Juan Manuel Olarieta.— Hace ya tiempo que los “bobos” arrastran los pies, lo que cumple el guión previsto al pie de la letra, lo mismo que el PCE cumplió el suyo durante la transición, antes de entrar en un coma muy profundo.

Estaba cantado porque ya no hay partidos políticos, tal y como se entendieron en el siglo XIX. Antes los partidos pretendían dirigir un Estado; ahora es el Estado quien dirige a los partidos. Se crean partidos “de ocasión” que, además, hacen de ello su seña de actuación política. Tienen el oportunismo como lema.

El “boberío” forma parte de esa corriente tan extendida que hace gala de oportunismo y reniega de la idea misma de partido, poniendo en su lugar otros sustitutivos asamblearios, desde la base, plataformas, convergencias, transversales…

Podemos fue uno de esos montajes “ad hoc” que nació para reconducir un movimiento espontáneo, como el 15-M, sacarlo de la calle y llevarlo al terreno de siempre: pacifico, electoral y legalista. En los tiempos de euforia Errejón lo definió como “una máquina de ganar votos”.

Las coaliciones políticas modernas no necesitan nada más, porque el resto les viene dado por el Estado. Lo mismo que Syriza en Grecia o LREM de Macron en Francia, son chiringuitos desmontables, de quita y pon, de un solo uso, en los que es imposible encontrar una mínima propuesta de principios. Todo depende de por dónde sople el viento. No tienen nada “en común”.

Nunca hemos sabido si en Podemos son monárquicos o republicanos, o si están a favor o en contra de la OTAN. Nacieron lanzando el cebo de exigir una auditoría de la deuda y la renta básica universal, pero ahora ya nadie se acuerda de aquello; ni siquiera ellos mismos.

Podemos desaparece antes de que experimente el gran batacazo electoral que le esperaba en su terreno de juego favorito: las urnas. Los gusanos se lo están devorando. Ya nadie quiere la marca “Podemos”, pero en Andalucía el cambio de logo tampoco les ha servido para nada.

Los problemas no se solucionan cambiando el logo, por muy electoralistas que sean.

Han acabado siendo un galimatías. Por todas partes, aparecen divergencias internas. En Cantabria el Parlamento autonómico ha tenido que disolver su grupo de tres parlamentarios porque eran incapaces de opnerse de cuerdo sobre nada. En Madrid, Errejón y Carmena le han hecho la cama y preparan su propia alternativa.

En el futuro quedará como un laboratorio contemporáneo de lo que es la política moderna, esa tan detestada, mediocre y superficial, un fango en el que revuelcan por igual los políticos, los periodistas y los licenciados recién salidos de la universidad. Demasiados títulos y ninguna expriencia laboral.

Detrás los “bobos” dejan la baba, un rastro imprescidible de decepción, el mismo que en los ochenta se calificó como “desencanto”. La transición había encantado a muchos que luego había que desencantar porque no basta con devolver a su casa a los que protestan. Deben marcharse quemados, amargados y renegando de sí mismos.

Para que el fascismo suba como la espuma se tiene que crear ese microclima de desesperación que se cuece entre engaños y desengaños.

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