El imperio mediático Hearst

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Salvador Capote.— En la última década del siglo XIX la prensa estadounidense se dedicaba a describir atrocidades, algunas reales, la mayor parte inventadas, que se alegaba eran realizadas por los españoles en su colonia de Cuba. Se buscaba crear, con esta campaña de prensa, una opinión pública que obligase al gobierno de Estados Unidos a entrar en guerra con España. Protagonistas principales de este esfuerzo fueron William Randolph Hearst, propietario del New York Journal y miembro de la familia Hearst, fundadora de uno de los imperios mediáticos mayores del mundo, y su competidor Joseph Pulitzer, del New York World. Ambos competían por la circulación y veían en el conflicto bélico la oportunidad de aumentar la tirada de sus periódicos.

Los corresponsales en Cuba enviaban desde la isla noticias y reportajes sensacionalistas, práctica que llegó a conocerse como “periodismo amarillo”. Este periodismo amoral y oportunista ayudó a precipitar las acciones militares y sirvió de pretexto al gobierno de Estados Unidos para dar inicio a la primera guerra imperialista.

Hearst envió a Cuba en 1897 al artista Frederic Remington con la tarea de realizar dibujos que sirvieran para ilustrar los artículos efectistas y escandalosos que publicaba en sus periódicos. Pero estando en Cuba, Remington no vio que sucediera algo extraordinario y telegrafió a Hearst en enero de 1997: “Everything is quiet. There is no trouble. There will be no war. I wich to return.” (Todo está tranquilo. No hay problemas. No habrá guerra. Deseo regresar.). A lo que Hearst respondió con el famoso telegrama: “You furnish the pictures and I’ll furnish the war”. (Ponga usted los dibujos y yo pondré la guerra.).

Pero el aumento de la circulación de sus periódicos no era la única ventaja que obtenía Hearst, como lo prueba la campaña del “San Francisco Examiner” contra la “Southern Pacific Railroad” en la década de 1890, apoyando las protestas del pueblo de California contra las altas tarifas del ferrocarril. Después de un tiempo, los ataques periodísticos a la compañía cesaron de pronto y totalmente. Luego se supo que Hearst había firmado un contrato con la compañía ferroviaria que incluía el pago de $22000, a cambio del cese de la campaña mediática.

Algunos años más tarde, en Chicago, otro periódico de Hearst, el “Chicago American”, defendió la causa de los obreros contra la compañía de gas local. La circulación del periódico creció vertiginosamente. De nuevo aquí, los ataques a la compañía cesaron inesperadamente, mientras comenzaban a publicarse en el periódico grandes anuncios comerciales de la compañía de gas.

William Hearst, quien llegó a ser dueño de una enorme cadena de periódicos en Estados Unidos, era un fascista convencido que a través de los medios de su propiedad influyó muy negativamente sobre todo en los ciudadanos que integraban la clase media baja. Una de sus revistas, “American Weekly”, tenía una circulación de 5.5 millones de ejemplares. Era dueño, además, de “International News Service”, “Universal News Service”, y de “Kings Feature Syndicate”. Tenía también cinco estaciones de radio, controlaba la mayoría de las acciones de la “Warner Brothers Picture Corporation” y de otras dos compañías cinematográficas (Hearst Metrotone Newsreal y Cosmopolitan Productions). Con este dominio de la prensa, la radio y el cine, era capaz de moldear la opinión pública de una gran masa del pueblo norteamericano.

Hearst creía que la dictadura era la mejor forma de gobierno. Este criterio lo puso de manifiesto cuando personalmente elaboró el guión para la película “Gabriel Over the White House” (Gabriel sobre la Casa Blanca)(1933), con el actor canadiense Walter Huston en el papel de presidente de Estados Unidos, en la que expone una visión favorable del fascismo. En el film, un presidente de Estados Unidos sufre un accidente automovilístico, entra en coma y es visitado por el arcángel Gabriel. Cuando se recupera, siente un fervor religioso que lo convierte en el hombre escogido para hacer grande a su país. De inicio deja sin empleo a todo su gabinete. El Congreso inicia un “impeachment” contra el presidente, pero éste declara un estado de emergencia, disuelve el Congreso, asume un poder absoluto que le permite promulgar leyes y se convierte en dictador.

Ordena luego la formación de un “Army of Construction” (Ejército de Construcción) que sólo le responde a él, y gasta billones de dólares en programas tipo New Deal. Cuando la mafia se le opone, lleva a los gángsters a un tribunal militar y seguidamente los fusila a todos. Disfrutando poderes totalitarios, suspende los derechos civiles, revoca la Constitución y utiliza “camisas pardas” como “stormtroopers” (tropas de choque), con el nombre de “Federal Police”, para reprimir a la población. En política exterior, el presidente amenaza con la destrucción a cualquier nación que se le oponga o que no pague sus deudas con Estados Unidos. Al final, ya cumplida su misión divina, muere de un infarto y es proclamado como “el hombre que resolvió todos los problemas del mundo, que trajo la paz universal, y uno de los mejores presidentes que jamás haya existido”.

Lo más sorprendente de todo es que el entonces candidato a la presidencia por el Partido Demócrata, Franklin Delano Roosevelt, que obtuvo el triunfo en las primarias con el apoyo mediático y financiero de Hearst, leyó el guión y propuso varios cambios importantes que Hearst incorporó en este film netamente fascista. Recién instalado en la Casa Blanca, Roosevelt escribió a Hearst expresándole su agrado por los cambios realizados y expresándole que la película era “intensamente interesante” (“I want to send you this line to tell yo how pleased I am with the changes you made in Gabriel Over the White House. I think it is an intensely interesting picture and should do much to help.”).

La influencia de Hearst sobre Roosevelt se demuestra también con los cambios de posición de este último con respecto a la Liga de las Naciones. En la década de 1920 Roosevelt apoyó una posición favorable a la participación en aquel organismo internacional; pero en 1932, cuando el aislacionismo había cobrado fuerza, Hearst, en carta abierta, exigió a Roosevelt que definiera su posición en contra y amenazó con utilizar sus poderosos medios para oponerse a cualquier internacionalismo. Roosevelt capituló y fue el primer candidato demócrata que explícitamente repudió a la Liga.

En 1935, el mogul de los medios se opuso visceralmente a la “Wagner Act”, que protegía, aunque tímidamente, el derecho de los obreros a sindicalizarse. Se pronunció sobre ella diciendo que era “uno de los peores ejemplos de legislación clasista que pueda concebirse, antiamericana hasta la médula. Para los oligarcas, las leyes promueven la lucha de clases cuando favorecen a los trabajadores, pero no cuando favorecen a los ricos.

Hearst estaba estrechamente vinculado con Wall Street, principalmente con los consorcios de Morgan y de Rockefeller, y en sus editoriales defendía los intereses de las grandes corporaciones. No sólo fue un publicista sino un poderoso empresario industrial, dueño de minas de carbón, de cobre, de oro y otros minerales. Teniendo en cuenta su posición económica y social, no es difícil entender su actuación como vocero principal del fascismo en los Estados Unidos ni que su interés en la guerra haya sido seguramente mucho más que el simple aumento de la tirada de sus periódicos.

Por otra parte, 1600 diarios que no pertenecían a las publicaciones de Hearst, eran servidos por la Associated Press (AP) cuyo vicepresidente a partir de 1933, fue William Hearst, Jr.; al Consejo de Dirección de AP pertenecían representantes de los intereses de Rockefeller y Morgan. Estos mismos intereses estaban representados en la United Press (UP). Todos ellos eran favorable a la instauración de un régimen fascista.

En realidad, casi todos los periódicos de Estados Unidos, y muchos de otros países, estaban bajo la influencia de Hearst porque, aunque no fuesen de su propiedad, utilizaban los servicios de agencias de noticias controladas por la familia.

Desde 1934, Hearst estableció una propaganda permanente contra la Rusia soviética y su reconocimiento por Estados Unidos. Según él, la intranquilidad social que existía en el país no era debida a la crisis capitalista sino a las ideas comunistas sembradas en el movimiento obrero. En carta a los editores de noviembre 25 de 1934, Hearst señaló la necesidad del fascismo para combatir al comunismo y, por tanto, al ascenso al poder de los trabajadores. Hearst se refirió a la clase obrera como la menos capaz y menos confiable para gobernar el país (“the least capable and least creditable class from getting control of the country”). Sus denuncias delirantes contra una supuesta infiltración comunista del gobierno y de los círculos intelectuales presagiaban la cacería de brujas del macartismo que tendría lugar después de la Segunda Guerra Mundial.

Con el tiempo, Hearst rompió con Roosevelt y se transformó en su peor enemigo desde posiciones de ultraderecha. Se opuso radicalmente en particular a las medidas de regulación de los negocios que tomaba Roosevelt para salir de la depresión y las tachaba de comunistas. En septiembre de 1934 visitó Alemania y tuvo allí una serie de entrevistas con Alfred Rosenberg, vocero de Relaciones Exteriores de Hitler. Se intercambiaron cartas que fueron publicadas por Hearst. Por último, se reunió con Hitler y tuvo con él una larga conversación. Del entendimiento entre ambos da prueba el hecho de que a partir de entonces todos los periódicos alemanes se volvieron clientes de la entonces flamante International News Service (INS), propiedad de Hearst, lo cual le representó ingresos de un millón de marcos por año.

A su regreso a Estados Unidos, Hearst comenzó a enviar espías pagados como asistentes a las aulas universitarias. Cualquier pronunciamiento de los profesores que pudiera interpretarse como favorable al socialismo o al comunismo, era publicado en sus periódicos como prueba de la infiltración del comunismo ruso en las universidades. La “libertad académica” que reclamaban profesores y estudiantes, era para el magnate mediático “una frase utilizada por grupos radicales como camuflaje para la enseñanza de doctrinas extrañas”.

Hearst creó su propia organización fascista, llamada “Junior Birdsmen of America” (Jóvenes Aviadores de América). Esta organización tenía una rama llamada “Flight Squadron” (Escuadrilla Aérea). El líder de ambas era George Hearst, hijo de William, y contaba con el apoyo de todo el imperio mediático de los Hearst. Supuestamente, estas organizaciones tenían por objetivo promover en los jóvenes todo lo relacionado con la aviación, pero en realidad servían para adoctrinarlos con teorías hipernacionalistas y de odio a las que llamaban razas inferiores.

En la costa del Pacífico, en California, a mitad del camino entre Los Angeles y San Francisco, sobre una colina frente al mar, se alza un suntuoso castillo (“Hearst Castle”) con 165 habitaciones, construído por el magnate mediático estadounidense; más lujoso que cualquier palacio de los antiguos emperadores romanos, debiera servir como símbolo del sensacionalismo amarillo de una prensa creada no para servir al pueblo sino para desinformarlo y confundirlo, y de la arrogancia fascista que es hoy más peligrosa que nunca.

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