Rafael Andrés Álvarez Fernández. – Soy de la generación que creció bajo la magia indescriptible de las luces y el audio que repetía hasta el infinito su voz, la que se sorprendía ante el silencio casi sepulcral de los millones de personas que escuchaban sus discursos de pie, sin titubear, sin abandonar su lugar; a la que padres y vecinos llamaban la atención con mirada severa por hacer un ruido innecesario pues el “Jefe” estaba hablando; la del niño que miraba a veces sin comprender pero comprendiendo, como los ojos vigilantes del pueblo, de su pueblo, velaban para descubrir y neutralizar a cualquier enemigo infiltrado en la multitud que intentara realizar cualquier acción contra Fidel en su Plaza, la de la Revolución, la que él hizo del pueblo y la seguridad infinita de saber que nadie se atrevería porque había millones de Fidel multiplicados en la multitud.

Crecí como tantos otros, viendo un país que se construía desde las ruinas de un sistema explotador, el que segregaba a la mayoría por todas las razones posibles, el sexo, color de la piel, clase social, etc., y que solo unía a unos pocos por el tamaño de su billetera o los apellidos de abolengo, mientras los otros, como mis padres, vivían relegados a barrios de miseria y salarios de esclavos, conformándose con migajas de un oropel que no existía nada más que en sus sueños.

Vi en ese parto, a mi madre llevándome de la mano a las escuelas nocturnas creadas por Fidel para alcanzar el sexto grado y después el noveno, escolaridad que nunca hubiera logrado en el desgobierno anterior, o sacando la licencia de conducción y ser de las primeras mujeres taxistas en Cuba o participar con la Cruz Roja en la asistencia a los participantes en las grandes concentraciones populares de la época, cosa impensable para un sector apartado históricamente al papel de ama de casa o esposa dependiente, salvo raras excepciones y todo eso, gracias a Fidel.

Jugué y estudié como muchos de mi generación, en los Palacios y Campamentos de Pioneros creados por Fidel, donde se desarrollaba y estimulaba nuestras vocaciones; el de las escuelas al o en el campo, un anhelo martiano llevado a la práctica por Fidel, que vinculaba el estudio con el trabajo, se aprendía a honrar la labor del campesino y a no ser una generación de pedigüeños, sino de hombres dispuestos al trabajo.

Aprendí a sentir con Fidel, el primer Martiano de Cuba, que no hay mayor satisfacción que el deber cumplido, aún con la probable ingratitud de los hombres; aprendí a hacer realidad con Fidel, que Patria es Humanidad, porqué desde tu tierra se hace más grande el mundo cuando se sirve al bienestar de los demás, incluso a costa de tu propia vida; aprendí con Fidel, a echar mi suerte con los pobres de la tierra, porque son los que nada tienen y a los que el gran capital ignora; aprendí con Fidel que en Silencio Ha Tenido que Ser, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas; aprendí con Fidel la necesidad impostergable de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas, los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.

Aprendí con Fidel, a entender la rapacidad imperialista y luchar contra la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia; aprendí con Fidel que una idea justa desde el fondo de una cueva es más fuerte que un ejército; aprendí con Fidel que “¡El honor no se negocia, la patria no se negocia, la dignidad no se negocia, la independencia, la soberanía, la historia, la gloria no se negocia!”.

Aprendí de Fidel que “…nada podrá aplastar la Revolución, pero sabemos también que cada esfuerzo nuevo que hacemos nos hace más fuertes, hace a nuestra Revolución más fuerte, hace a nuestra Revolución más segura y hace a nuestra Revolución más libre; hace a nuestro pueblo más dueño de su destino…!”; aprendí de Fidel que “…toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”, porque él –pudiendo aspirar a todas las glorias– nos dejó el inmenso legado de su humildad, entrega, dignidad, honor, sacrificio y devoción por todos nosotros.

A él le digo: ¡Gracias, Fidel! Y, a ustedes, que han tenido la deferencia de conocer mi por qué, les reitero que por todas esas cosas y muchísimas más que no cabrían en miles de cuartillas: ¡Yo Soy Fidel!

Tomado de Facebook

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