas del interés de la élite.

Un elemento esencial que guía a una parte de sus oponentes es la pretensión o la necesidad de mantener un clima de guerra y de tensiones, a lo que por momentos el Presidente parece acomodarse, aunque también ello se confunde o trastoca dado el concepto negociador y hábitos del mismo de lanzar grandes amenazas como via de ablandar a sus adversarios antes de pasar a una negociación, libre de ataduras y acuerdos multilaterales.

Otro ejemplo, en el mismo sentido ha sido su aparente inconsecuencia y oscilaciones con los nombramientos en el gabinete y asesores en la Casa Blanca, asunto en que obviamente de entrada se vio forzado a sustituir figuras de su entorno por otras más del gusto del establishment o de sectores opuestos de su propio partido, para luego maniobrar, volver a la carga y reinstalar otras más de su confianza y entorno.

El pulseo con el establishment permanece irresuelto y se supone que sólo con las elecciones de medio término las aguas cogerían su nivel en un sentido o en el otro. Aunque el presidente ha debido congeniar con algunos de esos intereses, no caben dudas de sus habilidades ante el cerco mediático y judicial, y no ha dejado de defenderse como gato boca arriba o, incluso, de tomar con frecuencia la ofensiva.

Por el momento el gobierno se ha beneficiado con una momentánea pero marcada recuperación económica, aunque existen opiniones divididas sobre la consistencia de la misma. Algunos autores estiman que el repunte sólo encubre la explosividad financiera subyacente.

Aunque el grueso de los círculos financieros y de Wall Street apostaban por Hillary Clinton, con el cursar de los meses de la presidencia de Trump muchos cambiaron de opinión y apoyan las políticas de este que les han permitido obtener desregulaciones financieras de su preferencia, reducciones de impuestos que deseaban y otros estímulos.

Asimismo, todo parece indicar que Trump sigue apelando y cuenta con considerable apoyo de muchos de los que le dieron el voto en la pasada elección. Mediante una descarnada confrontación con la gran prensa que lo ataca, pretende mantener la fidelidad de sus bases de la “América Profunda”. Defenderse y twitear es una necesidad de él en medio de la puja que se está dando en Washington. Debe tomarse nota de que un 40% -o incluso un 30%- del respaldo que registran algunas encuestas sería equivalente a los que por él votaron en noviembre de 2016. Fue una elección donde, como es habitual, votó un 50% y algo más de los electores, con lo cual basta aproximadamente (y así le bastó a casi todos sus predecesores) un 27% del electorado para ser electo presidente.

Se maniobra para corregir el rumbo

Al nivel de algunos círculos influyentes ha devenido sentido común la noción de que las políticas en curso, sobre todo la proyección imperial para mantener a toda costa la pretensión de conservar la primacía a nivel planetario ha estado minando al país y contribuyendo a su declinación. Asumen la conveniencia de fortalecer al imperio a través de una estrategia que contemple “mayor desarrollo interno y menos desastres externos”. Parece abrirse una etapa de reordenamiento de fuerzas con perspectivas todavía inciertas, en la medida que esta estrategia se despliega en sus inicios sin un amplio consenso.

Según no pocos analistas, Trump y los círculos que lo apoyan representarían una opción distinta para “salvar el sistema”, pero muy compleja en el marco de los poderosísimos intereses creados en torno a la economía de guerra, los más que pujantes círculos financieros y las transnacionales en el marco de la globalización, y otros. De ahí la puja intra oligárquica.

De mucho peso deben ser sus respaldos cuando, por ejemplo, al asumir el cargo, el presidente dio marcha atrás al Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica (TTP), pieza central de Obama en su política de reafirmación del poder económico y militar en la región del Pacífico, cambiando con ello parte de las reglas de juego global de las que han sido máximos beneficiarios desde la década del ’70 hasta la actualidad. Ello se conjuga con sus pasos para desentenderse de las obligaciones multilaterales, tener las manos libres y gestionar los acuerdos comerciales en un marco bilateral donde el peso específico y las presiones de EE.UU. se impongan.

Para reducir perspectivamente el sobredimensionamiento de los compromisos globales de EE.UU. y contar con recursos para encausar el desarrollo doméstico, renovar las infraestructuras, la explotación de energía (muchas de ellas contaminantes), o el regreso de las inversiones de capital, el actual mandatario necesitaría cierto reacomodo y reducción de tensiones sobre todo con Rusia, y también China, países que nunca ha descrito como enemigos mortales sino, más bien, como competidores. En septiembre de 2016 declaró formalmente: “Estoy proponiendo una nueva política exterior dirigida a hacer avanzar los intereses nacionales de los Estados Unidos, promover la estabilidad regional, y producir un alivio de las tensiones en el mundo”.

En lo que aquí analizo coincido y podría citar a muy respetados analistas, como es el caso de Michael Klare, experto en estos asuntos y habitual crítico del Presidente, quien afirma y da este título a un reciente artículo: “Es un error asumir que Trump no tiene una estrategia de política exterior” coherente. Y agrega que “sus discursos de campaña electoral y sus acciones desde la presidencia, incluyendo su reciente aparición con Putin en Helsinki, reflejan su adherencia a un concepto estratégico medular: la urgencia de establecer un orden mundial tripolar”.

Esa proyección no puede emprenderla de inmediato ni de manera lineal cuando el país tiene tropas desplegadas en más de un centenar de países, con múltiples compromisos de gobierno e internacionales, presupuestos aprobados y en general como heredero de patrones y programas puestos en marcha por sus predecesores.

Ese empeño sería también trasfondo de la puja que tiene lugar en Washington.

Un ejemplo son las expresiones de Trump tanto durante la campaña electoral como recientemente, en las que afirmó que el envío de tropas al Oriente Medio fue un gran error, “casi equivalente a lanzar ladrillos en un avispero”. ¿Pueden descartarse como frases demagógicas o meramente muestra de oportunismo político? ¿Fue ello demostración de un individuo caprichoso o que “no las piensa”? No está claro. Lo que no hay dudas es que él y varios de sus aliados en el gobierno son fuerzas polarizantes dentro de la élite y de la política del país.

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