Las tempranas e inesperadas escisiones del PCE (m-l) en 1965; Equipo de Bitácora (M-L), 2019

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«El Partido Comunista de España (marxista-leninista) salió como escisión del Partido Comunista de España (PCE) en 1964, pero en sus orígenes, en su fundación, ya hubo dos escisiones tempranas. La primera cuando se debatía entre los grupos el camino a tomar y la segunda con el PCE (m-l) ya formado como tal. En ambos se presupone que fundamentalmente, debido a las ambiciones personales de los cabecillas pero también a fuertes divergencias ideológicas en los planteamientos.

a) Las causas de la ruptura del grupo de Suré y su andadura hasta 1968

Uno de los testigos del PCE (m-l), de aquella época, relataría que había diferencias profundas entre la forma de entender el partido:

«En octubre de 1964 tuvo lugar un nuevo viaje de Manolo a París. A su regreso supimos que se acababa de celebrar una reunión conjunta de los tres grupos pro-chinos –o «marxistas-leninistas» como habíamos decidido denominarnos, siguiendo la estela china–: la Oposición Revolucionaria del PCE que publicaba La Chispa –Ginebra); el «Partido Comunista de España» [Reconstituido], que publicaba Mundo Obrero Revolucionario, MOR; y nuestro propio grupo (Proletario). (…) Al día siguiente, martes 3 de noviembre, ese círculo de exdirigentes de La Chispa y MOR –Suré, Belmar-Bliz y sus parciales– lanzaron una disidencia frente al recién constituido PCEml. Habían sido elegidos al comité central, pero sabían que no podían manejarlo a sus anchas y que en lo ideológico estábamos los provenientes de Proletario, con unas tesis elaboradas y una plataforma doctrinal articulada. Y no querían eso. Querían ser ellos quienes cortaran el bacalao. (…) El I Pleno ampliado del comité central del PCEml se prolongó durante un número de días que no recuerdo y finalizó el 17 de diciembre. Formándose comisiones para estudiar las diferentes partes de la línea política que había que aprobar y también tuvieron lugar sesiones plenarias. Acudieron los del círculo disidente del 3 de noviembre. Los debates fueron amplios, profundos e intensos, plenamente sinceros y hasta a veces ácidos. Para la discusión, se formaron comisiones, que trabajaron durante días y noches, con brevísimas pausas para dormir, llegando casi a la extenuación. (…) El círculo disidente del 3 de noviembre quedó menguado, reducido a un exiguo corrillo, porque la base de exmiembros de MOR se unió a la mayoría casi unánime formada en el Pleno de Bruselas. Unos poquitos recalcitrantes rechazaron todo ese debate; apenas aceptaron participar en él, exigiendo un pronunciamiento previo sobre una cuestión de personas; al no inclinarse ante la decisión abrumadoramente mayoritaria, decidieron abstenerse del trabajo de las comisiones y de participar, por consiguiente, en las sesiones finales. Tras el Pleno ese puñado de irreductibles –con Suré a la cabeza– formará un grupo con la misma denominación del PCEml, sólo que ellos escribieron con mayúsculas la coletilla «(marxista-leninista)»; dudo que fuera deliberada esa sutil diferencia. Publicaron una revista que se llamó Mundo Obrero –igual que el órgano del PCE que dirigía Carrillo–. Mencionar a ese inoperante grupúsculo tendría escaso sentido –ni significaba nada ni tenía posiciones ideológicas propias –casi habría que decir que tampoco no-propias– si no fuera porque el partido comunista chino siempre le dio un respaldo económico y moral». (Lorenzo Peña; Amarga juventud: Un ensayo de egohistoria, 2010)

Recordemos que por aquella época, muchos de los maoístas teorizaban que el partido debía construirse a la forma inversa que marca el leninismo: primero debían unirse organizativamente en un mismo grupo y después aclarar las posturas ideológicas y preparar el programa:


«Esta actitud resulta del oscurantismo de nuestro pequeño burgués, de su negativa de toda teoría en general: procurando enmascarar su pasión por la ignorancia por la pasión de la organización, hace de ésta la primera condición de la unidad ideológica, la fuente de toda teoría. Ve en la organización no la fuerza que permite a la teoría revolucionaria materializarse y adquirir su potencial efectivo, sino el instrumento que colma el vacío teórico, consuela la ausencia de estrategia y hace olvidar la ligereza de algunas de las tácticas. Es la organización-muleta, que les permite a nuestros lisiados sin piernas avanzar. Es por eso que, a los ojos de nuestros maoístas, la organización tiene algo misterioso y es valorado como algo milagroso. Así como el crisol donde el alquimista transforma el vil plomo en oro brillante, cambiando por sus mismas virtudes, a nuestro ignorante pequeño burgués en un dirigente revolucionario. Diez no marxistas aislados, juntos forman una organización marxista, tal es el invariable precepto de base del movimiento maoísta. (…) Está claro que el partido leninista se construye primero por arriba, es decir primero se aborda el nivel ideológico y teórico antes de edificarse organizacionalmente. El núcleo dirigente se constituye antes que la organización del partido propiamente, lo que no significa que el partido se forme espontáneamente y separado de toda forma de organización, de colaboración, etc., ni que [esta dirección] sea inamovible. Sobre el primer punto los maoístas invierten la cronología y el proceso de edificación teórica. La cronología según ellos es: que hay que organizar primero, y luego definir una teoría, una línea, un programa. Del terreno de la organización, van a brotar, como setas después de la lluvia, los futuros dirigentes que serán aptos, ellos, realizarán el famoso programa que hará que todos se sientan inútiles durante toda la eternidad. Como el ignorante y oscurantista pequeño burgués transforma sus propias taras en absolutas, el maoísta decreta que lo que no puede hacer es imposible en general, que sobre eso por lo menos no sabría tener mala conciencia y transforma su incapacidad subjetiva en obstáculo objetivo: la ausencia o la debilidad de la organización. Los maoístas también invierten el proceso de construcción teórica, porque según ellos, la teoría se desarrolla desde abajo utilizando la «línea de masas» en la aplicación de la cual va a emerger la línea política. La «práctica», es la aplicación de la «línea de masas», segrega la línea general. Se realiza una primera «experiencia», que, si es satisfactoria, entonces será aplicado por todos, de lo contrario servirá como «lección negativa». ¡Cualquier otro diseño diferente es sólo sueño ambicioso de intelectuales arribistas según nuestros maoístas! De igual modo está claro que el partido leninista está organizado desde abajo, desde la base hacia arriba de acuerdo con el principio de elección y, entre otras cosas, de la autonomía de las organizaciones locales que pretenden, a nivel local, aplicar la línea del partido en toda el conjunto de la sociedad y en todos dominios de la vida. Pero aquí una vez más los maoístas invierten el proceso, sus organizaciones se construyen de hecho por arriba: no de acuerdo al principio de elección desde abajo, sino que bajo pretextos diversos, hay una intervención constante del centro en las organizaciones inferiores en violación de toda democracia, etc. De ahí esta mezcla de ultracentralismo y de ultrademocracia, de burocratismo y anarquismo, que nuestros maoístas llaman «centralismo democrático». Esta mezcla confusa y esta reversión del proceso de construcción del partido, tanto organizativamente como ideológicamente, se revelan cuando uno critica el supuesto centralismo democrático de sus organizaciones. Siempre precoz a mostrar su ignorancia política y teórica cuando él se ve arrinconado –revelando el sello de su pertenencia de clase–, el maoísta nunca va a admitir que su organización no se basa en el centralismo democrático. Para él, cualquier crítica en este punto es el signo de un desacuerdo oculto sobre la línea política, porque no puede entender que los problemas de organización contienen su parte específica de filosofía y de política. Al afirmar que «todo es político» cree justificar la confusión extrema en su cabeza, sobre todo en estas cuestiones de organización. ¡La obra de Lenin «Un paso adelante, dos pasos atrás» parece que sigue siendo ilegible para estos hombres!». (L’emancipation; La demarcación entre marxismo-leninismo y oportunismo, 1979)

El PCE (m-l) oficial diría años después de esa primera escisión lo siguiente:

«El puñado de oportunistas sin principios, que actuaba en el seno de los grupos marxista-leninistas ahora unificados, y que ya en la reunión del 4 de octubre de 1964 habían tratado de torpedear la reconstrucción del partido y posteriormente la buena marcha de la Iº Conferencia Nacional al tratar de impedir la discusión política y proceder a una unificación exclusivamente organizativa. (…)

Las cuestiones de fondo que estaban detrás de la lucha contra el puñado de oportunistas no era solamente una oposición a las ambiciones de unos arribistas, sino algo más serio y profundo.

En primer lugar, era una lucha por la unidad del partido, por una verdadera unión, no ficticia, y por impedir que el proceso iniciado desembocara en una división, con dos comités centrales, y dos periódicos, lo cuál significaría un grave retroceso.

Se trataba también de una lucha por eliminar el espíritu de grupo en el que se podía caer tan fácilmente en el caso de que los oportunistas impusieran sus puntos de vista. El peligro del grupismo venía de los meses que habían transcurrido desde la ruptura organizativa con el revisionismo, durante los cuales se había creado en los oportunistas un espíritu de camarilla. De perdurar este, el partido acabaría fragmentándose y no pasaría de un estado de grupúsculo. Por lo tanto, se trataba de eliminar estas concepciones allí donde se diesen.

Ligada a esta cuestión aparecía la lucha por el centralismo democrático, es decir por asegurar el funcionamiento colectivo de los organismos de dirección, en contra de las ambiciones personales de advenedizos oportunistas y por implantar la supeditación de la minoría a la mayoría, acabando con actitudes individualistas y anarquistas.

Igualmente, otro de los aspectos que constituyeron el fondo del enfrentamiento contra los oportunistas sin principios era el del papel que jugaba en España el imperialismo yanqui y la necesidad de luchar por la independencia nacional, cosa que aquellos negaban.

Así pues, en esta batalla estaba implícita la lucha por construir un partido sobre unas bases coherentes y netamente leninistas, acabando con el confusionismo ideológico generado en el partido revisionista y propio de elementos burgueses o degenerados.

Y, en el fondo, la lucha contra los oportunistas [de 1965] tenía implicaciones más vastas, internacionales, pues de por sí solos no habrían representado un peligro tan grande si no hubieran contado desde el principio y hasta su desaparición en 1968, con el respaldo político, económico y moral de los dirigentes chinos. Las razones del apoyo de los revisionistas chinos, aún no desenmascarados, hacia los fraccionalistas oportunistas son las mismas que les llevaron siempre a boicotear la reconstrucción y el fortalecimiento del Movimiento Comunista Internacional Marxista-Leninista. Les interesaba que en España existiera un partido débil, con diversas corrientes, confuso ideológicamente, pues para ellos, esa situación les garantizaba que podrían influir ideológicamente en él y someterlo a su batuta». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Esbozo de Historia del PCE (m-l), 1985)

De esta facción minoritaria se fundó un llamado «PCE M-L» que se diferenciaba del oficial por escribir todas sus siglas en mayúsculas:

«Tras el pleno ese puñado de irreductibles –con Suré a la cabeza– formará un grupo con la misma denominación del PCEml, sólo que ellos escribieron con mayúsculas la coletilla «(MARXISTA-LENINISTA)»; dudo que fuera deliberada esa sutil diferencia. Publicaron una revista que se llamó Mundo Obrero –igual que el órgano del PCE que dirigía Carrillo–. Mencionar a ese inoperante grupúsculo tendría escaso sentido –ni significaba nada ni tenía posiciones ideológicas propias casi habría que decir que tampoco no propias–si no fuera porque el partido comunista chino siempre le dio un respaldo económico y moral». (Lorenzo Peña; Amarga juventud: Un ensayo de egohistoria, 2010)

Cuando más tarde desapareció en 1968, el PCE (m-l) utilizaría las siglas en mayúsculas o minúsculas sin distinción.

El grupo escindido se hizo famoso en lo sucesivo por su eclecticismo ideológico:

«El grupo minoritario expulsado en la reunión [de fundación del PCE (m-l)] de diciembre de 1964, entre cuyos dirigentes está «Sure», inicia la publicación en la emigración de su órgano central «Mundo Obrero» y en el interior aparecen varios boletines. (…) Las cuales, de manera inusual, dado el sectarismo y dogmatismo reinantes en los diferentes colectivos marxista-leninistas, difunden junto a textos de Mao Zedong, trabajados de Fernando Claudín y Federico Krutwig, uno de los inspiradores de ETA». (Lorenzo Castro; Análisis de un proceso; PCE (r)/GRAPO 1968-1979)

Por tanto, desde el PCE (m-l) oficial, se les caracterizaba por sus defectos ideológicos como sigue:

«En este sentido se comprende que los oportunistas sin principios [de 1965] que como grupo eran la hechura del oportunismo y del revisionismo chino, entraran en confabulación con el ultrarrevisionista de extrema derecha Fernando Claudín, que con un reducido grupo había abandonado a Carrillo para alienarse con las posiciones revisionistas de Togliatti, tendentes a hacer de los partidos una aglomeración de carácter liberal, con tendencias orgánicamente diferenciadas y emprender una vía propia –la española– hacia el socialismo. Así, los oportunistas sin principios, llegaron a publicar como «editorial» en su periódico el escrito de F. Cláudin titulado «El subjetivismo de la política del PCE», en el que se ataca a Stalin y se defiende una política derechista y contrarrevolucionaria, que únicamente se diferenciaba de las posiciones de Carrillo-Ibárruri, en que Claudín quería llevarles a la práctica inmediatamente, mientras que Carrillo iba aplicándolas paso a paso. (…) Renuncian a enarbolar la bandera de la independencia nacional contra el imperialismo yanqui, propugnan la instauración de una democracia burguesa, propugnan la creación de un frente antidemocrático, antinacional y contrarrevolucionario que incluya a sectores de la oligarquía proyanqui, son incapaces de analizar la realidad española, preconizan una «reforma agraria» parecida a la de los revisionistas carrillistas, aplauden la política reformista de «comisiones obreras», y del «sindicato democrático de estudiantes» revisionistas, propugnan el desmembramiento del territorio nacional español, formulan en materia de organización principios anticlandestinos y «ultrademocráticos». (…) Predican el terrorismo anarquista e individualista». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Esbozo de Historia del PCE (m-l), 1985)

Por aquel entonces el surgimiento de esta escisión y el apoyo de China a esta, daría pie a que el PCE (m-l) le mandase varias cartas durante 1965-1973 exponiendo su desacuerdo a la hora de tratar las relaciones internacionales y defender los principios ideológicos que pueden verse en el presente documento, en el IV capítulo: «El PCE (m-l) y su tardía desmaoización» [Proximamente disponisble]. O si se prefiere en el documento: «Esbozo de Historia del PCE (m-l)» publicado en «Vanguardia Obrera» entre 1983 y 1985. Los líderes chinos lejos de cortar relaciones con ese grupo oportunista escindido, siguieron dándole medios económicos y publicidad en sus medios.

Los restos de este PCE (M-L) escindido del PCE (m-l) oficial acabaron su andadura en 1968, pero fue justo entonces cuando se integraron en la Organización de Marxista-Leninistas Españoles (OMLE), fundada justo ese mismo año. Tiempo después ese grupo sería el principal grupo que daría luego pie al maoísta Partido Comunista de España (reconstituido) en 1975. Este partido fue resultado de la unificación de varios grupos eclécticos como ya vimos en nuestra obra: «Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE(r) y las prácticas terroristas de los GRAPO» de 2017.

La influencia del viejo PCE (M-L) disidente de 1965-1968 se reflejaría en la OMLE cuando este repetía en sus críticas hacia el PCE (m-l) los mismos debates en torno a negar la importancia del capital extranjero en la economía española o escamotear la importancia de los vínculos y pactos militares con el imperialismo yanqui, ridiculizando y distorsionando el programa del PCE (m-l) oficial, calificándolo de derechista, incluso de «apoyar la demagogia de la burguesía [republicana] poniéndose por debajo de ella». Véase el artículo titulado «Las tareas revolucionarias del proletariado en el momento actual y el oportunismo del grupo PCE (m-l)» publicado por la OMLE en 1972.

Por supuesto los líderes del PCE (m-l) no gastaron demasiado tiempo en refutar lo que el partido proponía, pues era obvio con solo mirar sus documentos:

«Algunos elementos cortos de vista y mal intencionados políticamente, entre los que se encuentran naturalmente los cabecillas trotskistas, los neorrevisionistas y algunos pseudo-marxista-leninistas librescos de corto vuelo y poco valor, pretenden que al colocar la lucha por la independencia nacional paralelamente a la lucha contra la dictadura fascista, preconizamos en realidad un régimen democrático-burgués nacionalista. Pero nada más lejos de la realidad y de nuestros verdaderos objetivos para cualquiera que haya estudiado nuestra Línea Política sin tergiversarla y sin agarrarse a formulaciones aisladas, ya que la esencia de República Popular y Federativa está claramente expuesta. (…) Es innegable que dado el papel dirigente que ha de desempeñar la clase obrera en alianza con el campesinado así como con otras capas populares, bajo la dirección de su partido de vanguardia en la lucha actual contra la dictadura y la dominación yanqui, el carácter de dicha república ha de ser en gran medida de contenido socialista y ello no puede ser de otro modo dado que la mayor parte de la industria, las finanzas, las materias primas, la energía, los transportes, la mejor parte de la tierra, etc., están en manos de oligarcas o de yanquis u otros inversionistas extranjeros y que todo ello deberá ser confiscado y socializado por el Estado popular con arreglo a las modalidades y formas que establezca el nuevo poder revolucionario. Queda entendido, claro está, que en esta primera fase se mantendrá la propiedad privada de la tierra de los campesinos no latifundistas, así como la del artesanado y empresas de menor importancia». (Elena Ódena; Por una República Democrática, Federal, Popular y Federativa, 1972)

Efectivamente esa postura puede ser vista en el PCE (m-l) desde los documentos de su nacimiento en los años 60 y no admite duda alguna.

Otro testigo y exmiembro del PCE (r) constataría los vínculos entre el viejo PCE (M-L) disidente disuelto en 1968 y la nueva OMLE fundada en ese mismo año:

«No debe, pues, extrañar de aquellos «obreros degenerados» vieran su honor restituido por el propio PCE (r), cuando se les recordó como los «elementos sanos del grupo que apoya a Suré» y que junto con otros militantes comunistas, pasaron a formar las OMLE. (…) Los referidos obreros eran quienes habían rehusado crear en el 1964 el PCE (m-l) al lado de Elena Ódena». (Pío Moa; De un tiempo y de un país. La izquierda violenta (1968-1978): La oposición durante el franquismo, 2002)

b) La escisión trotskista en el interior, verano de 1965

No mucho después, unos cuantos militantes de Madrid se volvieron «de la noche a la mañana» trotskistas, e intentaron propagar en el partido dichas ideas, enfrentándose con la dirección que se oponía a tal volantazo ideológico:

«Anselmo, en sintonía con muchos otros, se había convertido al trotskismo. ¿Cómo así descubría las ideas de Trotski quien acababa de participar activamente en un amplísimo debate doctrinal en el cual hubiera podido exponer los puntos de vista que quisiera y ni por asomo había insinuado en lo más mínimo nada de tal preferencia? ¿Cómo así salía ahora rechazando las etapas de la revolución –para abrazar la teoría trotskista de la revolución permanente– cuando unos meses antes habíamos debatido al respecto –no si habría etapas, sino cuáles– y había estado de acuerdo? Dejo a otros las elucubraciones conspiratorias; tengo para mí que lo que causó aquel revuelo fue mi ausencia junto con la superficialidad de las convicciones ideológicas de los jóvenes camaradas y lo volátil que puede ser la mente humana. (…) Llegué a la conclusión de que eran totalmente erróneas las dos tesis más conocidas y características de Trotski: el rechazo al socialismo en un solo país; (2) la revolución permanente, con la consiguiente negación de las etapas –que él, evidentemente, no enuncia en términos claros y rotundos, como suele pasar en las controversias doctrinales, ésas u otras–. También me desagradó profundamente su talante intelectual. (…) Los disidentes elaboraron varios documentos en los cuales criticaban en los términos más acerbos toda la dirección ideológica del partido. (…) A la refutación de sus documentos tuve que consagrar un enorme trabajo doctrinal que se tradujo en otro de mis muchos mamotretos de la época: «Las posiciones políticas y organizativas de los fraccionalistas trotskistas». (…) De nada sirvió. Ya habían optado y no los iba a convencer. Se alejaron del PCEml. (…) Al comenzar el otoño, habíamos perdido casi toda la organización en Madrid, que era la única un poco importante en el interior. ¿Qué más teníamos? Un poquito en Vizcaya, un casi nada en Barcelona y tal o cual contacto aquí o allá. Total, el partido en el interior quedaba prácticamente desmantelado». (Lorenzo Peña; Amarga juventud: Un ensayo de egohistoria, 2010)

Como vemos estas dos escisiones de 1965 dejaron al partido en una encrucijada sobre todo en el interior, aunque el PCE (m-l) se recuperaría, llegando a su cénit de militantes e influencia seguramente durante 1973-1976.

La respuesta oficial del partido contra las intentonas ideológicas de este grupo fueron recogidas en la obra por entonces escrita por Lorenzo Peña y Gonzalo: «Las posiciones políticas y organizativas de los fraccionalistas trotskistas» de 1965. Si dejamos a un lado la influencia nociva del maoísmo y el castrismo que todavía se veía entre los partidos marxista-leninistas, e ignoramos también la trayectoria política posterior de los mismos –en especial de Lorenzo Peña que fue un renegado socialdemócrata a partir de 1972–, lo cierto es que el artículo recoge perfectamente una seria lucha contra los defectos del trotskismo, unos que hoy todavía asoman en el movimiento obrero. Veamos.

En contra el modelo de organización trotskista en el partido:

«La defensa de la libertad de fracciones en el Partido ha sido siempre uno de los puntos del trotskismo en su lucha contra el movimiento comunista mundial. Lo expuso ya Trotski en 1923 –en su Nuevo Rumbo–, designándolo con el eufemismo de establecer un «régimen sano» en el Partido. Trotski pasó de la palabra a los hechos, capitaneó el grupo fraccional de la «Oposición de izquierda» y más adelante intentó derrocar por la fuerza la dictadura del proletariado, organizó –después de su destierro– bandas de saboteadores, siguiendo la misma política anticomunista en todos los países. (…) Ellos toman de Trotski las tesis oportunistas en materia de organización. Más adelante analizaremos el posible fundamento de sus críticas a la dirección del Partido, a la que califican de «burocrática» y «dictatorial». La base doctrinal de esas críticas estriba en su oposición a la disciplina proletaria y al centralismo democrático. Para los fraccionalistas la disciplina del Partido es «la dictadura de los grupos dirigentes sobre el Partido», por parte de la dirección y «la sumisión a una camarilla dirigente». (…) Que la dirección sólo será verdaderamente tal en la medida en que exprese la voluntad colectiva –esto es, mayoritaria– del Partido es algo que salta a la vista, que se desprende de toda nuestra concepción del Partido leninista. Pero los fraccionalistas no hablan de la voluntad colectiva, de la voluntad mayoritaria del Partido, sino de su «voluntad revolucionaria», que puede interpretarse en el sentido de «las posiciones de principios correctas», correctas al buen saber y entender de cada uno, independientemente de la voluntad de la mayoría. (…) La subestimación de la organización, de la disciplina y de la centralización, por parte de los fraccionalistas trotskistas se pone de relieve también en su tesis de que en todo momento se pueden constituir grupos fraccionales en el Partido –como ellos dicen: «grupos provisionales en el terreno ideológico»–. Esta su concepción significa: todos los militantes con posiciones ideológicas semejantes tienen el derecho de mantener contactos inorgánicos entre sí a espaldas del Partido, ocultándoselos al Partido si éste entiende que deben cesar tales contactos. Y, claro está, esos contactos no deben servir simplemente para la discusión ideológica, sino para extender «cualquier documento», así como para planificar en común la actividad a realizar dentro de los órganos del Partido, con vistas al triunfo del grupo fraccional, de las plataformas fraccionales. (…) La cohesión monolítica del Partido debe fundamentarse en su unanimidad ideológica. Cierto que ésta no puede ser impuesta, que debe basarse, ante todo y sobre todo, en la conciencia política de los militantes. (…) Pero el Partido debe tomar medidas orgánicas para evitar que los inevitables elementos minoritarios con tendencia a la inestabilidad, a la vacilación, o incluso con ideas francamente oportunistas –y aun teniéndolas pueden permanecer en las filas del Partido si respetan los Estatutos–, para evitar que esos elementos transformen a éste en un club de discusión. (…) La dirección sin el control quedaría reducida a nada, a mera orientación indicativa. En un partido comunista revolucionario de la clase obrera no puede por menos de existir un control riguroso de todo el Partido –representado por su dirección– sobre cada uno de sus militantes, de sus organizaciones de sus diversos comités, a uno u otro nivel. Las labores de dirección son mucho más complejas que el mero control. Pero no por ello deja de ocupar el control un papel muy importante». (Partido Comunista de España (marxista-leninista; Las posiciones políticas y organizativas de los fraccionalistas trotskistas, 1965)

Entender el proceso del conocimiento:

«De acuerdo con la teoría del conocimiento del materialismo dialéctico, la realidad no se comprende de una vez por todas, de una manera definitiva y acabada. Por el contrario, el proceso del conocimiento de la verdad es un proceso de totalización ininterrumpida, en íntima ligazón con la práctica. Ese proceso de totalización estriba en la crítica de cada uno de los postulados de nuestro conocimiento en función del conjunto de la experiencia colectiva –experiencia que se da en la acción social–. Son muchos, muchísimos, los postulados que se aceptan sin comprenderse «radicalmente». La comprensión «radical» de cada uno de ellos no se da nunca de una manera acabada, sino que está sometida a un proceso continuo de profundización y esclarecimiento críticos. La verdadera conciencia de clase del proletariado, la conciencia comunista revolucionaria –o, en otros términos, el marxismo-leninismo– no ha surgido de una manera acabada. Como todo el conocimiento científico en general, la conciencia comunista revolucionaria está sujeta a una autocrítica constante, que no es sino la resolución de las contradicciones entre sus diversos postulados, contradicciones que surgen –y no pueden por menos de surgir– en el fragor de la acción práctica revolucionaria de la clase obrera, en el fragor de las contradicciones de la realidad objetiva, que van siendo resueltas por esa misma acción revolucionaria». (Partido Comunista de España (marxista-leninista; Las posiciones políticas y organizativas de los fraccionalistas trotskistas, 1965)

Sobre los errores en la difusión del marxismo y como se concibe:

«Entre nuestros intelectuales doctrinarios, los fraccionalistas trotskistas. En ellos el «infundir» conciencia comunista al proletariado viene a ser algo así como una acción misional –es evidente que la doctrina cristiana no se modifica ni se enriquece en nada con las opiniones y, menos aún, con la práctica de las masas a las que se predica–. Esta «infusión» –es su término favorito y nada le objetaríamos si no fuera por todo el contexto en el que está situado–, al no ser la de una doctrina que se transforma y se modifica sin cesar —como todas las demás cosas y fenómenos que se dan tanto en el campo de la naturaleza como en el de la sociedad y el pensamiento— no puede ser más que un adoctrinamiento puramente pedagógico, con visos de predicación misional». (Partido Comunista de España (marxista-leninista; Las posiciones políticas y organizativas de los fraccionalistas trotskistas, 1965)

¿A quién se dirige el partido en su agitación y propaganda?:

«Los fraccionalistas trotskistas interpretan de una manera doctrinaria y metafísica el carácter de clase del Partido marxista-leninista como partido obrero, negando de hecho su carácter de partido de vanguardia en la lucha por los intereses generales del pueblo y de la nación. (…) Si el Partido siguiese, por el contrario, los consejos de los fraccionalistas trotskistas, se convertiría en una organización estrecha de los obreros fabriles, incapaz por ello mismo de ser el instrumento mediante el cual el proletariado ha de ejercer su hegemonía sobre las demás clases populares en la revolución democrático-nacional. ¿A quién va dirigida la agitación y propaganda del partido obrero? En su célebre artículo «Sobre la caricatura del marxismo y el economicismo imperialista», Lenin dijo: «Sólo los «economicistas» de triste memoria pensaban que las consignas del Partido obrero cabe plantearlas únicamente para los obreros. No, esas consignas se plantean para toda la población trabajadora, para todo el pueblo». (Partido Comunista de España (marxista-leninista; Las posiciones políticas y organizativas de los fraccionalistas trotskistas, 1965)

¿Quién puede ser aceptado en el partido proletario?:

«De acuerdo con el marxismo-leninismo, el Partido comunista es el partido de la clase obrera, agrupa en su seno a los elementos más avanzados de la clase obrera y dirige a las amplias masas proletarias en su lucha contra el capital. Pero, al mismo tiempo, se incorpora como militantes a los elementos pertenecientes a otras clases que abrazan la concepción del mundo y los intereses propios del proletariado. El Partido Comunista, como destacamento de vanguardia del proletariado, es el instrumento principal mediante el cual el proletariado ejerce su hegemonía sobre las demás clases trabajadoras. Y, para ejercer esa hegemonía, el partido comunista necesita desarrollar una labor de proselitismo también entre las clases trabajadoras no proletarias, laborando por que los elementos más avanzados de éstas abracen los intereses y la concepción del mundo de la clase obrera». (Partido Comunista de España (marxista-leninista; Las posiciones políticas y organizativas de los fraccionalistas trotskistas, 1965)

Que la clase obrera sea la clase más revolucionaria no significa que se deba ignorar al resto de capas trabajadoras y populares:

«Nuestros fraccionalistas trotskistas arguyen que, si los objetivos de nuestra lucha interesan a todas las clases que componen el pueblo, entonces el proletariado «no es más que una de las varias clases interesadas en tales objetivos». Éste es un razonamiento absurdo. El hecho de que todas las clases populares –proletariado, campesinado trabajador, pequeña burguesía urbana– estén interesadas en los objetivos de nuestra lucha no quiere decir que todas lo están del mismo modo. Para el proletariado, la revolución democrático-nacional tiene el interés de abrir el paso a la revolución comunista, de ser la primera etapa de esa revolución. Sólo el proletariado es consecuente luchador revolucionario en esta revolución, precisamente porque va mucho más allá de la revolución democrático-nacional». (Partido Comunista de España (marxista-leninista; Las posiciones políticas y organizativas de los fraccionalistas trotskistas, 1965)

La subestimación del potencial del campesinado y sus diferentes capas:

«Según ellos, el movimiento obrero por sí solo será «capaz de hacerse notar prácticamente a la vista de todos como una amenaza seria para el régimen». Eso es falso. El movimiento revolucionario nacional-democrático en nuestro país sólo constituirá una amenaza seria para el régimen cuando incorpore a la lucha, no sólo a los obreros, sino también, al menos, a los campesinos trabajadores. Sin ello no habrá «amenaza seria» para el régimen. ¿Que quiere decir «amenaza seria para el régimen»? Es claro que el único significado correcto de esa expresión es el de fuerza capaz de derrocar a la dictadura. Pero precisamente esa fuerza no la pueden constituir sólo los obreros –menos aún en el sentido restringido que a esta palabra dan los trotskistas, como obreros urbanos nada más, dejando aparte a los jornaleros del campo–, sino todas las clases populares bajo la jefatura del proletariado». (Partido Comunista de España (marxista-leninista; Las posiciones políticas y organizativas de los fraccionalistas trotskistas, 1965)

La posibilidad de la construcción del socialismo en un sólo país y cómo la historia negó las teorías fatalistas de la «revolución permanente» trotskista:

«A la economía mundial capitalista ha sucedido, directa e inmediatamente, no la economía mundial socialista –ésta vendrá dentro de bastantes decenios o acaso de más de un siglo–, sino el desarrollo de cada país socialista, que construye una economía nacional independiente, sobre la base del principio de apoyarse principalmente en sus propias fuerzas. (…) El factor decisivo que decide la salida de una guerra no son las armas, sino la superioridad del orden social, la moral de las tropas y, sobre todo, de la población civil, la conciencia y organización de las masas. Una vez más se ha revelado justa la tesis marxista de que «son las masas las que hacen la historia» y no la tesis revisionista-trotskista de que las armas lo deciden todo. (…) Es posible que se sitúen en primer plano las contradicciones interimperialistas incluso por encima, en ciertos casos, de la contradicción entre el imperialismo como un todo y el socialismo. En determinadas circunstancias ciertos grupos imperialistas anteponen sus intereses concretos a los del capitalismo en general, el campo imperialista se escinde y el socialismo –en un solo país o en varios países– puede utilizar las contradicciones antagónicas entre los diversos bloques imperialistas y, si se ve amenazado o atacado por uno de ellos, llegar a una alianza militar con el otro. (…) La fuerza del proletariado mundial, incluso si éste ha logrado establecer su dominación en un número reducido de países, se ha revelado también gigantesca. La presión que los intentos –aun si resultan a veces fallidos– de la clase obrera por tomar el poder en los diversos países, así como la propia presión que ejerce su fuerza organizativa y política creciente, ha contribuido a detener la mano de los agresores imperialistas, a salvaguardar la paz. Los imperialistas saben muy bien que la guerra aceleraría la maduración de las condiciones para una revolución proletaria en sus propios países. (…) El movimiento democrático-burgués de liberación nacional de los países afroasiáticos y el incipiente movimiento democrático-popular de liberación nacional de los pueblos iberoamericanos son fuerzas revolucionarias imponentes, cuyo poderío es tal que, por sí solas, han aportado una contribución fundamental y decisiva a la causa de la paz, debilitando a las fuerzas del imperialismo, obligándolas a batirse simultáneamente en escenarios muy alejados entre sí. Con esa retaguardia tan movediza, los imperialistas difícilmente se decidirán a lanzarse a una guerra total contra el socialismo». (Partido Comunista de España (marxista-leninista; Las posiciones políticas y organizativas de los fraccionalistas trotskistas, 1965)

Se podría citar muchas cuestiones más de la necesaria y acertada crítica del PCE (m-l) al trotskismo. También podríamos criticar los fallos en la crítica al trotskismo desde posiciones castristas-maoístas del folleto de 1965. Pero ambas cuestiones son temas que se trataran de una forma u otra a lo largo del documento, por lo que sería redundante.

El PCE (m-l) tras superar este escollo, no dejó de lado la crítica al trotskismo y sus representantes. De hecho durante 1968-1973 se ve una lucha abierta contra él como puede ser seguido por los escritos de Elena Ódena». (Equipo de Bitácora (M-L); Ensayo sobre el auge y caída del Partido Comunista de España (marxista-leninista), 2019)

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