Maricarmen: la mataron los buitres y sus cómplices
Maricarmen ha muerto. Tenía 87 años, había vivido más de 70 en la misma casa, en el madrileño barrio de Retiro, y la echaron de ella un 23 de septiembre. Desde ese día permaneció hospitalizada. No volvió a vivir en su hogar y ahora ya no volverá nunca.
Un crimen con nombre y apellidos.
Digámoslo sin rodeos, porque la hipocresía institucional ya tendrá tiempo de hablar de «tragedia» y «lamentable desenlace»: a Maricarmen no se la llevó el destino. La desahuciaron unos buitres carroñeros, de esos que ven en una casa una cifra y en una anciana un estorbo. Y lo hicieron con el amparo de políticos que son todavía peores, porque ellos, al menos, no disimulan que su negocio es la rapiña. Los otros fingen que no ven lo que sus leyes y sus votos hacen posible.
Una tortura evitable de principio a fin.
Se logró, por fin, un acuerdo para que pudiese volver a la que fue su vivienda durante más de siete décadas. Pero llegó tarde. Llegó cuando el proceso ya había hecho su trabajo: una tortura que enfermó y agotó a una mujer de 87 años. Una situación absolutamente evitable. Nadie necesitaba echar a Maricarmen a la calle. Alguien decidió que hacerlo era legal, rentable y aceptable. Esa es la verdadera obscenidad.
No olvidemos con quién están.
Que nadie se lave las manos. PP, VOX, Junts per Catalunya, Aliança Catalana y toda esa basura ultraderechista están del lado de los buitres, siempre lo han estado y siempre lo estarán. Votan contra la vivienda digna, defienden la propiedad de los fondos frente al derecho a un techo y luego se ponen la corbata de la compasión cuando el cadáver ya está frío. Son cómplices. No hay otra palabra.
Maricarmen es un símbolo, pero antes fue una persona.
Su desahucio levantó una ola de movilizaciones por el acceso a una vivienda digna, y eso honra a quienes salieron a la calle. Pero no convirtamos a Maricarmen solo en bandera. Fue una mujer con una vida entera entre esas paredes y se la robaron en el último tramo de ella. Que su muerte no se archive como un caso mediático más. Cada día hay Maricarmen sin cámaras, sin manifestaciones y sin acuerdos de última hora.
Organizarse es lo único que nos queda.
Ni la caridad ni los lamentos nos devolverán a Maricarmen. Lo único que frena a los buitres es la organización de la clase trabajadora, el sindicato de inquilinas, la plataforma de afectados, el vecino que se planta delante de la puerta. Ellos solo temen una cosa: que el pueblo se una y se niegue a mirar hacia otro lado.
Descansa en paz, Maricarmen. Y a los que te mataron, ni perdón ni olvido.
Até á vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

