La quinta movilización de los «chalecos amarillos» ha servido para conocer cuál es la correlación de fuerzas real: mitad y mitad. Mitad con el sistema (o dando una tregua al sistema) y la otra mitad manteniendo la movilización.

Tanto el gobierno francés como los medios de propaganda y las derechas, la clásica y la otra, han comenzado a hablar con gran placer de que el movimiento de los «chalecos amarillos» está «agotado» porque en París hubo menos gente que otras veces. Y lanzan elogios al pequeño Luis XVI por las migajas lanzadas el lunes y que han servido para eso con el inestimable apoyo sindical (como también está ocurriendo en Catalunya, por ejemplo, con los sindicatos oficiales yendo de la mano de los empresarios y el gobierno español).

Pero es una verdad a medias. Porque si bien es cierto que el despliegue policial fue abrumador (sólo en París hubo 8.000 policías) y que se hicieron requisas de chalecos amarillos y detenciones preventivas, otra vez, también es cierto que en el resto de Francia las movilizaciones no solo se mantuvieron sino que crecieron.

Es el caso de Toulouse, Lille, Burdeos, Lyon, Brest, Nantes, Marsella… Es decir, el sistema hizo todo lo posible porque París fuese la imagen del «agotamiento» de los «chalecos amarillos» -y todos los medios de propaganda lo han difundido hasta la náusea- mientras que en todas las otras ciudades, grandes y pequeñas, el movimiento ha seguido e, incluso, ha aumentado. Si no fuese así no se entendería que el primer ministro haya dicho ayer que «hay que liberar las rotondas». Si el movimiento está agotado, no hay por qué hacer llamamientos de este tipo. O sea, que el sistema aún está a la defensiva.

Para el sistema el objetivo principal era mostrar París en calma, lo que a su vez indicaría el «agotamiento» del movimiento. De ahí la impresionante cantidad de policías. Pero no lo logró. Son los irreductibles galos de Asterix quienes mantuvieron el pulso y que indica que el movimiento de los «chalecos amarillos» está lejos de morir.

Por eso el pequeño Luis XVI ha hecho otro gesto, más bien una provocación: ha anunciado que se congela el sueldo oficial, y tras él han hecho lo mismo los ministros aunque recalcan lo de «sueldo oficial» porque tanto ellos como los parlamentarios tienen muchas otras prerrogativas «gratis total», desde vuelos hasta residencias. Pero resulta que el sueldo del presidente es de 15.170 euros mensuales y el de los ministros 10.000, o sea, que cuando anuncian a bombo y platillo que el salario mínimo aumentará 100 euros (80 netos) ellos mantienen el suyo 10 veces más alto. Durante un mes los «chalecos amarillos» han denunciado la precariedad masiva y los bajos salarios, pero el presidente de los ricos hace un gesto simbólico y hay que aplaudir. Ministros, parlamentarios y demás ralea se benefician de salarios exorbitantes mientras la inmensa mayoría de trabajadores, parados, jubilados, jóvenes no llegan a fin de mes.

El Acto VI ya está convocado, añadiendo una reivindicación novedosa: el referéndum de iniciativa ciudadana que pese a estar aprobado desde 2015, nunca se ha puesto en marcha porque los diferentes gobiernos siempre se han negado con argumentos como que no se pueden dar soluciones simplistas a problemas complejos. Justifican que está en la ley, pero cuando llega la hora de ponerlo en práctica no lo hacen. A fin de cuentas ellos son los únicos capacitados y no los palurdos como los «chalecos amarillos».  Por eso los «chalecos amarillos» dan ahora un paso nuevo y que obligará, otra vez, a los partidos a retratarse. Porque con el referéndum, al estilo de Suiza donde es habitual para casi todo, se pueden hacer y proponer cosas como leyes o derogarlas, exigir la salida del parlamento de los políticos corruptos o que no cumplan sus programas, reformar la constitución o aprobar o no tratados internacionales.

Lo más interesante de esta semana, con serlo ya en sí el Acto V, es que al color amarillo le comienza a acompañar el rojo. Son los estudiantes quienes están aportando este color como consecuencia de la reacción masiva que está habiendo contra la policía a raíz de lo ocurrido en Mantes-la-Jolie, donde los esbirros obligaron a 153 chavales y chavalas a arrodillarse y poner las manos en la cabeza.

La respuesta es doble: por una parte, los propios estudiantes que salen a la calle así.

Por otra, las madres crearon la plataforma «No toques a nuestros hijos» que está obligando a todo el mundo a posicionarse, a favor o en contra de la policía. Y, por ahora, hay mucha más gente en contra que a favor. Y por eso la policía llora, como es habitual. Y es que son unos incomprendidos. Veréis. La CGT, presionada por las bases y en vista de lo que está ocurriendo, no sólo ha tenido que apoyar las «acciones locales» de este sábado -que no la de París-, sino que ha sacado un cartel que ha puesto a todo el mundo de los nervios. Este cartel.

Todos los sindicatos policiales, las derechas -la clásica y la otra- y el gobierno han pedido a la CGT que lo retire por considerarlo tanto un insulto como algo indignante para la reputación de los mamporreros. «Es extremadamente violento para nosotros. También tenemos hijos. Un oso de peluche ensangrentado agrede a toda la familia. Exigimos su inmediata retirada y que la CGT deje de odiar a la policía», dicen los sindicatos. «La CGT debe ponerse en el lugar de la policía», dice el gobierno.

La CGT ha tenido la decencia de no renunciar ni retirar el cartel. Su secretario de Comunicación ha respondido: «Que algunos policías se sientan mal lo podemos entender, pero ¿se sienten mal cuando los jóvenes son golpeados? Nos gustaría que estos mismos sindicatos condenen los abusos policiales, en lugar de tomar siempre la postura de defenderlos. Si este cartel contribuye a ello, es algo bueno».

Aquí tenéis una página donde se recogen esos abusos que no son indignantes ni para los mamporreros ni para el gobierno ni para las derechas, la clásica y la otra. Os pondré sólo algunas fotos y podéis juzgar y situaros, tanto en Francia como en el Estado canalla (más conocido como España) o en otros lugares porque el comportamiento policial es siempre el mismo.

Son cinco de los más de mil heridos que ha habido. Son Fiorina, 20 años, que puede perder la visión de un ojo; Thomas, 20 años, fractura de mandíbula; David, albañil de 40 años, fractura de mandíbula y pérdida de parte del labio superior; y dos chavales de 17 años sin identificar. Para ellos, y para tantos otros, no hay peticiones. Es lo que no indigna al poder. Es la represión en que se sustenta.

El Lince

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