Baire, Sierra Maestra, 12-7-58-
[Al jefe de la Compañía G-4 del Ejército de la tiranía]

Sr. Capitán José Sánchez

Capitán:

Distinguido Militar:

Le acompaño adjunto la orden de evacuación a la población civil de Baire, que acabo de dirigir a los vecinos de esa localidad por motivos que en la misma se consignan.

Yo estimo que no tienen los militares derecho a atrincherarse en medio de las casas de familia, poniendo en riesgo las vidas de personas inocentes e indefensas. La prueba de que están ustedes conscientes del peligro de ataque, son las medidas de defensa que constantemente toman.

Luego, demuestra no albergar sentimientos de humanidad para con sus propios compatriotas expuestos a caer en medio del fuego.

No lo culpo a usted, pero es una odiosa costumbre que junto con otros muchos errores ha implantado un régimen tiránico y criminal, al que ningún militar de honor debiera a estas horas estar defendiendo.

No he querido atacarlo por sorpresa con las armas de que dispongo que incluyen bazookas y mortero 81, por consideración a las numerosas familias instaladas alrededor de sus defensas, y también por consideración a usted al que no quiero hacer objeto de un ataque sorpresivo sin advertirle mis propósitos.

Comprenderá el riesgo que están corriendo esos vecinos infelices que no tienen la culpa de la tragedia que la ambición y la maldad de un grupo de asesinos y ladrones sin escrúpulos ha hecho recaer sobre la patria.

A estas horas usted no puede ignorar toda la ignominia, la falsedad, el engaño y la corrupción que encierra la Dictadura, cuya caída es ya inevitable y no justifica la sangre de los soldados que están cayendo.

Si usted pudo informarse de lo que ocurrió en la carretera de Bayamo a Guisa, y tiene derecho a saberlo pues su compañía intervino desde esta dirección al final de los combates de Guisa, imagino habrá de repugnarle la forma en que se oculta la verdad a los soldados.

Usted estuvo a las órdenes de uno de los más pundonorosos y honrados comandantes del Ejército [José Quevedo], que sé lo aprecia y quiere a usted mucho. Quien fuera su jefe y cayera prisionero después de diez días de resistencia inútil abandonado a su suerte y difamado después por jefes desalmados y sin escrúpulos que están llevando a la ruina a los institutos armados, es hoy abanderado espontáneo y legítimo de esta justa causa, que se honra en contar con sus servicios, aunque no bélicos, porque no desea luchar contra sus amigos que están en el error, pero sí morales.

¡Cuántas vidas de amigos de usted y de él se habrían ahorrado si esa verdad la hubiese conocido antes! Usted, sin embargo, tiene ya suficientes elementos de juicio para conocerla. Las cosas ocurridas se la demuestran de manera inequívoca. Por lo tanto es muy grande su responsabilidad en estas circunstancias.

El Comandante Quevedo ignora que me dispongo a actuar sobre Baire y otros pueblos. Me es imposible hacer contacto con él para comunicárselo, ya que está en estos momentos algo lejos hacia el este y la espera podría ser perjudicial porque como usted podrá comprender perfectamente, los movimientos de tropas tardan poco en ser conocidos y la Dictadura dispondría de tiempo para movilizar sus refuerzos, siendo por ello norma nuestra actuar con la mayor rapidez.

Sin embargo, sé que él considerará que he sido caballeroso con usted al no efectuar acción alguna contra sus fuerzas sin aviso previo.

Lo que sí ignoro es cómo acogerá usted estas líneas. Ojalá lo ilumine su inteligencia, y su dignidad de hombre de bien le haga tomar una decisión valiente y patriótica, pensando sobre todo en lo triste que es sacrificar la vida de sus soldados sin honra ni gloria, porque el pueblo no le reconocerá ni hoy ni mañana ningún mérito y la tiranía ni siquiera se lo agradecerá. Ahorrará también la vida de los soldados que caerán cuando los envíen en socorro suyo, no porque les preocupen usted y sus hombres, sino para evitar que esas armas caigan en nuestro poder. Los hombres que mueran, a ellos no les importa, siempre que les quede el recurso de reclutar a cuanto delincuente y vicioso pulule por la República para ingresarlo en el Ejército por treinta pesos, que son como las treinta monedas que le pagaron a Judas.

Pero además de sus soldados, deben pesar el ánimo de esos vecinos, sus casas y sus modestos bienes que quedarán expuestos a una batalla que sería estúpida, cuando hay una posibilidad de que usted y nosotros nos abracemos en la misma causa que es la justa, que es como usted sabe muy bien, la de todo el pueblo de Cuba, que es al que deben lealtad los verdaderos soldados, los que no son mercenarios dispuestos a disparar contra su propia patria, sino hombres de verdadero honor.

Yo lo quiero conocer a usted, no como prisionero o vencido, que lo será ahora o en otra ocasión, en Baire o en otro pueblo, porque el destino de la tiranía es la derrota, en cuyo caso no será usted para nosotros tan digno de aprecio, porque a estas horas ningún militar cubano tiene excusa para desconocer la verdad, que ven incluso claramente los niños de cuatro y cinco años.

Le deseo abrazar a usted como compañero de lucha, como soldado valeroso que se une a una causa justa, como hombre humano que no sacrifica inútilmente y sin razón las vidas de sus hombres y la de los moradores de una población pacífica, que no tiene ninguna culpa de esta guerra.

Bien estaría que lo hiciera en defensa de la patria o por un motivo justo, pero repugnan los sacrificios de vidas que se hacen defendiendo una causa deshonrosa y criminal.

Hay que ser valiente para comprender con el prejuicio y abrazar lo que es justo [sic].

Le hablan los jefes de un honor que no tienen, de un compañerismo que no practican, de un deber que no cumplen, y han convertido las más hermosas frases y conceptos de la profesión de las armas en odiosos resortes que encadenan a muchos hombres a la muerte oscura o a una postración estúpida, mientras los que invocan esos conceptos a los hombres que están muriendo, acumulan millones tras millones sin escrúpulo alguno y viven alejados de los horrores de la guerra.

Hay que ser insensato para no rebelarse. ¿Por qué sacrificarse ni sacrificar a nadie a tanta desvergüenza? ¿Qué beneficios recibirán por ello los soldados y oficiales que arriesgan sus vidas, las que deben dedicar a algo más noble?

Sé que algunos de sus soldados no entenderán esto. Pero impóngase. Para eso es jefe. Lo que usted haga es lo que ellos harán, después se lo agradecerán eternamente.

Yo, como me preocupo hondamente por estos hombres que están sacrificándose a mi lado por un ideal, y sé lo que valen las vidas de cada uno de ellos, le agradeceré también cada gota de sangre que me ahorre, de un combate que si se libra va a ser sangriento. Cuba se lo agradecerá y se lo premiará. Solo por tan noble propósito me molesto en escribir tantas hojas y molesto la atención de usted.

Le hablo con toda honradez y espero que comprenda la nobleza y caballerosidad que encierran estas líneas y el porvenir grande y honroso que a usted y sus hombres les ofrezco antes de disparar un solo tiro.

Fraternalmente,
Fidel Castro R.

P. D. Su respuesta espero recibirla antes de las 11 de la noche del día de hoy, bien rechazando de plano la invitación que le hago, bien expresándome si desea más tiempo para considerarla, bien aceptándola.

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