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«Nuestro partido gozaba de autoridad y del apoyo de amplias masas. Y esto es natural puesto que el pueblo vio el valor y el heroísmo de los comunistas durante los inolvidables días de la defensa de Madrid, de Teruel y de las batallas del Ebro. El pueblo vio que el partido no se limitaba a corregir directivas y enseñanzas, sino que enseñaba el camino con el ejemplo. El PCE supo cómo comunicar su espíritu de autosacrificio y heroísmo a las masas. Durante las luchas ininterrumpidas, el PCE siempre mantuvo estrechos lazos con las masas. Por eso el PCE era amado por el pueblo español y continúa siéndolo. El PCE siguió una línea política justa durante la guerra nacional revolucionaria. Pero también cometió errores. El error principal de nuestro partido fue que frente a la amenaza de rebelión contrarrevolucionaria en Madrid –5 a 6 de marzo de 1939–, no la dio a conocer a las masas, y que no actuó tan enérgica y resueltamente cuando la rebelión ya estaba en marcha, tal como la situación difícil lo requería. Pero el partido siempre reconoció sus errores honradamente y esto contribuyó a fortalecer su prestigio y unión con las masas». (José Díaz; Las enseñanzas de Stalin, guía luminoso para los comunistas españoles, 1940)


Introducción de Bitácora (M-L)

En nuestra época, como ya expresamos, el legado del revolucionario sevillano José Díaz ha sido olvidado tanto por sus detractores como por sus pretendidos admiradores.

En este medio ya trajimos uno de sus documentos más importantes, su discurso en el VIIº Congreso de la Komintern de 1935, titulado: «Las luchas del proletariado español y las tareas del PCE», que a pesar de su notable importancia es desconocido para casi todo el público.

Más conocidas son los diferentes artículos y discursos de José Díaz concentrados en su compilación: «Tres años de lucha», publicado en 1947, el cual cuenta con una introducción de Santiago Carrillo, que en su versión de 1978 ya deja ver su verborrea eurocomunista haciendo notar diferencias fundamentales con el pensamiento del autor de la obra en cuestión.

En cuanto al presente documento de Díaz, es un breve artículo-reflexión sobre la influencia de Stalin en el pensamiento de los comunistas españoles de aquel entonces. Famosas fueron las palabras de éste último sobre el problema español al iniciarse la guerra civil.

«Al ayudar en lo posible a las masas revolucionarias de España, los trabajadores de la Unión Soviética no hacen más que cumplir con su deber. Se dan cuenta de que el liberar a España de la opresión de los reaccionarios fascistas no es asunto privativo de los españoles, sino la causa común de toda la humanidad avanzada y progresista». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Carta al Comité Central del Partido Comunista de España, 15 de octubre de 1936)

Esta obra de Díaz, puede encuadrarse junto a su otro artículo: «Lecciones de la guerra del pueblo español (1936-1939)» de 1940. Ambas pueden denominarse como uno de los pocos estudios que intentó hacer el Partido Comunista de España (PCE) de la transcendencia de la Guerra Civil Española, y de analizar las virtudes y defectos del partido en la misma. Recordemos que el PCE no abundaba de teóricos en exceso, el propio José Díaz sin ser un teórico per se, realizó este trabajo padeciendo una grave enfermedad y seguramente sacrificó parte de su salud en aras de realizar estos análisis y arrojar algo de luz ante la incapacidad manifiesta del resto de sus compañeros, que poco o nada aportaron a esta cuestión en los años venideros a la posguerra, y que se dedicaban más a eludir responsabilidades o a cargar las culpas en base a reticencias personales. Los otros trabajos de relevancia que cabe citar desde una óptica revolucionaria serían los escritos de Joan Comorera presentados ante la Komintern como su informe «La presencia de Cataluña en la guerra por la independencia» de 1939.

La relación, influencia y consejos de Stalin en relación a los comunistas españoles pude verse documentada en la obra de F. I. Firsov y Alexander Dallin donde se esfuerzan en recopilar varios archivos de la época: «Dimitrov and Stalin, 1934-1943: Letters from the Soviet Archives» de 2000. También cabe citar el ensayo con grandes registros de documentación de primera mano como el de Fernando Hernández Sánchez: «El PCE en la Guerra Civil» de 2010. Este tipo de documentación desmonta gran parte de los mitos anticomunistas hoy extendidos.

En el PCE tras el fallecimiento de líderes como José Díaz o Pedro Checa en 1942, así como otros cuadros intermedios, bien a manos de franquistas, como en los campos de concentración franceses, en el frente de la Segunda Guerra Mundial, en los campos de exterminio alemanes, o bajo las duras condiciones del duro exilio, poco a poco la cuestión de la guerra empezó a ser un reclamo folclórico en el PCE, se trataba como un eco todavía presente pero no se analizaba nada relevante de ella, ni por supuesto se intentaban aplicar las lecciones extraídas por José Díaz. Sobra decir que la evaluación que intentaron dar a posteriori Ibárruri-Carrillo de la Guerra Civil en obras como «Historia del Partido Comunista de España» de 1960 era ya bajo la directa influencia y distorsión del jruschovismo.

Los dirigentes en la cúpula empezaron a destaparse más claramente como una banda de elementos que nada pintaban en un partido comunista, había desde: grandes oradores pero con pocos o ningún principio ideológico [Dolores Ibárruri], de gran experiencia militar pero sin conocimientos políticos [Enrique Líster], pusilánimes [Vicente Uribe], desviaciones trotskistas-titoistas [Jesús Hernández] o arribistas de una doblez extrema con tal de llegar a la dirección [Santiago Carrillo]. Así empezaron a verse claramente casos de corruptelas, chovinismo, liberalismo, modo de vida desenfrenado, etc.

«La Guerra de España tocó a su fin a comienzos del año 1939, cuando la dominación de Franco se extendió a todo el territorio nacional. En aquella guerra el Partido Comunista de España no escatimó esfuerzos ni energías para derrotar al fascismo. Y si el fascismo venció, fue debido, aparte de los diversos factores internos, en primer lugar a la intervención del fascismo italiano y alemán y a la política capitulacionista de «no intervención» de las potencias occidentales con respecto a los agresores fascistas. Muchos militantes del Partido Comunista de España inmolaron sus vidas durante la guerra civil. Otros fueron víctimas del terror franquista. Otros miles y miles fueron arrojados a las cárceles donde permanecieron por largos años o murieron en ellas. Después del triunfo de los fascistas, en España reinó el más feroz terror. Los demócratas españoles, que lograron escapar de los campos de concentración y de los arrestos, tomaron parte en la resistencia francesa donde combatieron heroicamente, mientras que los demócratas españoles que se fueron a la Unión Soviética se integraron en las filas del ejército rojo y muchos de ellos dieron su vida combatiendo al fascismo. Pese a las condiciones sumamente graves, los comunistas continuaron su lucha guerrillera y la organización de la resistencia también en España. La mayor parte cayeron en manos de la policía franquista y fueron condenados a muerte. Franco golpeó duramente la vanguardia revolucionaria de la clase obrera y de las masas populares de España y esto tuvo consecuencias negativas para el partido comunista. Al haber desaparecido en la lucha armada y bajo los golpes del terror fascista los elementos más sanos, más preparados ideológicamente, más resueltos y valientes, del Partido Comunista de España, cobró supremacía y ejerció su influencia negativa y destructora el elemento cobarde pequeño burgués e intelectual como son Santiago Carrillo y compañía. Estos fueron transformando gradualmente al Partido Comunista de España en un partido oportunista y revisionista». (Enver Hoxha; Eurocomunismo es anticomunismo, 1980)

Para finales de los años 40 la dirección del PCE estaba tomada por un grupo de oportunistas de la peor ralea que no solo hicieron degenerar el partido, sino que valiéndose del aparato del partido y del sello de «autoridad» por sus nexos con las direcciones de otros partidos comunistas durante el exilio, coartaron toda posible crítica a las desviaciones, lanzaron una campaña de calumnias contra los verdaderos revolucionarios, e incluso fabricaron planes para liquidarlos:

«Viendo ya en el siglo XXI la historia por sí sola como se ha desarrollado. ¿Quién es entonces señoras y señores, el «agente», «traidor», «liquidacionista», «titoista», y «canalla» en el Partido Comunista de España de los años 40 y 50? ¿Los valientes miembros como Comorera, Trilla, Monzón y compañía que fueron verdaderos cuadros probados, que murieron con las botas puestas, y a los cuales nunca se les probó los crímenes de los que se les acusó en las campañas de difamación? ¿O en realidad lo era la persona que realizó estas acusaciones a la que sí se le demostró todas esas desviaciones oportunistas-revisionistas?

Queda clarísimo entonces, que poco a poco con el advenimiento de cierta información, documentos, y hechos, se ha descubierto que en realidad el mayor agente emboscado que ha tenido el movimiento comunista español; o sino al menos, el mayor traidor consciente a la clase obrera y al comunismo –que encima hizo un trabajo gratuito a la reacción– ha sido y es hasta el momento el «señor» Santiago Carrillo.

Ha quedado demostrado conforme pasaban los años y su actividad oportunista y renegada se amplificaba, que él es el principal culpable junto a Dolores Ibárruri de la degeneración ideológica tan atroz sufrida por el PCE, ha quedado demostrado que los cuadros condenados bajo su mando cuanto menos eran inocentes de las viles calumnias que se inventaba y que lejos de demostrarse se irían desmontando por la labor de viejos o exmilitantes –como Vicente Uribe y Enrique Líster– implicados en su día, aunque en realidad ya con su sola actuación en toda su carrera política, destapa sus propios crímenes, ya que al haber acusado a cuadros de lo que él mismo cometía o iba a cometer, sin necesidad de nada más, sólo con su hipocresía estaba retratando la fragilidad de sus viejas acusaciones hacia otros camaradas en el pasado.

Todo intento de defender a Carrillo-Ibárruri son monsergas sentimentalistas que intentan salvar el honor de un partido que precisamente se perdió en su deriva revisionista a causa de la actividad de este binomio de víboras revisionistas. (Equipo de Bitácora (M-L); Unas reflexiones sobre unos comentarios emitidos en «Nuestra Bandera» en 1950 vistos a la luz de nuestros días, 2015)

No es de extrañar con que desprecio hablaron de él los marxista-leninistas que quedaban vivos y habían visto evolucionar su carrera oportunista:

«En otras palabras, Santiago Carrillo es un agente de los más rastreros y ordinarios del capitalismo mundial. Pero sus «teorías» no aportarán muchos beneficios al capitalismo, dado que, tal como son presentadas por Carrillo, desenmascaran en realidad el pseudomarxismo de los revisionistas modernos, Carrillo, por un lado, sirve al imperialismo y al capitalismo mundial, porque se opone a la revolución, niega las ideas marxista-leninistas que inspiran al proletariado y a los pueblos de todo el mundo, y, por el otro, arranca las máscaras y desenmascara a los otros revisionistas modernos, pone al descubierto sus verdaderos objetivos ante los ojos del proletariado y de los pueblos. Santiago Carrillo, Secretario General del Partido Comunista de España, es un revisionista bastardo de bastardos. Ha tomado del revisionismo moderno lo que de más vil y contrarrevolucionario tenía y se ha convertido en apologista de la traición y de la completa capitulación». (Enver Hoxha; Eurocomunismo es anticomunismo, 1980)

Mucho de los marxista-leninistas de aquel entonces, por mezcla de las duras condiciones del exilio, falta de información sobre los hechos, falta de formación ideológicas, otros por sentimentalismo, coacción, chantajes y demás, nunca llegaron a asimilar durante estos años el cambio que se estaba dando en el PCE, otros aunque lo sabían no se atrevían a combatirlo. Todo ello continuó hasta la muerte de Stalin en marzo de 1953, desatándose la contrarrevolución en la URSS no solo de la mano de Jruschov, sino también de sus competidores, y extendiéndose como una plaga al resto de partidos –demostrándose el gran seguidismo reinante–. Gracias a esto, el PCE tras los varios bandazos que había dado durante 1942-1953 sin orientación clara, tenía vía libre para desvestir sus prendas revolucionarias –aunque ya casi estaba «en cueros»– y presentar al desnudo su mercancía revisionista, viéndose nacer algunas aberraciones de alto grado, como la famosa teoría de la «reconciliación nacional».

Solamente tras los acontecimientos como las huelgas de los 60 y –por encima de todo– la ruptura abierta del movimiento internacional marxista-leninista con el jruschovismo en los 60 es cuando tardíamente parece que los revolucionarios españoles empezaron a reaccionar sobre la nefasta dirección revisionista del PCE, y es así como en 1963-64 los que reivindicaban el viejo legado revolucionario del PCE anterior a 1942 fundaron el Partido Comunista de España (marxista-leninista). Ellos decidieron publicar en 1966 este escrito de Díaz que hoy traemos y sus conclusiones para recordar su apremiante vigencia. Una razón de traer este escrito, se decía entonces, era para recordar a los militantes los principios revolucionarios de Díaz y Stalin. Como sabemos el PCE (m-l) lanzó una heroica lucha ideológica contra el jruschovismo internacional y nacional –condensado en el carrillismo, que más tarde se autodenominaría «eurocomunismo»–. En concreto su dirigente Elena Ódena destacaría por encabezar esa recuperación de los textos y lecciones de estos dos gigantes del marxismo en una época en que el PCE dirigido por Carrillo había renunciado a Lenin y Stalin, y a José Díaz solo lo nombraba para usar su imagen, pero escondía sus textos y conclusiones revolucionarias.

De la introducción que hace la dirección del PCE (m-l) en 1966 al documento de Díaz, vista a nuestros días, ha de comentarse los aciertos y errores de sus comentarios:

1) Como pronosticaron desde el PCE (m-l) en 1966, el carrillismo se equivocaba cuando anunciaba que el gobierno franquista de entonces encabezado entre otros por Fraga, era una tendencia hacia la liberalización que significaba que en un breve lapso de tiempo el régimen iba desembocar en un tránsito hacia la democracia burguesa –incluso apartando a Franco–; en realidad hubo en 1969 una renovación del gobierno apartando a los ministros más «liberales» y fueron sustituidos por un «gobierno de línea dura». Incluso los sucesivos gobiernos como el de 1973 o el posterior a la muerte de Franco no dejaron de colocar en su seno a los llamados elementos «no aperturistas», «ultras», «bunkerizados», como se llamaban por entonces.

2) En cambio, hay que señalar que la línea del PCE (m-l) que teorizaba que «del fascismo la burguesía no puede virar hacia una democracia burguesa» era un error metafísico muy grave, ya que se ha demostrado en otras experiencias históricas recientes, y se demostró en la propia España con los sucesos posteriores a la muerte de Franco, que a la burguesía cuando le conviene para frenar los reclamos y el ímpetu de las masas realiza un viraje tanto de la democracia burguesa al fascismo como viceversa. Este error de cálculo –seguramente fruto del idealismo maoísta que todavía albergaron hasta los 70– fue en parte reconocido a partir del IVº Congreso de 1984. Como decía Lenin el régimen donde a la burguesía le es más fácil a la burguesía legitimarse ante los ojos de las masas es la democracia burguesa, y eso también lo sabia la burguesía española que hasta hacía poco vestía con la camisa azul y hacia el «saludo romano».

3) Como anunciaban desde el PCE (m-l), el constante ejercicio de la idealización de la democracia burguesa en detrimento de la democracia proletaria que hacia Carrillo era una traición a los ideales marxistas manifiesta. La historia jamás ha dejado de mostrar que afirmar esto era olvidar que la democracia burguesa se vale de los antiguos dirigentes –monarquías absolutas, fascismos, régimen ex colonialistas, etc.– como «gestores con experiencia» para el nuevo sistema, así como hace uso de leyes heredadas de regímenes anteriores para apuntalar su nuevo poder. Inclusive: cuando entienden necesario se persigue, censura, tortura e incluso asesina, no solo a los comunistas sino todo conato de protesta de las masas. Algunos todavía no han asimilado este axioma.

4) Como apuntaba el PCE (m-l), las tácticas meramente pacifistas y parlamentarias de Carrillo no habían funcionado en los 60 para derribar el franquismo, ni tampoco lo haría en los 70 u 80 como herramientas validas y útiles que se enfrentasen al poder de la oligarquía, ni tan siquiera para forzarla a un referéndum entre república o monarquía. En varias ocasiones estos conceptos conllevaron a producir conocidos «baños de sangre» para la clase obrera como los sucesos de Vitoria de 1976 –bajo culpabilidad directa de Fraga, futuro fundador de Alianza Popular al que Carrillo tanto alabó–. A la postre se demostraría que el «sindicato amarillo» del PCE conocido como Comisiones Obreras (CC.OO.) sería uno de los ejes de la aristocracia obrera, que junto con la fracción parlamentaria del PCE, llamarían continuamente a la desmovilización de las masas en las calles, o en el mejor de los casos, a firmar pactos insignificantes con la patronal, y no impidiendo ni la adhesión a la OTAN ni la reconversión industrial, ni casi ninguna de las agresiones del capital y planes reaccionarios del gobierno contra las masas trabajadoras, e incluso actuando de cómplices en tales hechos. El PCE ni siquiera llamó a la movilización en los momentos de golpe de Estado del 23F de 1981, demostrándose que habían inoculado a su militante la confianza en que todo se resolvería por arriba entre pactos o gracias al cretinismo parlamentario y sus resoluciones.

5) Como se denunciaba desde PCE (m-l), Carrillo no deseaba luchar por la soberanía nacional contra el imperialismo. Poco a poco fue anunciando su apoyo a la comunidad de monopolios y leyes de la Comunidad Económica Europea (CEE), a las bases estadounidenses en España y a la alianza militar imperialista de la OTAN bajo diversas excusas, algo en lo que Franco precisamente había trabajado durante los años previos a su muerte. Como se ha revelado recientemente por archivos desclasificados de la CIA, Carrillo en su viaje a Estados Unidos de 1977, garantizó todo esto al imperialismo estadounidense, demostrando que era el peor traidor que podían apoyar las masas populares.

6) Como se señalaba desde el PCE (m-l), Carrillo alababa a los cuerpos represivos y creía cándidamente que iban a ser un factor fundamental para lograr una «democratización del sistema». Lo cierto es que estos sectores eran lo menos interesados en ello. Al no ser remplazados por un ejército popular y órganos populares, incluso al no ser siquiera purgados los elementos abiertamente fascistas y reaccionarios –gracias al blindaje de la amnistía de Adolfo Suárez de 1977–, diferentes núcleos dentro del ejército han sido proclives a golpes de Estado como el «frustrado» de 1981, el cual tenía la intención de abolir los derechos y libertades contemplados en la Constitución de 1978 –la cual fue una rememoración de la constitución de la por entonces Alemania Occidental–. Los cuerpos de seguridad y represión si por algo se hicieron notar en el posfranquismo fue por utilizar un abierto terrorismo de Estado: como los GAL, con ayuda de los diferentes gobiernos europeos, y por condecorar a los viejos torturadores de la época franquista por su «trayectoria ejemplar» –como «Billy el Niño»–. Esto tampoco ha cambiado demasiado, véase las condenas de Amnistía Internacional y otros organismos sobre España en la actualidad por el uso de la tortura y la no investigación de las denuncias de las víctimas, así como la no reparación a las víctimas del franquismo.

Como también sabemos en nuestros días, con la muerte de Elena Ódena en 1985, al PCE (m-l) le ocurrió un proceso similar al sufrido por el PCE tras la muerte de José Díaz en 1942. Esto demuestra un problema histórico de los partidos comunismo que tras perder sus principales figuras degenera inevitablemente en una banda de mafiosos. En este caso los oportunistas Raúl Marco y Manuel Chivite se sintieron con suficientes fuerzas como para atentar contra el legado revolucionario del partido, llevándolo a su degeneración y posterior liquidación en 1992. Una simple prueba de ello, es que el propio Raúl Marco en una artificiosa refundación del PCE (m-l) en 2006, en su documento fundacional reivindicaba las figuras de Líster, Ibárruri y otros; incluso se alió con distintas agrupaciones conocidas por su antistalinismo –maoístas, brezhnevistas y otros–. Véase nuestras obras recientes al respecto sobre el PCE (m-l).

Los verdaderos marxista-leninistas reivindican el legado de Stalin, Joan Comorera, Pedro Checa, José Díaz, Elena Ódena y tantas otras figuras de carácter nacional e internacional. Esto no se supone que se deba estar de acuerdo con absolutamente cada palabra que escribieron. Los marxistas no hacemos actos de fe con la doctrina, no la creemos por imposición ni por argumentos de autoridad. Es menester que los marxistas tengan un espíritu crítico a la hora de enfrentarse a los textos de los clásicos, que analicen su sus escritos y sus conclusiones, analicen si están vigentes en la actualidad, si son aplicables al contexto de otros países y otros contextos, o si simplemente en esta parte se cree que existe este o aquel error –y no será negativo preguntar o discutir a otros camaradas y autoenriquecerse mutuamente con las conclusiones–. Solo así puede existir una asimilación real del marxismo-leninismo. Tampoco se trata de revisar a gusto del lector lo que le gusta reivindicar, ni se puede basar en argumentos subjetivos para rechazar los axiomas fundamentales de la doctrina, por tanto, toda «revisión» que no sea argumentada científicamente estará invalidada automáticamente.

He aquí la diferencia fundamental entre un seguidista, un apoligísta o un oportunista de un marxista-leninista.

Notas:

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