El Congreso de los Pueblos de Extremo Oriente de 1922 convocado por la III Internacional

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Juan Manuel Olarieta.— En noviembre del año pasado John Sexton publicó “Alliance of Adversaries: The Congress of the Toilers of the Far East” en el volumen 173 de Historical Materialism Book, una edición comentada de las actas del Congreso de los Pueblos de Extremo Oriente que en 1922 organizó la Internacional Comunista en Moscú (*).

La importancia de la obra no puede ser mayor, sobre todo para quienes se interesan por la historia del movimiento comunista internacional, en general, y su línea política respecto a lucha contra el colonialismo, en particular, una cuestión sobre la que se olvida lo esencial: hace 100 años la Internacional Comunista y la URSS cambiaron el mapa del mundo de manera definitiva.

Los congresos de la III Internacional, el Congreso de Bakú en 1920 y el de los Pueblos del Extremo Oriente dos años después pusieron a la clase obrera al frente de un desafío histórico que fue a la vez revolucionario e internacionalista.

Hasta entonces ninguna organización de ningún tipo había emprendido una tarea semejante. No había ningún tipo de experiencias al respecto, por lo que los comunistas tuvieron que empezar prácticamente desde cero y, desde luego, que avanzaron en medio de polémicas internas de una intensidad que nos podemos imaginar.

El Congreso fue bastante diferente del de Bakú, que se había celebrado mientras la guerra civil seguía su curso; la ciudad sólo había estado en manos los soviets durante unos meses. En 1922 la situación militar era mucho mejor. El clima diplomático también se había calmado y los imperialistas invitaron a Rusia a la conferencia internacional de Génova.

En Bakú la mayor parte de los 2.000 delegados pertencían a poblaciones de la propia URSS y países vecinos del sur, con unas 37 nacionalidades representadas, mientras que el Congreso de los Pueblos del Extremo Oriente sólo participaron 150 delegados de los partidos comunistas de Indonesia, India, Mongolia, China y Japón. En aquel momento los dos primeros países aún eran colonias de Holanda y Gran Bretaña y Mongolia era un país emergente que debía su liberación a la Revolución de 1917 y al posterior estallido del movimimiento antimperialista en China.

La derrota de Rusia en la Guerra con Japón de 1905 fue fundamental para el surgimiento de la lucha contra el colonialismo en Asia porque demostró que era posible derrotar a los europeos. A partir de entonces Japón fue un país visto con mucha simpatía. Los nacionalistas asiáticos se hicieron projaponeses y salieron de la férula de unos imperialistas, los europeos, para acabar en la de otro, los japoneses.

El imperialismo japonés utilizó una retórica antiimperialista para justificar su expansionismo. En 1905 Sun Yat-sen creó el Tongmenghui, predecesor del Kuomintang, en Tokio. La reunión se celebró en la casa de Uchida Ryohei, un reaccionario japonés que, posteriormente, fue de los primeros que se lanzó a la conquista del norte de China.

Al mismo tiempo, Japón se había convertido rápidamente en una potencia imperialista particularmente rapaz y se había involucrado a fondo en la guerra civil rusa, apoyando a los peores criminales de la reacción zarista. Con mucho, tuvo el mayor contingente de tropas que lucharon contra los soviets durante la guerra civil. Había colonizado Corea, tenía la vista encima de China, Siberia y Mongolia.

En fin, Japón era una amenaza en el Extremo Oriente, aunque la Internacional Comunista pronosticó que su rivalidad con Estados Unidos conduciría a una nueva guerra mundial, como así ocurrió.

El Congreso de los Pueblos del Lejano Oriente fue una réplica a la Conferencia Naval de Washington, que incluyó el Lejano Oriente en su orden del día, y que excluyó a la URSS. Fue presidida por G.I.Safarov, responsable del departamento del Lejano Oriente de la Internacional Comunista, que leyó el informe inaugural, en el que reiteraba las posiciones anticoloniales aprobadas por el II Congreso y, en especial, la necesidad de un frente común con los nacionalistas asiáticos, algunos de los cuales, como los chinos, estaban presentes en el acto.

Más allá de los principios generales, la línea política seguía siendo discutida, por lo que se reprodujeron los mismos debates y las mismas posiciones, en particular sobre las relaciones con los nacionalistas y, en concreto, en China.

Algunas cuestiones, como el caso de Mongolia, ilustran la complejidad del problema. Los nacionalistas chinos siempre han considerado a Mongolia como una parte de China. El país había conquistado su independencia gracias al zarismo. Se impuso un gobierno teocrático que, durante la guerra civil rusa, amparó a lo peor reacción blanca. Con la victoria del Ejército Rojo, en 1921 cayeron tanto la teocracia local como los blancos rusos.

El gobierno soviético era partidario de la independencia, aunque una parte de la Internacional Comunista defendía su incoporación a China, entre ellos Joffé, que dirigía una parte del Departamento del Extremo Oriente. Según Joffé, el gobierno soviético reproducía los errores del zarismo al reconocer la independencia de Mongolia y, además, se enfrentaba a los nacionalistas chinos.

En 1924 Sun Yat-sen y Joffé llegaron a un compromiso de filigrana que -más o menos- admitía que, aunque la soberanía correspondía a China, Mongolia era un país independiente. En todos los tratados, la URSS siempre obligó al Kuomintang a pasar por aquel acuerdo y aún hoy en Taiwán reprochan a Mao Zedong y al Partido Comunista de China de “entregar” a Mongolia.

La línea política de la Internacional Comunista en China estuvo condicionada por la necesidad de disponer sobre el terreno de un dique frente al expansionismo japonés, uno de cuyos baluartes debía ser el Kuomingtang, es decir, los nacionalistas chinos. Para ganárselos, la Internacional Comunista hizo toda clase de concesiones, algunas de ellas inimaginables en a actualidad. Fue una historia de desengaños desde el principio. Cuando los japoneses invadieron China, la preocupación principal de los nacionalistas seguía siendo la de exterminar a los comunistas.

La tarea de hacer frente a Japón fue obra de los comunistas chinos.

(*) https://doi.org/10.1163/9789004280670, http://www.historicalmaterialism.org/node/962

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