¿Es cierto que la lengua ha tenido siempre y sigue teniendo un carácter de clase y que no existe una lengua común y única para la sociedad, una lengua común a todo el pueblo y sin carácter de clase?

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«PREGUNTA. ¿Es cierto que la lengua ha tenido siempre y sigue teniendo un carácter de clase y que no existe una lengua común y única para la sociedad, una lengua común a todo el pueblo y sin carácter de clase?

RESPUESTA. No, no es cierto.

Es fácil comprender que no cabe siquiera hablar de una lengua de clase en una sociedad sin clases. El régimen gentilicio de la comunidad primitiva no conocía las clases; por consiguiente, en él no podía tampoco haber una lengua de clase: en él, la lengua era común y única para toda la colectividad. La objeción de que debe entenderse por clase toda colectividad humana, comprendida la comunidad primitiva, no es una objeción, sino un juego de palabras que ni siquiera merece ser refutado.

Por lo que se refiere al desarrollo posterior, desde las lenguas gentilicias hasta las lenguas tribales, desde las lenguas tribales hasta las lenguas de los pueblos y desde las lenguas de los pueblos hasta las lenguas nacionales, en todas partes, en todas las etapas del desarrollo, la lengua, como medio de relación de los hombres en la sociedad, ha sido común y única para la sociedad, ha servido por igual a los miembros de ésta, independientemente de su condición social.

No me refiero a los imperios de los períodos esclavista y medieval, al imperio de Ciro y de Alejandro Magno, pongamos por caso, o al imperio de César y de Carlomagno, que no poseían una base económica propia y eran agrupaciones militares y administrativas efímeras y precarias. Ninguno de estos imperios tenía ni podía tener una lengua única y comprensible para todos sus miembros. Eran un conglomerado de tribus y de pueblos que vivían su propia vida y tenían sus propias lenguas. Por consiguiente, no me refiero a esos imperios y otros semejantes, sino a las tribus y los pueblos que formaban parte del imperio, poseían una base económica propia y tenían sus lenguas, formadas desde hacía tiempo. La historia nos enseña que las lenguas de estas tribus y de estos pueblos no tenían un carácter de clase, sino que eran comunes a toda la población, comunes a las tribus y a los pueblos y comprensibles para ellos.

Naturalmente, existían a la par dialectos, hablas locales, pero la lengua única y común de la tribu o del pueblo prevalecía sobre ellos y se los subordinaba.

Más tarde, con la aparición del capitalismo, con la supresión del fraccionamiento feudal y la formación del mercado nacional, los pueblos se desarrollaron hasta constituirse en naciones, y las lenguas de los pueblos, hasta llegar a ser lenguas nacionales. La historia nos enseña que las lenguas nacionales no son lenguas de clase, sino lenguas comunes a todo el pueblo, comunes a los miembros de la nación y únicas para ella.

Ya hemos dicho que la lengua, como medio de relación de los hombres en la sociedad, sirve por igual a todas las clases de la misma y manifiesta en este sentido cierta indiferencia hacia las clases. Pero los hombres, los diversos grupos sociales y las clases distan mucho de ser indiferentes hacia la lengua. Se esfuerzan por utilizarla en interés propio, imponerle su léxico particular, sus términos particulares, sus expresiones particulares. En este sentido se distinguen especialmente las capas superiores de las clases poseedoras –la alta aristocracia y las capas superiores de la burguesía–, que están divorciadas del pueblo y lo odian. Se crean dialectos y jergas «de clase», «lenguajes» de salón. A menudo, en la literatura se califica erróneamente de lenguas a esos dialectos y jergas: «lengua de la aristocracia», «lengua de la burguesía», en oposición a la «lengua proletaria», a la «lengua campesina». Esa es la razón de que algunos camaradas nuestros hayan llegado –por extraño que pueda parecer– a la conclusión de que la lengua nacional es una ficción y de que, en la realidad, sólo existen lenguas de clase.

Yo creo que no hay nada más equivocado que esa conclusión. ¿Puede considerarse lenguas a esos dialectos y jergas? Indiscutiblemente que no. No se puede, en primer lugar, porque estos dialectos y jergas no tienen una estructura gramatical propia y un caudal de voces básico propio: los toman de la lengua nacional. No se puede, en segundo lugar, porque los dialectos y las jergas tienen una esfera de circulación estrecha entre los miembros de la capa superior de tal y cual clase, y son absolutamente inservibles como medio de relación entre los hombres, para la sociedad en su conjunto. ¿Qué poseen, pues, los dialectos y las jergas? Poseen un fárrago de vocablos específicos, que reflejan los gustos específicos de la aristocracia o de las capas superiores de la burguesía; poseen cierto número de expresiones y giros que se distinguen por su rebuscamiento y galantería y que están exentos de los «burdos» giros y expresiones de la lengua nacional; poseen, por último, cierto número de palabras extranjeras. Sin embargo, lo fundamental, es decir, la inmensa mayoría de las palabras y la estructura gramatical, está tomado de la lengua nacional, común a todo el pueblo. Por consiguiente, los dialectos y las jergas son ramificaciones de la lengua nacional, común a todo el pueblo, privadas de toda independencia lingüística y condenadas a vegetar. Suponer que los dialectos y las jergas pueden desarrollar&e y llegar a ser lenguas independientes, capaces de desplazar y de sustituir a la lengua nacional, es perder la perspectiva histórica y abandonar las posiciones del marxismo.

Se remiten a Marx, citan un pasaje de su artículo, El santo Max, donde se dice que el burgués tiene «su propia lengua», que esta lengua «es un producto de la burguesía» y está penetrada del espíritu del mercantilismo y de la compraventa. Algunos camaradas quieren demostrar con esta cita que Marx sustentaba, al parecer, el punto de vista de que la lengua tenía «carácter de clase» y negaba la existencia de una lengua nacional única. Si estos camaradas fueran en este caso objetivos, habrían citado también otro pasaje del artículo El santo Max, donde Marx, refiriéndose a las vías de formación de una lengua nacional única, habla de «la concentración de los dialectos en un idioma nacional único, condicionada por la concentración económica y política».

Por consiguiente, Marx reconocía la necesidad de una lengua nacional única, como forma superior a la que, como formas inferiores, están subordinados los dialectos.

En ese caso, ¿qué puede ser la lengua del burgués, según Marx «producto de la burguesía»? ¿La consideraba Marx una lengua como la nacional, con su estructura lingüística particular? ¿Podía considerarla como tal lengua? ¡Desde luego que no! Marx quería simplemente decir que los burgueses habían ensuciado la lengua nacional única con su léxico de mercaderes y que, por tanto, los burgueses tenían su propia jerga de mercaderes.

Resulta que estos camaradas han deformado la posición de Marx. Y la han deformado porque no han citado a Marx como marxistas, sino como dogmáticos, sin calar en la esencia de las cosas.

Se remiten a Engels, citan de su folleto «La situación de la clase obrera en Inglaterra» los pasajes donde dice que:

«La clase obrera inglesa, en el transcurso del tiempo, ha llegado a ser un pueblo completamente distinto de la burguesía inglesa». (Friedrich Engels; La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1845)

Que:

«Los obreros hablan otro dialecto, tienen otras ideas y concepciones, otras costumbres y otros principios morales, otra religión y otra política que la burguesía». (Friedrich Engels; La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1845)

Partiendo de esta cita, algunos camaradas sacan la conclusión de que Engels negaba la necesidad de una lengua nacional, común a todo el pueblo, y que, por tanto, sustentaba el punto de vista de que la lengua tenía «carácter de clase». La verdad es que Engels no habla aquí de una lengua sino de un dialecto, comprendiendo perfectamente que el dialecto, como ramificación de la lengua nacional, no puede sustituir a ésta. Mas, a esos camaradas no les agrada mucho, por lo visto, la diferencia existente entre una lengua y un dialecto.

Es evidente que la cita aducida está fuera de lugar, pues Engels no habla en esos pasajes de «lenguas de clase», sino, principalmente, de las ideas, de las concepciones, de las costumbres, de los principios morales, de la religión y de la política de clase. Es absolutamente cierto que las ideas, las concepciones, las costumbres, los principios morales, la religión y la política de los burgueses y de los proletarios son diametralmente opuestos. Pero ¿qué tiene que ver esto con la lengua nacional, o con el «carácter de clase» de la lengua? ¿Acaso la existencia de contradicciones de clase en la sociedad puede servir de argumento en favor del «carácter de clase» de la lengua, o en contra de la necesidad de una lengua nacional única? El marxismo dice que la comunidad de lengua es uno de los rasgos más importantes de la nación, sabiendo perfectamente, al afirmar eso, que dentro de la nación hay contradicciones de clase. ¿Reconocen los mencionados camaradas esta tesis marxista?

Se remiten a Lafargue, señalando que, en su folleto La lengua y la revolución, reconoce el «carácter de clase» de la lengua y niega, al parecer, la necesidad de una lengua nacional, común a todo el pueblo. Eso es falso. Lafargue habla, efectivamente, de la «lengua de la nobleza» o «de la aristocracia» y de las «jergas» de las distintas capas de la sociedad. Pero esos camaradas olvidan que Lafargue, sin interesarse por la diferencia entre lengua y jerga y llamando a los dialectos unas veces «lenguaje artificial» y otras «jerga», declara explícitamente en su folleto que «el lenguaje artificial que distingue a la aristocracia… salió de la lengua común a todo el pueblo que hablaban los burgueses y los artesanos, la ciudad y el campo».

Por consiguiente, Lafargue reconoce la existencia y la necesidad de una lengua común a todo el pueblo, comprendiendo perfectamente el carácter subordinado y la dependencia de la «lengua de la aristocracia» y los demás dialectos y jergas respecto de la lengua común a todo el pueblo.

Resulta que la referencia a Lafargue no da en el blanco.

Se remiten a que, en cierta época, los señores feudales de Inglaterra hablaron «durante siglos» en francés, mientras que el pueblo inglés hablaba la lengua inglesa, y aducen esta circunstancia como un argumento a favor del «carácter de clase» de la lengua y contra la necesidad de una lengua común a todo el pueblo. Pero eso no es un argumento, sino una anécdota. En primer lugar, a la sazón no hablaban en francés todos los feudales, sino un número insignificante de grandes feudales ingleses en la corte del rey y en los condados. En segundo lugar, no hablaban en una «lengua de clase», sino en la lengua francesa corriente, común a todo el pueblo francés. En tercer lugar, como se sabe, ese antojo de hablar en francés desapareció después sin dejar rastro, cediendo el puesto a la lengua inglesa común a todo el pueblo. ¿Creen esos camaradas que los feudales ingleses y el pueblo inglés se entendieron «durante siglos» por mediación de intérpretes, que los feudales ingleses no hacían uso de la lengua inglesa, que no existía por aquel entonces una lengua inglesa común a todo el pueblo, que el francés era entonces en Inglaterra algo más que una lengua de salón, empleada únicamente en el estrecho círculo de la alta aristocracia inglesa? ¿Cómo se puede negar con tan anecdóticos «argumentos» la existencia y la necesidad de una lengua común a todo el pueblo?

En un tiempo, también a los aristócratas rusos les dio por hablar el francés en la corte del zar y en los salones. Se jactaban de que, al hablar en ruso, tartamudeaban en francés y que sólo sabían hablar el ruso con acento francés. ¿Quiere eso decir que no existía entonces en Rusia la lengua rusa, común a todo el pueblo, que la lengua común a todo el pueblo era entonces una ficción, y las «lenguas de clase» una realidad?

Nuestros camaradas incurren aquí, cuando menos, en dos errores.

El primer error consiste en que confunden la lengua con la superestructura. Creen que si la superestructura tiene un carácter de clase, la lengua no debe ser común a todo el pueblo, sino que debe tener un carácter de clase. Pero ya he dicho anteriormente que la lengua y la superestructura son dos conceptos diferentes y que un marxista no puede confundirlos.

El segundo error consiste en que esos camaradas conciben la oposición de intereses de la burguesía y del proletariado y su encarnizada lucha de clases como una desintegración de la sociedad, como una ruptura de todo vínculo entre las clases hostiles. Consideran que, como la sociedad se ha desintegrado y no existe ya una sociedad única, sino solamente las clases, no se necesita una lengua única para la sociedad, no se necesita una lengua nacional. ¿Qué queda, pues, si la sociedad se ha desintegrado y no existe ya una lengua nacional, común a todo el pueblo? Quedan las clases y las «lenguas de clase». De por sí se desprende que cada «lengua de clase» debe tener su propia gramática «de clase», que debe haber, por tanto, una gramática «proletaria» y una gramática «burguesa». Cierto es que no hay tales gramáticas bajo la capa del cielo; pero esta circunstancia no inmuta a esos camaradas: están persuadidos de que tales gramáticas han de aparecer.

En tiempos hubo entre nosotros «marxistas» que afirmaban que las líneas férreas que habían quedado en nuestro país después de la Revolución de Octubre eran burguesas y no procedía que nosotros, los marxistas, las utilizásemos; que era preciso desmontarlas y construir ferrocarriles nuevos, «proletarios». Debido a ello, esas gentes recibieron el sobrenombre de «trogloditas».

De por sí se desprende que esa primitiva concepción anarquista de la sociedad, las clases y la lengua no tiene nada de común con el marxismo. Pero, indudablemente, existe y continúa alentando en las cabezas de algunos camaradas desorientados.

Naturalmente, no es cierto que, debido a una encarnizada lucha de clases, la sociedad se haya desintegrado en clases que ya no están ligadas económicamente las unas a las otras en el seno de una sociedad única. Al contrario: mientras subsista el capitalismo, burgueses y proletarios estarán ligados recíprocamente por todos los lazos de la economía, como partes constitutivas de una sociedad capitalista única. Los burgueses no pueden vivir ni enriquecerse si no disponen de obreros asalariados; los proletarios no pueden subsistir sin vender su fuerza de trabajo a los capitalistas. El cese de toda relación económica entre ellos implica el cese de toda producción, y el cese de toda producción conduce al perecimiento de la sociedad, al perecimiento de las clases mismas. De por sí se desprende que ninguna clase quiere condenarse a perecer. Por eso, la lucha de clases, por aguda que sea, no puede conducir a la desintegración de la sociedad. Sólo la ignorancia en cuanto al marxismo y la incomprensión absoluta de la naturaleza de la lengua han podido sugerir a algunos de nuestros camaradas la fábula de la desintegración de la sociedad, la fábula de las lenguas «de clase», de las gramáticas «de clase».

Se remiten, además, a Lenin y aducen que reconocía la existencia de dos culturas, la burguesa y la proletaria, bajo el capitalismo y que la consigna de cultura nacional es, bajo el capitalismo, una consigna nacionalista. Todo ello es cierto, y Lenin tiene absoluta razón. Pero ¿a qué viene aquí eso del «carácter de clase» de la lengua? Al remitirse a las palabras de Lenin de que bajo el capitalismo existen dos culturas, esos camaradas quieren –a lo que se ve– inculcar al lector que si en la sociedad existen dos culturas, la burguesa y la proletaria, debe haber también dos lenguas, pues la lengua está ligada a la cultura, y que, por lo tanto, Lenin niega la necesidad de una lengua nacional única, manifestándose, por consiguiente, a favor de las lenguas «de clase». El error que esos camaradas cometen aquí consiste en que identifican y confunden la lengua con la cultura. Pero la cultura y la lengua son dos cosas distintas. La cultura puede ser burguesa o socialista, mientras que la lengua, como medio de relación, es siempre común a todo el pueblo y puede servir tanto a la cultura burguesa como a la socialista. ¿Acaso no es un hecho que las lenguas rusa, ucraniana y uzbeka sirven actualmente a la cultura socialista de estas naciones tan bien como sirvieron antes de la Revolución de Octubre a sus culturas burguesas? Por consiguiente, esos camaradas están muy equivocados al afirmar que la existencia de dos culturas diferentes lleva a la formación de dos lenguas distintas y a la negación de la necesidad de una lengua única.

Cuando hablaba de dos culturas, Lenin partía precisamente de la tesis de que la existencia de dos culturas no puede llevar a la negación de la lengua única y a la formación de dos lenguas, y de que la lengua debe ser única. Cuando los bundistas acusaron a Lenin de que negaba la necesidad de la lengua nacional y consideraba que la cultura «carece de nacionalidad», Lenin, como es sabido, protestó enérgicamente y declaró que luchaba contra la cultura burguesa, y no contra la lengua nacional, cuya necesidad estimaba indiscutible. Causa extrañeza que algunos camaradas nuestros hayan seguido las huellas de los bundistas.

Por lo que se refiere a una lengua única, cuya necesidad dicen que Lenin negaba, sería conveniente prestar oído a las siguientes palabras de Lenin:

«La lengua es un importantísimo medio de relación entre los hombres; la unidad de la lengua y su desarrollo sin trabas son una importantísima condición de una circulación mercantil verdaderamente libre y amplia, correspondiente al capitalismo moderno, y de una libre y vasta agrupación de la población en las diferentes clases». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914)

Resulta que esos estimados camaradas han tergiversado las ideas de Lenin.

Se remiten, por último, a Stalin. Reproducen una cita de Stalin que dice que «la burguesía y sus partidos nacionalistas fueron y continúan siendo en este período la principal fuerza dirigente de las naciones de ese tipo». Todo esto es cierto. La burguesía y su partido nacionalista dirigen, efectivamente, la cultura burguesa, del mismo modo que el proletariado y su partido internacionalista dirigen la cultura proletaria. Pero ¿qué tiene que ver esto con el «carácter de clase» de la lengua? ¿Acaso esos camaradas no saben que la lengua nacional es una forma de la cultura nacional y que puede servir tanto a la cultura burguesa como a la socialista? ¿Es que nuestros camaradas ignoran la conocida fórmula de los marxistas de que las actuales culturas rusa, ucraniana, bielorrusa y otras son socialistas por el contenido y nacionales por la forma, es decir, por la lengua? ¿Están de acuerdo con esta fórmula marxista?

El error que nuestros camaradas cometen aquí consiste en que no ven la diferencia entre la cultura y la lengua y no comprenden que la cultura cambia de contenido con cada nuevo período del desarrollo de la sociedad, mientras que

la lengua continúa siendo en lo esencial la misma a lo largo de varios períodos, sirviendo por igual tanto a la nueva cultura como a la antigua.

Así, pues:

a) la lengua, como medio de relación ha sido siempre y sigue siendo única para la sociedad y común para todos sus miembros;

b) la existencia de dialectos y jergas no niega, sino que confirma la existencia de una lengua común a todo el pueblo, de la que esos dialectos y jergas son ramificaciones y a la que están subordinados;

c) la fórmula relativa al «carácter de clase» de la lengua es una fórmula errónea, no marxista». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y los problemas de la lingüística, 1950)

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