Rusia se encuentra en una situación política y económica compleja. Los conflictos que bullen cerca de sus fronteras y la presión constante de Estados Unidos y la OTAN están teniendo un impacto negativo en la situación interna del país que se observa en la caída de la credibilidad de Putin y del gobierno ruso.

Esta caída no está vinculada a la política exterior del Kremlin sino que es el resultado de una serie de reformas económicas recientes, que se asemejan a la orientación económica seguida por el gobierno ruso a mediados de la década de 1990. El gobierno ha elevado la edad de jubilación y ha aumentado el IVA en un contexto de desaceleración de la economía, especialmente en el sector industrial.

La población se enfrenta a una presión administrativa cada vez más estricta: multas y sanciones por infracciones menores y restricciones administrativas adicionales que limitan la libertad de acción de los ciudadanos. La gestión del tráfico en las grandes ciudades y en las carreteras federales, así como las políticas para las pequeñas empresas y los autónomos, son los ejemplos más obvios.

La esfera de la política se está equiparando a la de los demás países europeos: un páramo. El único partido seudopolítico que todavía existe de facto es Rusia Unida, cuya capacidad ideológica y organizativa está agotada. Los demás partidos son sólo construcciones mediáticas diseñadas para defender los intereses de un pequeño grupo de patrocinadores. Es difícil encontrar un diputado en la Duma Estatal y en el Consejo de la Federación que no esté dentro de la oligarquía establecida.

El gobierno no ha explicado al público ni a los medios de comunicación su línea actual. La mayoría de las iniciativas de Medvedev se enfrentan a una reacción negativa de la población. Una serie de escándalos que involucran a altos y medianos funcionarios del gobierno ha agravado la situación. Revelan la flagrante hipocresía y la actitud negligente de algunos funcionarios rusos hacia sus responsabilidades.

El año pasado se produjeron numerosas detenciones de funcionarios sorprendidos en el acto de exceder sus límites o estar involucrados en casos de corrupción. En comparación con períodos anteriores, este número ha aumentado de 1,5 a 2 veces. Sin embargo, esto no ayuda a cambiar la situación de los medios de comunicación.

El nacionalismo de Putin ha perdido fuelle. La política interna se ha encerrado en un círculo cerrado de oligarcas y amigos que sólo persiguen sus propios intereses económicos y de seguridad.

Los factores mencionados anteriormente alimentan la percepción negativa del gobierno de Medvedev y, de rebote, a Putin como Jefe del Estado.

La situación también es complicada en el ámbito de la política exterior. La política rusa hacia Ucrania oriental no está definida. Moscú sigue perdiendo su influencia en los antiguos Estados soviéticos, tanto en el Cáucaso como en Asia central. Incluso el aliado más cercano, Bielorrusia, a veces muestra un comportamiento hostil y centra sus esfuerzos en explotar las preferencias económicas de Rusia.

Al evaluar la actual situación política interna y la política exterior de Rusia, se puede decir que los dirigentes rusos no tienen la política coherente y sólida que cualquier gran potencia necesita.

Es cierto, pero no excusa, que Rusia soporta una enorme presión que le obliga a actuar a la defensiva. de múltiples agentes de influencia, que se oponen a las ideas del poderoso estado independiente que busca actuar como uno de los centros de poder en el escenario mundial.

Rusia se enfrenta a tiempos difíciles en los próximos años y parece un país agotado, incapaz de hacer frente a lo que le espera. Para que el nacionalismo pueda seguir desempeñando el papel que ha desempeñado hasta ahora, hay que alimentarlo: hay que acabar con las política económicas implementadas por Medvedev y mejorar sustencialmente las condiciones de vida y de trabajo.

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