Marx vs Bakunin

«En la segunda hoja, «Los principios de la revolución», se encuentra desarrollada la orden dada en los Estatutos secretos de hacer que «no quede piedra sobre piedra». Hay que destruirlo todo para producir «el amorfismo perfecto», pues si se conserva «una sola forma vieja» se convertirá en «el embrión» del que renacerán todas las demás formas sociales viejas. La hoja acusa a los revolucionarios políticos, que no toman en serio este amorfismo, de engañar al pueblo. Les acusa de haber levantado:

«Nuevas horcas y nuevos caldasos, en los que han ejecutado a los hermanos revolucionarios escapados de la matanza. (…) Los pueblos no han visto hasta ahora una verdadera revolución. (…) Para la verdadera revolución no hace falta individuos que marchen al frente de la multitud y que la manden, sino hombres ocultos invisiblemente en ella, que liguen invisiblemente una muchedumbre con otra y den así invisiblemente una sola y misma dirección, un solo y mismo espíritu y carácter al movimiento. La organización secreta preparatoria no tiene más que este sentido y sólo para eso es necesaria».

Ahí tenemos pues, denunciada al público y a la policía rusa la existencia de los «hermanos internacionales», tan cuidadosamente ocultada en Occidente. Más adelante, la hoja predica el asesinato sistemático y declara que para los hombres de la obra revolucionaria práctica, todos los razonamientos acercan del porvenir son:

«Criminales ya que impiden la destrucción pura y traban la marcha de la revolución. Sólo tenemos confianza en quienes manifiestan con hechos su fidelidad a la revolución, sin temer las torturas ni los encarcelamientos, y negamos todas las palabras que no van seguidas inmediatamente por la acción. No necesitamos más de la propaganda sin objetivo, de la propaganda que no determina con precisión la hora y el lugar en que deben realizarse el objetivo de la revolución. Antes al contrario, nos estorba y emplearemos todas nuestras fuerzas para contrarrestarla. (…) Obligaremos a callar por la fuerza a todos los charlatanes que no comprendan eso».

Las mismas amenazas han sido dirigidas a los refugiados rusos que no se han inclinado ante el papado de Bakunin y que él ha calificado de doctrinarios.

«Rompemos todo vínculo con los emigrados políticos que no quieran volver a su país para incorporarse a nuestras filas, y mientras nuestras filas sigan siendo secretas, rompemos con todos los ayudar a que aparezcan públicamente en el escenario de la vida rusa. Hacemos una excepción con los emigrados que se han manifestado como obreros de la revolución europea. No haremos más peticiones ni lamentos. (…) Quienes tengan oídos y ojos oirán y verán a los hombres de acción, y si no se suman a sus filas, no seremos los culpables de que se pierdan; de la misma manera, no seremos los culpables de que los que se ocultan entre bastidores sean aniquilados fríamente, implacablemente junto con los bastidores que se ocultan».

Bakunin es aquí perfectamente claro. Mientras que ordena a los refugiados, bajo pena de muerte, regresar a Rusia en calidad de agentes de su sociedad secreta –siguiendo el ejemplo de los espías rusos, que les ofrecieron pasaportes y dinero para ir allí a conspirar–, él se concede a sí mismo una bula papal para seguir tranquilamente en Suiza como «obrero de la revolución europea» y para trabajar en la redacción de manifiestos que comprometen a los desdichados estudiantes que la policía tiene encerrados en sus cárceles.

«No admitiendo ninguna otra actividad que no sea la destrucción reconocemos que las formas en que debe expresarse esta actividad pueden ser extremadamente variadas: veneno, puñal, nudo corredizo, etc. La revolución santifica todo, sin distinción. ¡Así, pues, el campo está abierto. (…) Que todas las mentes sanas y jóvenes emprendan inmediatamente la santa obra de la destrucción del mal, de la depuración y la ilustración  de la tierra rusa por el fuego y por la espada, uniéndose fraternalmente a quienes hacen lo mismo en toda Europa».

Agreguemos que, en esta proclamación sublime, el bandolero inevitable figura en la persona melodramática de Carlos Moor –de Los Bandidos de Schiller– y que el número 2 de la Justicia del Pueblo, al citar un pasaje de esta hoja, la denomina textualmente «una proclama de Bakunin».

Nadie se atreverá a poner en duda que estos panfletos rusos, los Estatutos Secretos y los escritos publicados en francés por Bakunin desde 1869 provienen de la misma fuente»(Karl Marx y Friedrich Engels; La Alianza Internacional de la Democracia Socialista y la Asociación Internacional de los Trabajadores; Memoria y documentos publicados por acuerdo del Congreso de la Haya de la Internacional, 1873)

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