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Nuestra clase ante el ciclo electoral y la lucha por el poder

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Por Santiago Baranga | Octubre de 2018

Se avecinan nuevas elecciones (locales, autonómicas y europeas en 2019 y, en teoría, generales en 2020), y de nuevo asistimos a los consabidos juegos de bambalinas, transformismos varios y puñaladas por la espalda a lo ancho del espectro político. De nuevo, en la izquierda, la presunta recuperación de identidades con fecha de caducidad, los golpes de pecho y los “no es no”… hasta que la aritmética y el reparto de sillones digan lo contrario.

Ya llevamos unos meses asistiendo al bochornoso espectáculo de una izquierda institucional en plena descomposición, carente de alternativa, cada vez más desideologizada y alejada de las masas y, por añadidura, al parecer en barrena electoral. Madrid, Galicia, Andalucía… han ido mostrando, progresivamente, las gravísimas carencias de unas «confluencias» que, como ya analizábamos en 2014, solían ser poco más que la suma de individualidades, “activistas” lanzados al estrellato a los que, por buenas y honestas intenciones que pudieran tener, finalmente la ingenuidad, el electoralismo y, por lo general, abundantes dosis de oportunismo han estrellado contra el muro del régimen monárquico.

Sin negar ciertos avances en la municipalización de servicios, lo cierto es que lo que ha predominado con mucho ha sido el continuismo, incluyendo la defensa de intereses privados frente a las demandas populares (como en Ferrol), o el populismo de pandereta y cirio (como en Cádiz).

Pese a ello, todo el arco “ciudadanista” se empeña en renovar la fórmula con la esperanza de amarrar al electorado más fiel. Ya no se trata de «asaltar los cielos», sino simplemente de salvar los muebles (y la cara) con un mensaje abiertamente electoralista. Y si el turnismo PP-PSOE ha conseguido rehacerse en buena medida de las sacudidas de 2014 y 2015, también la izquierda reformista ha vuelto al redil y a no aspirar más que a conservar algo de poder municipal y ser la muletilla del PSOE en los niveles más elevados que le sea posible.

De cara al próximo ciclo electoral, sin embargo, el contexto político ha variado significativamente, situando a toda la izquierda ante una cruda disyuntiva: por un lado, la derecha política y mediática ha desencadenado una brutal ofensiva contra el gobierno Sánchez, incluso al precio de poner al descubierto todas las miserias del Estado monárquico, con la intención de desestabilizarlo y hacerlo caer; un objetivo que se ve más cercano a medida que se reactiva el conflicto catalán, con Arrimadas hablando de “comandos” independentistas y Casado proponiendo abiertamente ilegalizaciones, en una operación calcada de la llevada a cabo en el País Vasco, mientras Torra sitúa el punto de mira en los Presupuestos Generales del Estado (PGE) y tanto los jueces amigos como los medios de intoxicación pasan página a los escándalos del PP.

Por otra parte, salvo los guiños y preacuerdos con el “ciudadanismo” de Unidos Podemos y cía. -dictados por la cercanía de los mencionados PGE-, las políticas avanzadas por el Gobierno Sánchez no han hecho, hasta ahora, más que indicar una línea de continuidad respecto al pasado inmediato. A lo sumo, se han iniciado algunos debates de poco calado real (la exhumación del dictador, por ejemplo, que ha ensombrecido el problema político fundamental ligado a la memoria histórica), mientras se conservaba (e incluso se llegaba a hacer declaraciones explícitas en este sentido) las mermas en derechos democráticos y laborales, la política exterior, el modelo de Estado, la relación con la Iglesia, etc., etc.

Así pues, la izquierda reformista se ve en la tesitura de alejarse de Sánchez, facilitando su caída y el regreso al poder de una derecha que ha reafirmado sus raíces franquistas con el Máster Casado, o bien aferrarse al supuesto progresismo de la típica política de gestos de los socioliberales, para justificar su apoyo frente al “mal mayor”; un remedo del «Que viene la derecha» felipista, pero desde la oposición. Como suele suceder en estos casos, es de suponer que asistiremos a un “quiero y no puedo”, un cobarde “ni contigo ni sin ti” que parecerá insuficiente a algunos y defraudará a muchos. Por eso, todo parece indicar que la izquierda volverá a votar con la nariz tapada para intentar parar a una derecha que, después de cuarenta años de concesiones, seguidismo y “no meneallo” desde la izquierda, está más crecida que nunca.

Esto último ya debería servir como demostración de la futilidad de semejante política, y sitúa a las fuerzas revolucionarias frente a nuestra debilidad organizativa y ante la necesidad perentoria de crecer para avanzar. El reformismo no ha detenido jamás al fascismo. Y es que, sobre todo, el doble factor que diferencia la situación política respecto al optimismo de 2014-2015 es la aguda crisis del régimen, por un lado, y el crecimiento del fascismo (en los partidos de derecha y en la calle) por otro. Lo primero es evidente por cuanto la operación Felipe VI está demostrando ya sus limitaciones para salvaguardar la imagen de la Corona, pero también cuando queda al descubierto el lodazal en el que se desarrolla la “Justicia” monárquica: no sólo por sus ya manifiestos vínculos con las cloacas del Estado, sino por toda la retahíla de sentencias escandalosas que han ido llenando portadas y redes sociales durante los últimos años. Igualmente, la intensificación de la “pulsión fascista” en PP y C’s, y la tolerancia o el aplauso hacia las manifestaciones y ataques fascistas son un síntoma de que la burguesía se va inclinando cada vez más hacia soluciones de fuerza, completando en lo político las agresiones llevadas a cabo en el ámbito económico y social. Por eso, es estúpido pensar que el fascismo ha sido “despertado” por el independentismo catalán: es la burguesía la que “despierta” a las bandas fascistas cuando ve en peligro su dominio, venga este de las nacionalidades, del movimiento obrero o de donde sea.

En consecuencia, es urgente que la izquierda se aparte de los tejemanejes del sistema político monárquico y se sitúe seriamente en el terreno de la lucha por el poder. De nada sirven los hipócritas y electoreros llamamientos a un “referéndum” (que no consulta popular) sobre la República, a sabiendas de que el régimen no lo va a convocar salvo que esté en juego la legitimidad de la actual distribución del poder político y económico. Otra cosa son las consultas que promovemos desde el movimiento republicano, con un objetivo eminentemente político y organizativo, y al margen de la legalidad monárquica.

Erróneo es, asimismo, situar el horizonte político en la inmediatez de las elecciones, como viene haciendo la izquierda institucional desde hace décadas. Por desgracia, no se vislumbra la posibilidad de avanzar, en lo inmediato, hacia una Unidad Popular con un programa rupturista, y capaz de actuar en diferentes ámbitos y escalas para forzar un cambio de régimen. Por eso, las próximas convocatorias electorales deben servir, fundamentalmente, para desarrollar la táctica de la izquierda rupturista y para promover propuestas que sirvan para construir la unidad sobre esas bases. A lo sumo, si es posible situar representantes electos a nivel local, es necesario colocar la organización y no la institución en el centro de la actividad política para servir a los objetivos antedichos. En estos momentos clave, en los que la batalla empieza a ser ya abiertamente contra las tendencias fascistas (con o sin traje), la izquierda no puede perderse más en el localismo, la institucionalización y, por ende, la falta de perspectiva.

Nuestra función principal, hoy, es definir ante nuestra clase los objetivos políticos y promover la organización y la táctica necesarias para llevarlos a cabo.

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