El discurso del presidente norteamericano Donald Trump este martes, en la agnu, estuvo cargado de incoherencias y una fuerte retórica al estilo de la Guerra Fría. Foto: El Clarín

Más allá de toda irracionalidad posible, el discurso del presidente Donald Trump este martes en la Asamblea General de Naciones Unidas, parece salido de una burda historia de ficción, que nos devuelve a la retórica de la Guerra Fría. Si no fuera algo tan serio, hasta daría risa.

Sus palabras iniciaron con alabanzas a lo que calificó como «extraordinarios logros» de su mandato en dos años, «como ninguna administración anterior»: desarrollo de su economía, la bolsa más alta de la historia, la disminución del desempleo, el inicio de la construcción del muro con México y un poderío mayor de las fuerzas militares de su país como reflejo de una nación cada vez más rica y poderosa.

En política exterior, con una mezcla de cinismo y falta de sentido común, afirmó que EE.UU rechaza el «mundialismo» y vuelve al «patriotismo», justificando así otro de sus logros –el paso de la capital de Israel a Jerusalén–, además de anunciar nuevas sanciones para aislar a Irán, confirmar que mantendrán las ya establecidas e informar que el Ejército Islámico «sediento de sangre» ha sido expulsado de los territorios gracias a las fuerzas militares de su país y a sus alianzas en Iraq y Siria.

Como si fuera poco, Trump dijo que su gobierno está permitiendo en Yemen y Siria «avances y un cambio histórico» y que la tragedia que ocurre en este último le «rompe el corazón», calificando de «horrible» el acuerdo nuclear de 2015 con Irán.

En su retórica nacionalista, no podrían faltar las alusiones a la guerra comercial contra China, con la que su país –afirmó– solo defendía sus intereses y por tanto, no pediría perdón. “Estados Unidos no permitirá que se aprovechen de él más”, recalcó.

Sobre el tema migratorio, anunció que no participaría del nuevo Pacto Mundial sobre Migración y que solo haciendo respetar las fronteras nacionales pueden frenarse los fenómenos que esta genera: el flujo de la droga, el crimen y la violencia.

Al Consejo de Derechos Humanos de la ONU lo trató como «una vergüenza», y a la Corte Internacional de Justicia y otros organismos multilaterales los calificó de «espacios burocráticos administrados por la ONU».
Del magnate norteamericano no se podría esperar otra cosa. Es inédito –hasta hoy– que un presidente haya empleado el escenario más importante de diálogo mundial, para arremeter en tono desafiante contra el comunismo y el socialismo, culpándolos de los males del mundo e instando a combatirlos.

Anunció sanciones adicionales contra Venezuela y algunos miembros de lo que nombró el «régimen venezolano», refiriéndose después a Cuba como «patrocinadora», «financista» y «aliada» de este. «Todas las naciones del mundo deben resistir el socialismo y la miseria que trae a todos», indicó.

Puso la hegemonía en estrado al reiterar que analizaba meticulosamente la asistencia extranjera, porque EE. UU daba mucho y ahora solo la darían a quienes los respetasen y sean sus amigos.

En un plenario que por momentos reía ante las aberraciones del jefe de la Casa Blanca y que solo al final le dio un tibio aplauso protocolar, casi imperceptible y de unos pocos, se le escuchó hablar de «pasión por la paz», lo cual resulta aún más indignante viniendo de quien todo el tiempo desafía, manipula, advierte, señala con el dedo, amenaza y provoca más guerras de todo tipo.

A los que como Cuba caminan en la construcción y defensa de un proyecto social que pone como centro al hombre y extiende su mano a los que lo necesitan, nada le asombra y mucho menos le asustan las incoherencias y desatinos del señor del Norte. Debería aprender un poco de historia y mirar más allá de sus narices, para ver a la humanidad pedir a gritos muchas de las bondades que el socialismo promueve y edifica.

Bertha Mojena Milián

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